sábado, 16 de diciembre de 2017

Basura no compartida, de Daniel Aragonés

Título: Basura no compartida
Autor: Daniel Aragonés Cuesta.

Pocos libros he leído tan viscerales, sórdidos, sangrientos, sucios, rápidos, brutales, entretenidos hasta causar adicción, grotescos y sin embargo poéticos, como este Basura no compartida, de Daniel Aragonés Cuesta. Leerlo es toda una experiencia debido a su altísima intensidad, en cada una de sus páginas, párrafos e incluso líneas, hasta el punto de que todo el libro es, desde el principio al fin, un solo y alto pico de intensidad, o una cordillera de picos de intensidad, sin apenas valles o momentos de transición. Habrá a quienes desde luego no les guste, y no es imposible que a algunos les produzca cierto asco, no tanto por el estilo (Daniel Aragonés escribe francamente bien), sino por las situaciones escatológicas y penosas que se suceden sin descanso; sí, es posible que a algunos no les guste la novela… Pero a nadie le dejará indiferente, pues se trata de una montaña rusa literaria en la cual no paramos de dar vueltas y giros, a velocidad de vértigo. Así pues, hay que abrocharse bien los cinturones antes de empezar por la primera página y tomar una buena bocanada de aire, porque posiblemente este libro nos deje sin respiración.

El protagonista absoluto es Klaus, un escritor que no es solo un hombre fracasado, sino más bien la cosificación humana del propio concepto del fracaso. En el pasado ha probado las mieles del éxito con sus libros, pero su personalidad violenta y autodestructiva, unida a la mala suerte y a la asociación con las típicas personas indebidas y aprovechadas, le han conducido a la ruina económica y moral. Klaus malvive en un agujero infecto del Madrid de la peor calaña, entre prostitutas, rateros, camellos, asesinos, narcotraficantes, vagabundos, buscavidas y otros personajes patéticos y siniestros. Klaus es un alcohólico embrutecido que bebe para olvidar su pasado. A pesar de que parece un cliché, el personaje tiene más facetas, pues también ha encontrado una especie de liberación personal una vez que está en lo más hondo del pozo de la degradación, al dejar atrás toda una vida de orden y disciplina que en el fondo no le satisfacía. Klaus siente una atracción natural hacia el caos y el salvajismo, algo que es al mismo tiempo una maldición y una liberación, una pasión a la que se entrega por completo, sintiendo a la vez placer y sufrimiento. En cierto modo recuerda a Henry Chinaski, otro escritor penoso y borracho, alter ego literario de Charles Bukowski. La sombra de Bukowski cae sobre el libro, pero Daniel Aragonés no se limita a transitar por el molde, sino que lo abandona, y por tanto la obra tiene su propia personalidad. 

Klaus sobrevive llevando a cabo trapicheos y trabajos para algunos señores de la droga y del crimen; en realidad es un pobre diablo, un peón que sirve como mensajero o como simple «mula». La acción argumental del libro comienza cuando pierde un suculento alijo de droga. Klaus «la ha cagado», como de costumbre, debido a que es un cafre de campeonato al que todo le sale mal, y también a que le han manipulado, engañado y robado. Pero esta vez no se trataba de un negocio de poca monta, sino de mucho dinero; y tanta droga perdida va a despertar la furia de ciertos narcotraficantes con mucho poder, que harán rodar cabezas, la primera de ellas la de Klaus. A partir de aquí la trama se dispara en una serie de aventuras de un thriller de serie negra: asesinos implacables, mafia, policías corruptos, prostitutas de buen corazón, camellos, navajeros, persecuciones, asesinatos individuales o en masa, disparos, palizas, violencia… Todo ello bañado en alcohol y sangre, y salpimentado de tripas, heces y vómito.

Esto podría hacer pensar en una obra fallida, descontrolada, una locura escatológica sin pies ni cabeza. Pero lo más raro y admirable es que se trata de una magnífica novela, bien escrita, sólida desde el principio al fin, sin socavones. Una de las mayores virtudes de Aragonés es su capacidad de hacer creíble el disparate. Esta historia por completo irreal resulta real para el lector, quizás porque en ningún momento el autor trata de engañarnos en cuanto al tono, el continente o el contenido. Desde el principio comprendemos que esto es un Alicia en el País de las Maravillas de tiros y sangre, e igual que las obras de Carroll son verosímiles en su locura, Basura no compartida lo es igualmente porque es honesta y honrada, y no le hace trampas nunca al lector. 

Así, tenemos unos personajes desquiciados y desequilibrados, todos, del primero al último, hasta el punto de que la normalidad es que no haya normalidad, y por ello podemos creérnoslo todo sin esfuerzo. Los personajes a veces parecen incluso caricaturas, seres grotescos que pueden despertar la repulsión o la carcajada, pero también muy humanos en sus pasiones y motivaciones. Hay espacio para el amor y la ternura, que Aragonés también sabe mostrar y dosificar. Sus caricaturas humanas actúan con soltura y resultan interesantes y atractivas. La violencia es también mayúscula, así como la escatología. Nos encontramos con un Madrid encharcado en sangre y cadáveres que resulta casi alucinógeno. Mientras leía este libro recordaba la novela Miedo y asco en las Vegas, de Hunter S. Thompson, o la película Snatch, cerdos y diamantes, de Guy Ritchie, pues también gozan de esa intensidad y locura descontroladas y al mismo tiempo creíbles en su propio contexto. Y por supuesto, los hechos que se narran son en sí mismos muy entretenidos.

Daniel Aragonés

Uno de los aciertos de Aragonés es el uso narrativo de saltos hacia atrás en el tiempo (los famosos flashbacks); así, nos mete de lleno en situaciones sorprendentes que nos descuadran, para explicarnos poco después lo que de veras ocurrió y por qué ocurrió. También es buena su capacidad para unir las distintas tramas e hilos en una sola historia gruesa y rica.

Quizás el desacierto del libro es al mismo tiempo su virtud: analizados con frialdad, los hechos y situaciones resultan demasiado increíbles, y la exageración puede resultar a veces excesiva. Pero esa es al mismo tiempo la fuerza volcánica del libro, lo que lo hace poderoso. El único y objetivo error que le encuentro es que, en unas pocas ocasiones, el narrador en primera persona (Klaus) nos cuente desde su propia óptica personal situaciones en las que él no estuvo presente, cosa que es imposible; en esos momento el autor debiera haber pasado al típico narrador omnisciente y universal.

Pero estos escollos son menores y no impedirán disfrutar de la novela, que no tiene medias tintas: o te encanta o te disgusta. En todo caso, es una novela bien escrita. Aragonés se desenvuelve muy bien en la visceralidad de los hechos narrados con rapidez, pero también puede lucirse a veces con una buena prosa poética, donde saca su lado más virtuoso…, que no pomposo, porque incluso entonces la obra sigue siendo honesta y honrada, sin tratar de aparentar nada que realmente no sea.

Por todo lo expuesto y por otras cosas que sin duda se han quedado fuera del teclado, se trata de una novela salvaje e interesante, una joyita tan brillante como sórdida.

Podéis encontrar la novela aquí.

Andrés Díaz Sánchez.




domingo, 10 de diciembre de 2017

La odisea de los 10.000, de Michael Curtis Ford

Título: La odisea de los Diez Mil
Autor: Michael Curtis Ford

En el siglo V a. C. habían finalizado ya las guerras civiles griegas que dieron la supremacía a Esparta sobre Atenas. Debido a la nueva situación en Grecia, miles de guerreros quedaron sin ocupación y buscaron nuevos lugares donde actuar. Uno de estos contingentes estaba formado por diez mil combatientes procedentes de Esparta, Atenas, Rodas y otros enclaves helenos, y su campo de acción eran las inmensas tierras del Imperio persa. Allí lucharon a favor de Ciro, hermano del gran rey Artajerjes, en una guerra por el control del Imperio. La facción de Ciro fue derrotada y sus mercenarios griegos, los famosos Diez Mil, liderados por el general ateniense Jenofonte, llevaron a cabo una de las más grandes gestas bélicas de la Historia: tuvieron que huir a través de un territorio extensísimo, a través de desiertos y cumbres heladas, perseguidos de cerca por el ejército persa y hostigados por las tribus que hallaron a su paso, todo ello para escapar de Persia y volver a su patria. Lo que parecía imposible sucedió y al final, aunque diezmados, los orgullosos griegos llegaron hasta el querido territorio heleno. Esta odisea fue inmortalizada por Jenofonte, el general que lideraba los Diez Mil, en su obra Anábasis

El libro La odisea de los Diez Mil es una novela basada en tal suceso histórico. El narrador es precisamente el esclavo personal de Jenofonte, por lo que en una primera parte de la narración se nos cuenta el crecimiento personal y la forja del carácter y convicciones, del famoso general, hasta su llegada a tierras persas; a partir de ahí, empieza la acción propia de la Anábasis. Así, por el texto desfilan variopintos personajes, como el famoso Sócrates o el espartano Clearco, primer —y temible— general de los Diez Mil. 

Michael Curtis Ford.

La recreación histórica de los pueblos —griegos u orientales— que hace el autor parece muy esmerada y trabajada. Es de agradecer el grado de aproximación al modo de pensamiento de aquellas gentes, muy influenciadas por la presencia de dioses y seres míticos a los que consideraban por completo reales, y también la descripción de los valores que les sustentaban, tan lejanos a los nuestros. Aunque los personajes llevan a cabo actos heroicos y sacrificados, son también humanos y revelan igualmente dudas, egoísmo, bajeza y hasta cobardía. La descripción de los sacrificios y sufrimientos que han de soportar los griegos en su largo y esforzado retorno al hogar añade crudeza, realismo y verosimilitud al texto. 

Ilustración de Johnny Shumate. 

El estilo es rico, pues el autor no se limita a narrar hechos de una manera documental, sino que pone su propia impronta en el manejo de la palabra y a veces se recrea en ella, logrando muchos aciertos, pero pecando en ocasiones de una densidad excesiva. El libro trata de hechos fundamentalmente épicos, pero tampoco se cargan las tintas en este sentido y solo aparece una gran batalla, la de Cunaxa, muy bien descrita, por cierto. En este sentido, podrían haberse aprovechado muchos otros momentos con carga épica, como las continuas luchas que han de sostener los griegos contra los persas y las tribus del Imperio aqueménida, que sin embargo se describen de modo somero. Esta es, quizás, la única pega del texto.

En resumen, se trata de una novela bien escrita, recomendable para los que gustan de las novelas ambientadas en la Antigüedad.


Andrés Díaz Sánchez.

sábado, 2 de diciembre de 2017

Las siete huellas de Satán, de Abraham Merritt

Las siete huellas de Satán (Seven footprints to Satan)
Autor: Abraham Merritt
Primera edición original (por entregas): revista Argosy All-Story (1927)

El pulp es diversión. Es una forma de literatura creada para entretener y divertir en una época en la que la televisión no existía, tampoco en todos los hogares había una radio que ofreciera seriales radiados de aventuras, amor y detectives, y no estaba al alcance de cualquiera pagar la entrada de un cine, máxime cuando la industria cinematográfica estaba en pañales. El pulp era, pues, uno de los principales y más baratos vehículos para divertir y entretener a un público adolescente que, como en todas las épocas, demandaba excitación y diversión a raudales. Las revistas pulp se imprimían en papel de pulpa (de ahí el nombre), un tipo de papel barato y fácil de producir, de peor calidad que el utilizado en el mercado del libro. Podríamos decir que estas revistas estaban pensadas y diseñadas para usar y tirar y que su contenido, independientemente de su posible calidad literaria, no tenía la más mínima pretensión de pasar a la posteridad y ni mucho menos crear una escuela literaria o marcar una época; su única finalidad consistía en proporcionar un rato de diversión a esa horda de chavales (y no tan chavales) que pedían su ración de tiros, puñetazos, persecuciones, naves espaciales, robots asesinos, criminales, sangre, guerreros, magia negra, brujos despiadados y, sobre todo, mujeres hermosas que caían en brazos del heroico protagonista de turno. 

Precisamente por el público masculino y adolescente al que fundamentalmente iba dirigido (también había pulps románticos para chicas, pero preferimos dejarlo aparte de esta reseña por sus diferentes características), los pulps no podían ser cándidos, ingenuos, pacatos y excesivamente moralistas. Esto podríamos dejarlo para los libros que los padres compraban a sus hijos o que los profesores recomendaban a sus alumnos. Ningún chaval se dejaría sus pocos centavos en algo convencional y aburrido, sino en un producto excitante, así que en el pulp abundaban las historias truculentas y sangrientas. Además, las portadas solían mostrar a una joven atada, atrapada, sujeta por un monstruo, un robot o un chino malvado de largos bigotes, y a ser posible dicha moza tenía que llevar poca ropa, o la que llevaba debía ser desgarrada y arrancada por su perverso captor. Ahora el material del pulp puede parecernos anodino y poco transgresor, pero en sus tiempos una portada pulp era un material casi pornográfico que hacía brillar los ojos de esos adolescentes. Una de las claves del éxito de la Saga de Marte de Edgar Rice Burroughs, por ejemplo, radicaba en que los personajes iban vestidos sólo con correajes y arneses guerreros, incluidas las mujeres, lo cual excitaría la imaginación de sus lectores de un modo que hoy, cuando es casi imposible navegar por Internet sin topar con imágenes o páginas pornográficas, ni siquiera podemos imaginar.
Abraham Merritt

Estas características dieron lugar a una serie de historias con un alto contenido erótico y violento y sin muchas trabas morales. El pulp dio a luz o al menos popularizó a los primeros antihéroes, personajes heroicos y sin embargo canallescos, como el propio Conan o James Kirkhan, el protagonista de Las siete huellas de Satán, que en un momento dado podían luchar por salvar a un inocente y en otro robar, emborracharse o liarse con una mujer casada. Al fin y al cabo, ¿qué chaval querría ser un héroe casto y puro cuando se puede ser un crápula y al mismo tiempo pasarlo bien rompiendo los cráneos de los enemigos?

Este tipo de revistas fueron (y son) denostadas por los críticos literarios, pero, pese a su falta de pretensiones, marcaron una época y modelaron los gustos de una larga generación de lectores. La corriente pulp, que no buscaba otra cosa que sobrevivir, fue un referente y una inspiración para muchos autores serios y en sí misma casi podría considerarse un género literario. La mayoría de este material ciertamente es de usar y tirar, pero hay autores que brillaron con una calidad superior, como brilla la pepita de oro entre el barro del río. Howard, Lovecraft, incluso Chandler o Hammett, fueron autores pulp que al final obtuvieron su reconocimiento, a veces póstumo; su nombre ha trascendido el mundo pulp para brillar en el universo de la literatura. Muchos de estos autores fueron rescatados y reeditados en el formato de libro por sus admiradores y por tanto esa corriente de papel barato llegó a otros muchos lectores que jamás habían tenido en sus manos una revista de pulpa.

Satán haciendo de las suyas con una
inocente y bella joven.
Ilustración de Virgil Finlay.

Hoy en día el río del pulp no está seco, ni siquiera estancado. Aunque no es un campo mayoritario tiene su propio nicho de fervientes seguidores y pervive en un buen puñado de editoriales. Rizando el rizo, muchos nuevos autores emulan a sus escritores pulp favoritos y crean historias nuevas, manteniendo este espíritu de pura y cruda aventura, de misterio, de diversión y entretenimiento sin complejos y a raudales. Podría decirse no solo que el pulp no ha muerto, sino que fluye y se renueva a través de las diferentes generaciones.

Hoy tratamos una de esas obras clásicas del pulp más añejo, un clásico: la novela Las siete huellas de Satán (Seven footprints to Satan), de Abraham Merritt.

Merritt fue uno de los autores más famosos de pulps fantásticos. En su época tuvo mucho éxito y fue muy querido y valorado por los lectores. Posteriormente, sus obras han sido reeditadas en libros independientes. Este autor mezcla la intriga con la Fantasía y la Épica, en un cóctel explosivo que, si bien sirve a su objetivo principal de divertir, también aporta corrección y buenas maneras en los aspectos técnicos.



Las siete huellas de Satán nos cuenta una historia por completo digna de las revistas de pulpa. Fue publicada en 1927 por entregas en la revista Argosy All-Story. Los hechos de la novela son contemporáneos a la época del autor y están protagonizados por James Kirkhan, un aventurero vagabundo que luchó en la I Guerra Mundial, que ha sido espía y que roba objetos de arte y arqueológicos de países exóticos para llevarlos (no de manera altruista, sino por un precio) a diferentes museos de Norteamérica (sin duda Indiana Jones tuvo mucho que ver con los pulps que leyeron los jóvenes Spielberg y Lucas). Kirkhan se ve envuelto en la red de un personaje siniestro que vive en el submundo, un auténtico sultán de los bajos fondos, un rey del Mal que se hace llamar a sí mismo Satán y que de veras afirma que es el propio Príncipe de las Tinieblas, paseándose por el mundo en una envoltura de carne y hueso. Aunque al principio Kirkhan no quiere mezclarse en los turbios negocios que le ofrece Satán, finalmente el placer de la aventura puede más que la cautela y el protagonista se convierte en un colaborador de este genio del crimen, aunque al final, y como no podría ser menos, el Bien triunfa y Kirkhan luchará contra Satán. Este somete a sus súbditos y admiradores a un juego de azar llamado Las siete huellas de Satán; si el jugador gana obtiene la obediencia absoluta del propio Satán y será por tanto el amo del mundo, pero si pierde puede morir entre atroces sufrimientos o, peor aún, vender su alma y ser un esclavo del Señor del Mal. El propio Satán afirma que los tiempos han cambiado y ya no hay pactos firmados con sangre; hoy en día, el chantaje y el dinero son mejores maneras de conseguir almas que la promesa de la vida eterna.

Los elementos pulp están servidos. El héroe es un sinvergüenza nada mojigato, pero buen chico en el fondo; es inteligente y fuerte, un tipo duro al que le gusta el peligro y el dinero, pero con su propio código de honor. Satán, como no podía ser menos, tiene cierto origen oriental (vemos la Amenaza Amarilla que tan bien representó el Fu-Manchú de Sax Rohmer), y su inteligencia es tan grande como su maldad y su crueldad. Entre medias hay asesinos, sectas exóticas y por supuesto una chica atractiva a la que se debe salvar de las garras de este monstruo.

Aunque estas premisas puedan parecer pueriles para cierto tipo de lectores, Merritt las desarrolla de un modo original, correcto e incluso elegante. No basa el atractivo de su obra en la violencia y la sangre, sino más bien en el ingenio. Su novela es ciertamente ingeniosa y está llena de trucos imaginativos que ponen de manifiesto la genialidad para el mal del propio Satán. Cumple su función de entretener y hacer pasar un rato de diversión y esparcimiento. Como todo buen narrador, Merritt tiene el don de atrapar al lector, consiguiendo que este no pierda la atención y por tanto que quiera seguir leyendo hasta el final. Sus personajes son creíbles y verosímiles y una cosa que le hace destacar sobre autores de su ramo son las muchas referencias cultas de historia y mitología, un brillo de erudición no siempre presente en el pulp.

En definitiva, Las siete huellas de Satán es una obra de puro y duro entretenimiento, con los errores y los aciertos típicos del momento en que se escribió, pero al mismo tiempo brillante y superior a la mayoría de la literatura pulp de esa misma época. Para los amantes de la aventura y el misterio, siempre será una buena elección. 


Andrés Díaz Sánchez

domingo, 26 de noviembre de 2017

La serpiente Uróboros, de E. R. Eddison

Título: La serpiente Uróboros (The Worm Ouroboros)
Autor: Erick Rücker Eddison

Este es un libro clásico de Género Fantástico, en su vertiente épica o de aventuras, también llamado posteriormente Espada y Brujería o Fantasía Épica. Fue escrito en 1926 y a pesar de su antigüedad resiste perfectamente el paso del tiempo, de tal modo que no desentona nada con la mayoría de obras fantásticas de la actualidad, e incluso en ocasiones las supera.

En un mundo fantástico, y dentro de un entorno medieval, la narración se centra en la lucha entre dos fuertes naciones: Demonlandia y Brujolandia. También hay otros países, como Duendelandia, Trasgolandia o Goblinlandia, pero son más bien estados accesorios y satélites, aliados de una de las dos grandes potencias. Demonlandia y Brujolandia luchan una encarnizada guerra en la cual no se combate solo con las espadas, sino también con la magia, esgrimida por el temible rey de los brujos. Con este trasfondo la historia nos presenta a héroes, guerreros, consejeros y reyes, y también a sus esposas, acompañantes y amadas —las mujeres tienen mucho peso en la historia que se cuenta—. También hacen presencia seres sobrenaturales como los hipogrifos, mantícoras, hadas, faunos e incluso entidades casi divinas. Se suceden las aventuras, viajes y desafíos que deben resolver los esforzados héroes de Demonlandia, en una narración plagada de elementos épicos.

Erick Rücker Eddison.

Esto, que no parece muy distinto de lo que vemos en tantas sagas fantásticas de la actualidad, lo desarrolla Eddison con una habilidad y una maestría envidiables. Y es que no estamos ante un autor mediocre, sino excelente, que por su solera debe erigirse en maestro. Eddison maneja con la misma facilidad las tramas de intriga palaciega como los hechos de armas y las batallas. Es versátil a la hora de desarrollar personajes, y aunque los buenos buenísimos a veces resultan predecibles y un tanto insulsos, el retrato con miles de matices de los malvados y los personajes que están en el gris entre el Bien y el Mal, es también muy atractivo.

La obra se nos presenta como una especie de libro de caballerías, o bien un cuento de hadas, una crónica de hechos de estilo juglaresco y medieval. Por tanto no es una narración realista, sino más bien idealizada, en ocasiones onírica. Sin embargo, se consigue una sensación de proximidad y verosimilitud que no tendría un simple cuento de caballerías, y es que los personajes, a pesar de estar idealizados, también tienen su necesaria carga de humanidad, de picaresca, de bajezas y contradicciones, para que no parezcan de cartón piedra. Por ejemplo, los diálogos son inteligentes y hay un uso chispeante del erotismo entre las damas y los caballeros de las cortes de los reyes, mezclado además con las ambiciones políticas de cada cual. Por otro lado, a veces el autor desprende un fino sentido del humor, mientras que en otras sabe crear una impresión tenebrosa y sobrecogedora.



El estilo merece un capítulo aparte. La forma de expresión de Eddison es rica, elegante, hermosa, poética y también sólida. Hay pasajes de gran belleza, como las múltiples descripciones de parajes naturales, o simplemente de un amanecer o un crepúsculo; y otros están llenos de carga épica, como las batallas entre los guerreros. Es un prosista formidable y un virtuoso de la palabra. El lector se deja llevar de su estilo, que consigue hechizar. Aunque es muy descriptivo, también resulta fluido.

Como defectos, al libro le falta un mapa para seguir las andanzas de los protagonistas. También hay que señalar el descarado maniqueísmo en los bandos, pues unos son los buenos buenísimos —los de Demonlandia—, frente a los malvados hasta la médula de Brujolandia. No obstante, el tono trovadoresco de la narración y el sorprendente final explican esta falta de grises entre tanto blanco o negro. El uso de nombres un poco infantiles para los países: Demonlandia, Brujolandia, Duendelandia, etc., también puede tomarse como un punto flaco, pero puede explicarse por ese aire de cuento de hadas que el autor desea generar. Falta también una mayor sensación de verosimilitud en el elemento sobrenatural, el cual parece a veces producto de un deus ex machina, necesario para justificar desenlaces en la narración. En todo caso, los errores quedan en segundo lugar respecto a los aciertos.

En definitiva, es un libro de Espada y Brujería medieval, o Fantasía Épica, con sus elementos típicos, pero bien desarrollados y muy bien escrito. Un clásico, por méritos propios.

Andrés Díaz Sánchez.  

miércoles, 22 de noviembre de 2017

Entrevista a Andrés Díaz Sánchez en La Antesala al Portal Oscuro

Me hicieron esta jugosa entrevista en el blog En la Antesala al Portal Oscuro, una larga interviú en la que hablo de Literatura en general y de mis libros en particular. Espero que os resulte interesante. Y muchas gracias al bloguero Guillermo Moreno por su interés y sus jugosas preguntas.

Podéis leer la entrevista aquí






sábado, 18 de noviembre de 2017

Rubicon, de Tom Holland


Rubicon
Autor: Tom Holland

«La libertad excesiva conduce pronto a la esclavitud»
(Marco Tulio Cicerón)

Mucha gente piensa que el ensayo histórico es un campo aburrido  e insoportable cuyos libros son poco más que mamotretos para estirados catedráticos y frikis que se enzarzan en agrias discusiones por ver si los legionarios romanos calzaban sandalias o botas, o cuál es en realidad el escudo de armas de cierta casa noble. Quizás por los libros que a todos nos tocó leer en los planes escolares, la Historia parece una larga lista de nombres y fechas que hay que aprenderse casi de memoria, y en las que uno se pierde mientras da cabezadas de sueño la noche anterior al examen. 

Sin embargo, la Historia en sí misma puede resultar fascinante. Es la mayor novela que ha existido o pueda existir jamás, la mayor aventura y la mayor narración de romances, intriga y épica posible, así como un infinito crisol de caracteres humanos, desde el más contradictorio al más anodino. Ya se sabe que la realidad siempre supera la ficción. Los autores de Fantasía lo comprenden perfectamente y beben directamente de fuentes históricas. ¿Quién no ve retazos de la Segunda Guerra Mundial en las grandes luchas a escala casi planetaria, entre el Bien y el Mal, de Tolkien? ¿Acaso sus reinos y la organización de estos no recuerdan a los de la Edad Media? ¿Quién duda de que Martin ha inspirado su ambientación realista en el propio realismo de la auténtica Edad Media? ¿Y a quién no se le pasa que el propio Howard no sólo se inspiró en la Antigüedad, sino que directamente utilizó nombres de lugares y de personas, nombres reales, en sus propias historias de ficción, dándoles así mayor solidez y verosimilitud? Estos autores comprendieron lo dicho antes: para crear una buena novela épica primero hay que acudir a la Gran Novela Épica: la Historia en sí misma. 

Tom Holland


Pero es necesario un buen divulgador, un historiador ameno que sepa analizar los hechos, las causas y las personas, no solo arrojar la odiada lista de fechas y nombres, sino transmitir de manera clara los acontecimientos, las causas que los provocan, las personas que están tras ellos y sus motivaciones, y que lo haga además de un modo fluido y ameno que enganche y haga olvidar al lector que está ante el-ensayo-histórico-de-turno; en definitiva, el divulgador debe presentar su libro de forma tan entretenida como si fuera una buena novela. 

En Rubicón Tom Holland ha logrado ese objetivo, como lo han logrado antes otros buenos divulgadores históricos, por ejemplo los desaparecidos Asimov o Juan Antonio Cebrián. También es cierto que ha elegido uno de los periodos más interesantes de la historia terrestre: la República romana de la Antigüedad. Esos aproximadamente seis siglos dieron a luz un buen puñado de nombres imborrables: Tarquino el Soberbio, Asdrúbal, Aníbal, Escipión, Pirro, Sila, Mario, Catón, Cicerón, Craso, Pompeyo, Espartaco, Mitrídates, Julio César, Vercingetórix, Marco Antonio, Cleopatra, Octavio Augusto…, así como lugares, fechas y pueblos inolvidables: Cartago, los etruscos, Egipto, Alejandría, Cannas, Zama, Carras, Galia, Alesia, Macedonia…, y por supuesto, Roma. 

Hay pocos periodos históricos tan hipnóticos como el de la República romana. Han pasado dos milenios largos desde la creación de Roma y aún estamos subyugados por su recuerdo. Sería interminable la lista de libros, películas, series de televisión e incluso comics y otras muestras de arte popular que de un modo u otro se han ocupado de ella. El número de películas sobre Roma es mayor que el de películas sobre la Antigua Grecia, y Julio César ha sido tan biografiado como el propio Alejandro Magno; quizá más. Pocos personajes, si exceptuamos al mentado Alejandro, Napoleón o Hitler, han sido tan analizados, diseccionados, retratados de mil y una maneras, vilipendiados o alabados como el propio Julio César. Nuestra forma de expresarse bebe de esas fuentes, aunque ni lo sospechemos. Un césar es sinónimo de rey, de emperador, de soberano a gran escala, y muchos siglos después, en el Renacimiento y al comienzo de la Modernidad, cuando se usaban ya armas de fuego, los emperadores europeos seguían llamándose césares para dar lustre a su poder. Espartaco aún sigue siendo un nombre que evoca la lucha de la esclavitud contra la libertad (un ideal que en su origen no era exactamente el mismo, pero bastardeado para favorecer nuestros propios ideales). Un gladiador es una persona aguerrida y valiente y solemos decir que un político, un periodista o un intelectual baja a la arena cuando participa en un duro debate dialéctico. Un cicerón es un maestro de la oratoria y un buen educador. Aún existen en Francia o España cuerpos de legionarios. Cannas sigue estudiándose en todas las academias militares como un ejemplo de batalla perfecta e incluso los generales de la Segunda Guerra Mundial, en sus propias palabras, seguían buscando su propia Cannas. El adjetivo augusto señala a cualquier persona de porte noble y digna de respeto, aunque no tenga nada que ver con el primer emperador romano. Los pontífices actuales ya no son los funcionarios romanos que bendecían los puentes de la ciudad, pero la palabra aún es sinónimo de poder religioso. Los foros —físicos o virtuales— son lugares de encuentro y debate, tal como lo era el original, el Foro Romano. Cuando se hace una apuesta arriesgada y se empieza un camino peligroso y sin retorno… ¿qué se suele decir? La suerte está echada. Y por supuesto, tenemos la frase cruzar el Rubicón como sinónimo de decisión trágica que no tiene vuelta atrás. 

Aun estamos invadidos por Roma. El Imperio romano todavía domina el mundo occidental, tal vez no con sus legiones como antaño, pero sí con la fascinación que provoca e incluso con la terminología que usamos en las frases cotidianas. Preguntemos a cualquier persona de la calle qué imperio es el más famoso; ¿cuál contestarán? Roma es en sí misma el epítome de la idea de imperio por excelencia, y el águila de las legiones es el símbolo del poder de un imperio, de todo lo bueno y lo malo que apareja la idea universal de imperio, usada por casi todos los imperios famosos que vinieron después de Roma y que jamás alcanzaron la gloria que aquel tuvo. Pero Roma, aunque se comportara de modo imperialista casi desde su fundación, no fue siempre un imperio, al menos no en su estructura política y social, sino una república de ciudadanos libres, cuyos votos elegían o echaban a sus máximos gobernantes. Aunque Julio César no introdujo propiamente el imperio, él acabó por destruir esa idea de una república de ciudadanos libres, de manera lógica y conveniente para algunos porque ya no era viable, y despótica y dictatorial para otros. Se dice aún que Julio César tomó esa decisión al cruzar con sus tropas el pequeño río Rubicón y declarar así la guerra, como ciudadano particular, a toda la República y sus instituciones. 

Ilustración de Angus McBride.


Es precisamente Rubicón el término que para su libro ha utilizado Tom Holland, aunque él mismo dice haber sopesado el de Ciudadano, o algún otro parecido. A lo largo de la obra asistimos a la vorágine de acontecimientos que marcaron la evolución, o degeneración, de la República romana, desde la expulsión de su primer rey, Tarquinio el Soberbio, incluyendo las profecías de la Sibila, pasando por las guerras contra los etruscos y el resto de tribus itálicas, la conquista y absorción de las otras ciudades-estado italianas por Roma, las titánicas guerras contra Cartago —con la famosa invasión de Aníbal—, las convulsiones políticas internas que degeneraron en el enfrentamiento entre Mario y Sila, el establecimiento y luego destrucción del primer triunvirato —Julio César, Pompeyo y Craso—, las guerras de las Galias, la Guerra Civil Romana, los idus de marzo, con un asesinato de Julio César que ni el mejor poeta trágico hubiera podido imaginar —los cuchillos cayendo sobre el dictador, bajo la estatua de su mayor rival, Pompeyo—, la ascensión del implacable Augusto, los amores entre Marco Antonio y Cleopatra y sus poéticas muertes, y por último el establecimiento del Imperio. Esto es un resumen a grandes rasgos, pero en el libro se estudian todos estos acontecimientos, sazonados con un incontable número de intrigas políticas, económicas y sociales, también eróticas y amorosas, que con fuerza y agilidad el autor va desgranando. Pero junto a los hechos, ya de por sí entretenidísimos, se presenta un análisis sociológico y económico profundo de los personajes y del propio pueblo romano. Los protagonistas no son sólo los grandes hombres, sino también los ciudadanos, que iban cambiando según la República iba cambiando. Ha habido pocos pueblos tan decididos a conquistar el mundo entero como el propio pueblo romano —desde el panadero al cónsul—, tan dispuesto a hacer todos los sacrificios necesarios y a resistir hasta el final en las dificultades. Esta resolución inquebrantable les llevó a conquistar y a dominar con una tenacidad que aun hoy causa admiración, a ser crueles sin medida y orgullosos también sin medida. No es un libro políticamente correcto porque refleja el espíritu de una época implacable donde los términos piedad y debilidad eran sinónimos. Si bien Roma era despótica con sus conquistados, también es cierto que vivía en un mundo donde la competencia por la supremacía era la norma, donde pueblos y naciones se regían por la ley de la jungla, donde sólo podía haber un ganador que se lo llevara todo. Y ese ganador lógico fue Roma, para bien o para mal del mundo entero. Lo que hizo única a la República romana es que ese inmenso poder no recaía en un solo hombre, sino en el conjunto de los ciudadanos, a los que los senadores y cónsules debían satisfacer para conseguir sus votos. Un cónsul podía haber conquistado con sus legiones un país entero y esclavizar a todos sus habitantes, pero una campaña de grafittis o pintadas en los muros de Roma, aludiendo a un escándalo amoroso e inmoral, podía causar el vuelco que lo echara del poder. Esa es la paradoja de la República romana: el poder dependía de la mezquina plebe, tan tiránica en sus emociones como el cónsul de turno. Sin embargo, esta estructura se fue agrietando y destruyendo por el propio peso de tantas conquistas y tanta riqueza. La corrupción peleaba en el Senado y en la calles contra la severidad romana. Como en todas las épocas, el deber y la nobleza estaban muy cerca de la cobardía y el egoísmo. Pero como telón de fondo siempre se encontraba la competitividad. El pueblo romano no sólo quería ver sangre en el circo; también quería ver a sus políticos pelearse entre sí, pues la política era otro modo de lucha implacable, a veces violento, y la plebe amaba no al más noble y bondadoso, sino al apto y al fuerte. Esta lucha política se hizo salvaje y despiadada y condujo a los enfrentamientos civiles entre Mario y Sila, y después a la guerra civil entre Julio César y Pompeyo. La política se teñía de sangre con el asesinato de Julio César, pues ya no había freno en la lucha por el poder que exigía el propio pueblo. Todo estaba permitido. Así pues, en la propia competitividad de la sociedad romana, que no toleraba la debilidad ni en el Senado ni el campo de batalla, se fraguó la pérdida de la libertad de los ciudadanos y el final de la República. Porque la lucha inagotable por el poder sólo podía dar como resultado un emperador, un dictador que acabara con el Senado y las instituciones democráticas, de igual modo que la lucha entre naciones y pueblos, fomentada por ellos mismos como el ideal más noble, sólo podría parir a un pueblo y un gobierno más fuerte que todos los demás, un pueblo que acabara esclavizándolos en aras de ese ideal guerrero que todos, paradójicamente, habían promovido. La idea sobre la que gira el libro, el Rubicón final, es que la muerte de la República romana no fue culpa de un hombre ambicioso, de un César o un Augusto, sino del propio sistema competitivo en que se basaba. Al final, la única manera de acabar con un baño de sangre tras otro y una guerra civil tras otra era que un gobernante agarrara todo el poder por la fuerza y tirase a matar contra todo lo que se moviera. Sólo así la paz parecía asegurada. Y eso, inevitablemente, acabaría con la libertad de los ciudadanos —muchos de ellos ya ni la querían, porque entre la seguridad y la libertad los hombres suelen elegir la primera—, y establecería el Imperio y la Pax Romana. El que esa pax funcionase o no en el futuro dependería solo de los emperadores, y entre estos hubo de todo: de lo mejor a lo peor. Pero eso es otro asunto. 

En todo caso, no hace falta ser un experto en Historia para leer este libro. Tanto el estudiante serio como el aficionado casual lo disfrutarán, pues se lee de un tirón, ya que tiene nervio y es muy entretenido. Una buena elección para todo aquel que quiera saber más sobre la República romana. 

Andrés Díaz Sánchez.

domingo, 12 de noviembre de 2017

El tirano, de Valerio Massimo Manfredi


Título: El tirano
Autor: Valerio Massimo Manfredi.

En este libro se novela la vida de Dionisio I de Siracusa, que llegó a ser dueño y señor absoluto de las colonias griegas de la isla de Sicilia durante el siglo IV a. C.

En esa época se produjo una encarnizada lucha entre griegos y cartagineses por el control de las boyantes polis sicilianas. En un principio la poderosa Cartago se impuso sobre las desunidas colonias helenas, que gozaba cada una de su propio sistema democrático. La flota cartaginesa, pues, se hizo con varias de ellas, reduciéndolas a escombros y exterminando o esclavizando a sus habitantes. El líder de la oposición griega fue el protagonista de esta novela, Dionisio de Siracusa, al principio solo un alto mando más de los helenos de la isla.

Dionisio combatió en lo que a priori era una lucha por la pura supervivencia, y gracias a su energía y su inteligencia empezó por dominar a todas las polis griegas y someterlas a un gobierno absolutista centrado en una sola persona: él mismo, un tirano; de tal modo presentaba un solo frente, sólido y compacto, contra el enemigo común. A pesar de granjearse el odio de los demócratas, a los que anuló incluso por la violencia, sus medios totalitarios dieron resultado y, tras muchas batallas y movimientos audaces, consiguió frenar e incluso a veces expulsar de sus ciudades a los cartagineses.

A partir de ahí, el poder del tirano Dionisio creció hasta el punto de erigir un pequeño imperio griego en el Mediterráneo occidental, conquistando incluso territorios del sur de la península itálica. Bajo su gobierno se idearon revolucionarias máquinas de guerra y embelleció Siracusa y las otras ciudades que controlaba. Pero todo lo que sube cae, y cuanto más alto se llega más dura es la caída, como bien nos muestra esta novela.

Valerio Massimo Manfredi

El libro, pues, narra tanto el ascenso de Dionisio y su época más boyante, como su declive y su casi inevitable caída, que provocó también el derrumbe del sistema que había alzado.

En cuanto al estilo, Manfredi es tosco, a veces simplista, y el ritmo en ocasiones se acelera demasiado, por lo cual da la impresión de que la narración marcha a trompicones; pero lo compensa con una sorprendente agilidad narrativa, de tal modo que logra atrapar al lector y mantenerle atento hasta el final, lo que explica la causa fundamental de su éxito. No es ningún virtuoso de las letras, pero conoce bien las bases de la escritura cuyo fin es el puro y duro entretenimiento. Además, la propia historia que cuenta es en sí muy amena y tiene los ingredientes propios de un bestseller: luchas y batallas, intrigas políticas, romances y relaciones de amor/odio entre amigos y amantes, así como personajes de una pieza que se dejan llevar por las pasiones… Por ello, aunque el crítico literario eche pestes de la novela, el lector que solo busque evadirse con una historia de aventuras y batallas encontrará exactamente… eso.

No obstante, donde más brilla Manfredi es en el tratamiento de los personajes, que van cambiando y evolucionando durante la trama, desde unos principios idealistas e ingenuos, hasta quedar impregnados del cinismo, la maldad y la soledad propias del poder despótico.

Y si bien las batallas y luchas merecerían un poco más de descripción, se agradecen los mapas sobre las mismas, que ayudan a entender su desarrollo.

En resumen, este es un libro que se olvida de inmediato en cuanto se termina de leer, pero que hasta entonces cumple su función de entretener.

Andrés Díaz Sánchez.