domingo, 22 de octubre de 2017

Tercios de España, la infantería legendaria, de Fernando Martínez Laínez y José María Sánchez de Toca

Título: Tercios de España. La infantería legendaria.
Autores: Fernando Martínez Laínez y José María Sánchez de Toca
Edición: 2006, Edaf.

Tenemos en nuestras manos un ensayo que estudia de manera exhaustiva, en todos sus aspectos, a los legendarios tercios españoles, que consiguieron un sorprendente número de victorias, casi ininterrumpidas, durante unos doscientos años. No en vano fueron considerados en su época como el mejor cuerpo de infantería del mundo. Se trata de una obra divulgativa cuyo rigor histórico no impide que el texto sea entretenido y ameno.

Como dicen los autores, nuestra historia es la gran desconocida para el gran público, que sabe más de los otros países que del propio. Y si hablamos de la historia militar o bélica, el desconocimiento es aún mayor. Pocos momentos hay tan épicos como los que abarca este estudio. Se nos habla sobre una época en la cual la guerra era algo cotidiano y —curiosamente— ocurría casi siempre fuera de las fronteras hispanas, gozando España de paz interna, salvo excepciones puntuales. Los célebres tercios pelearon sus batallas en el centro de Europa, en toda una ancha franja que iba desde los Países Bajos, pasando por Francia, los diferentes estados alemanes, y llegaba hasta Italia y el Mediterráneo. También estuvieron los tercios en los extremos del viejo continente: Portugal al oeste o Transilvania en el este. Igualmente destacaron los tercios en el norte de África: Túnez, Argel o Trípoli. Y en América, pues las expediciones de exploración y conquista contaban con capitanes y soldados provenientes de tercios europeos. Tuvieron presencia a lo largo y ancho de un mundo conocido y por conocer, en escenarios cercanos o remotos, en el Imperio de los Austrias, un extenso imperio donde nunca se ponía el sol. Combatieron no solo en tierra, sino también en las cálidas costas del Mediterráneo o las orientales de Grecia, culminando este tipo de guerra marítima en la jornada de Lepanto. También lucharon en las bravas aguas del Atlántico, defendiendo de los piratas ingleses las flotas de oro y plata de las Indias. Llegaron a Inglaterra con la Gran Armada —que los ingleses denominaron con ironía Invencible, dándole el falso nombre por la que aun se la conoce—, y a las costas de Bretaña y Flandes. Se hicieron expertos en todo tipo de combate: batallas campales, sitios y defensas de fortalezas, golpes de mano en sus célebres encamisadas nocturnas, cañoneo entre naves o bien combates al abordaje…, sin olvidar los duelos entre campeones de diferentes países, una costumbre muy medieval. Pelearon tanto en pasos montañosos como en bosques o llanuras, en el clima suave de Italia o en el frío y lluvioso de Flandes, en las selvas centroamericanas, las nieves germánicas o los desiertos africanos.

Ilustración de Angus McBride

Si bien se puede estar de acuerdo o no con las políticas de los diferentes emperadores —a veces lógicas y a veces nefastas—, resulta difícil no admirar a los simples soldados de los tercios, fieles siempre a su rey aunque no entendieran de estrategia internacional, sufridos y duros, orgullosos a pesar de su pobreza, hombres de probado valor y de bravura inaudita, reconocida antes por sus enemigos que por nosotros, sus descendientes. Sería fácil caer en un chovinismo del que otros países hacen mucha gala y del que nosotros hacemos —quizá— demasiado poca, pero los autores del estudio ponen cada cosa en su sitio y advierten que si bien los Austrias prefirieron la nacionalidad, residencia y costumbres españolas, y se encariñaron más con este país que con sus otras naciones, sus fuerzas armadas estaban compuestas no sólo por españoles. Los tercios eran un conglomerado de alemanes, valones, ingleses, holandeses, irlandeses, escoceses, italianos y, por supuesto, españoles —solo a estos últimos está dedicado el ensayo—. Los españoles no eran los más numerosos, pero sí formaban la columna vertebral del gran ejército. No se puede decir que las batallas las ganaran solo ellos, pues todos contribuían, pero sí solían estar en lo más recio del combate —a menudo por propia iniciativa, llevados del orgullo y la honra—, y cuando ellos faltaban o caían, caían el resto de las tropas. Esto puede parecer exagerado, pero las crónicas lo prueban una y otra vez, y si uno desconfía de las propias siempre tiene las del enemigo para demostrarlo.

Una de las bazas fuertes del libro es su idea de conjunto. Aquí vemos todas y cada una de sus guerras, en todos los escenarios y continentes, aunque abreviadas para no agobiarnos bajo un peso enciclopédico. Así, por ejemplo, encontramos reseñas de grandes batallas, y una lista muy interesante de personajes célebres de los tercios, desde maestres de campo como el Duque de Alba o Alejandro Farnesio, a soldados famosos por su bravura, e incluso literatos como Cervantes, Lope de Vega o Calderón de la Barca, cuyas vidas albergan muchas aventuras trepidantes y resultan tanto o más atractivas que las de los personajes de sus obras.

Ilustración de José Ferre Clauzel

Aparte de los grandes hechos de armas también se nos habla del día a día, de atavíos y ropas, juegos, relaciones con los compañeros de diferentes países y entre los propios españoles, los asuntos de honra y honor, las leyes que les regían, sus sistemas de mando y gobierno, los civiles que les acompañaban, pagas, intendencia, armamento e incluso el lenguaje que usaban. Y se tratan estos asuntos de manera resumida y certera, de tal modo que no tenemos entre las manos un mamotreto aterrador, sino un libro manejable y fácil de leer.

Por otro lado, la edición es impecable, con muchos retratos y grabados de la época e ilustraciones magníficas, así como varios mapas y diagramas desplegables que complementan el texto y facilitan su comprensión.

En definitiva, es un ensayo de consulta histórica, pero también una obra divulgativa muy amena, que da una visión de conjunto de todos los aspectos relacionados con los legendarios tercios españoles. El libro satisfará tanto al bisoño recién alistado que no sepa nada del tema, como a los veteranos de cualquier tercio viejo, bragados y curtidos en no pocos estudios anteriores.

Andrés Díaz Sánchez

viernes, 20 de octubre de 2017

Reseña de "Skarrion Gunthar. Sangre en el hielo", en el blog Pasadizo.

« He mencionado antes el concurso de los autores Robert E. Howard y George R. R. Martin, cuya influencia es inequívoca, pero que llega en oleadas, alternándose uno a otro, y en los momentos finales se perciben los ecos howardianos con sus criaturas monstruosas que, a su vez, se inspiraron en la mítica lovecraftiana»

Otra reseña de Skarrion Gunthar. Sangre en el hielo, esta vez en el blog Pasadizo.

Podéis leer la reseña entera aquí.
Podéis comprar el libro aquí.



sábado, 14 de octubre de 2017

Lo que el viento se llevó, de Margaret Mitchell.


¿Qué se puede decir sobre Lo que el viento se llevó que no se haya dicho antes? Es un clásico de la Literatura Norteamericana —o de la Literatura, a secas—, obra gloriosa del género romántico, del drama y del melodrama, uno de los mayores bestsellers de la historia —y por supuesto uno de los mejor escritos—, del cual se hizo una película que no es simplemente una gran película, sino LA película. Lo que el viento se llevó es una obra imprescindible para todo amante de los buenos libros, a pesar de los prejuicios que se tengan hacia las historias de amor apasionado y romántico. Ese latiguillo de la historia de amor más fascinante jamás contada —u otros por el estilo— puede jugar en su contra debido a la mala prensa del género romántico, fomentada en los últimos tiempos por los vampiros adolescentes guapetones y los atractivos millonarios sadomasoquistas. Pero es un género que ha dado historias notables. La realidad es que no hay géneros buenos y malos, sino hay autores buenos y malos. Esta obra es prueba de ello. Pero independientemente de la enrevesada historia de amor que se nos narra, Lo que el viento se llevó es una gran novela histórica que relata tal vez no con mucha precisión, pero sí con tensión, un periodo dramático de la historia norteamericana, en el entorno del sudista estado de Georgia: la convulsión violenta de un país a la que el irónico y certero Rhett Butler se refiere de este modo:  «Siempre es interesante asistir a la caída de una civilización».

Por tanto, aunque se hayan dicho mil y una cosas sobre este libro y poco nuevo se pueda añadir ya, no está de más volver a hablar de él, porque de los clásicos debe hablarse una vez, y otra. La razón por la que son clásicos es que generación tras generación se siguen leyendo, y generación tras generación se sigue hablando de ellos.

De sobra es conocido el argumento, pero por si acaso diremos que la novela narra la historia de Scarlett O’Hara, protagonista absoluta de la novela, a la que le toca vivir —y sufrir— los dificilísimos tiempos de la Guerra Civil Norteamericana y su posguerra. Scarlett pertenece a una rica y señorial familia del Sur y es una joven bonita y caprichosa que vive una existencia idílica de fiestas, coqueteos y jóvenes adoradores que no paran de hacerle la corte. Pero estalla la Guerra Civil y Scarlett ve cómo su mundo ideal va siendo socavado y por fin destruido por completo a medida que los ejércitos del Norte vencen a los del Sur y por fin invaden y arruinan por completo su mundo perfecto. Como muchos otros aristócratas sureños, Scarlett en pocos años pasa de la opulencia a la ruina, vive el terror constante de la guerra, los horrores del hambre, el dolor de los seres queridos muertos y la degradación de ser aplastada por invasores que sólo buscan expoliar y humillar a los derrotados. Pero al contrario que sus compatriotas, que sufren la derrota en silencio, aturdidos y cegados por una patética y melancólica dignidad, Scarlett lucha contra viento y marea para recuperar todo lo perdido e incluso se convierte en una mujer con negocios propios, adinerada e independiente, no sólo atacada por los especuladores del Norte, sino por los rígidos y convencionales compatriotas del rancio Sur. Al mismo tiempo, y entrelazada con esta lucha contra un destino fatídico, Scarlett se siente desgarrada por el amor hacia dos hombres de carácter antagónico: el caballeroso, bondadoso y romántico Ashley Wilkes, y el sarcástico, cruel, astuto y salvaje Rhett Butler. 

Margaret Mitchell sosteniendo su "pequeño" libro. 

Lo primero que sorprende al lector es la arrolladora calidad literaria del texto. Mitchell escribe asquerosamente bien y maneja a la perfección los tiempos, el ritmo y el equilibrio entre narración y descripción. Su vocabulario es rico y elegante, pero sin caer en la ampulosidad ni la pedantería, consiguiendo que el estilo, aún siendo notable, esté siempre al servicio de la narración y no al contrario. En la novela encontramos descripciones costumbristas, la épica de la propia guerra, la trama romántica y otros ambientes y atmósferas, entremezclados de manera fluida, sin sobresaltos ni a trompicones, manteniendo siempre un cómodo discurrir, que sabe encresparse en los picos de tensión y dramatismo y sosegarse en los necesarios valles de transición. Parece de cabo a rabo una obra redonda, sin que a la autora en ningún momento se le escape de las manos, sino más bien al contrario: la narración es vigorosa y fuerte, sólida como una montaña, pero al mismo tiempo elegante. Los acontecimientos y la forma en que se narran consiguen retener la atención del lector y es una obra entretenida, en ocasiones adictiva.

Una fuerte labor de documentación apuntala la verosimilitud de lo narrado. La guerra no sólo se nos presenta en el ámbito reducido de la pequeña sociedad de las mansiones agrícolas y la ciudad de Atlanta —principales escenarios de la novela—, sino que se describen también los grandes movimientos de la contienda, el devenir de las batallas y las grandes decisiones militares y políticas. La verosimilitud también reside en la descripción detallada no sólo del vestuario, la arquitectura y otros aspectos materiales, sino en las tradiciones, costumbres y formas de pensar no sólo de los sudistas, sino también de los nordistas. Estas descripciones sociales no son para nada objetivas, pero sí son verosímiles desde el prisma sudista que lo impregna todo —más tarde nos ocuparemos de esto con más detenimiento—. 


Los personajes están bien diseñados, del primero al último, tanto secundarios como principales, y aunque la historia parece condensar su intensidad en el triángulo amoroso Scarlett-Rhett-Ashley, en realidad Ashley Wilkes no tiene tanto peso dramático como Scarlett O’Hara y Rhett Butler. Los dos personajes tienen una presencia tan fuerte que parecen incluso salirse de cada página, de igual modo que en la película Vivien Leigh y Clark Gable también lo acaparan todo con su carisma. Incluso la inocente y bondadosa Melanie Wilkes tiene mucho más peso que su marido, y también lo tienen algunos secundarios como la famosa aya negra Mamita, o Gerald O’Hara. Es notable la transformación o evolución que van sufriendo todos. Aunque no se trata de un libro escrito en primera persona, el narrador lo filtra todo a través de los ojos y la mente de Scarlett O’Hara, por tanto la personalidad imperante es la suya y asistimos en primera fila a su lucha implacable contra la feroz serie de desgracias materiales y personales que sufre, y su batalla personal contra el hambre y la pobreza. El personaje va cambiando de caprichosa niña mimada a temible mujer de negocios capaz de engañar, estafar, mentir o reventar a sus trabajadores para conseguir un simple dólar más. Sin embargo, aunque se va endureciendo de tal modo, en el fondo es una mujer apasionada que ama con locura al marido de su mejor amiga, y que debe ponerse la máscara y arrostrar una vida falsa en cuanto a sus emociones. Los mejores personajes han de ser contradictorios y polifacéticos, cervantinos y shakespearianos, y ella cumple este axioma porque es mujer práctica en la lucha por la supervivencia y lo material, pero irracional y hasta neurótica en cuanto a sus sentimientos, contra los que no puede luchar, incluso aunque la lleven a la perdición. El otro gran protagonista, Rhett Butler, es un canalla redomado y sin embargo simpático para el lector, porque representa la pura honestidad del bandido, sin las trabas de una falsa moralidad que se nos antoja no sólo inútil, sino además necia. Butler va detrás de Scarlett al parecer por pura lujuria, pero pronto el lector comprende que él está muy enamorado de ella, por mucho que la zahiera con sus bromas crueles, y que tienen que acabar juntos de un modo u otro porque los dos son en el fondo seres egoístas, inmorales, salvajes, prácticos y carentes de todo escrúpulo ético, a los que sólo les interesa satisfacer sus propias necesidades, pasando por encima de cualquiera. Resulta interesante que si bien en la mayoría de las historias románticas los protagonistas sean buenos —o al menos lo sea ella—, en este caso los dos protagonistas son cien por cien malos, sujetos reprobables, mentirosos y crueles, que desprecian a los débiles y los utilizan sin compasión. El lector no puede dejar de encariñarse con Rhett Butler e incluso espera con avidez cada una de sus espectaculares apariciones. También él irá sufriendo su necesaria evolución y también se descubrirán muchas facetas ocultas de su carácter.


Cartel promocional de la película (1939), dirigida por Victor Fleming. 

Pero no menos notoria es la transformación de la sociedad sudista, de su élite aristocrática, que de llevar vestidos costosos y vivir en mansiones suntuosas, pasa en pocos años a ponerse harapos remendados y habitar cuchitriles mugrientos. Este dramático cambio da mucho jugo literario y la autora lo aprovecha, con descripciones de pobreza y sin embargo de dignidad y orgullo, que recuerdan al mejor Dickens. La sociedad sudista es un personaje en sí mismo, reflejado en decenas de caracteres distintos, un personaje al principio arrogante y jactancioso, después vencido, derrotado y vapuleado, pero que no agacha la cabeza y lleva su miseria con  dignidad patética.

El mayor —invencible para algunos— escollo de esta magna obra es su incorrección política. Margaret Mitchell escribió su obra durante los años treinta del siglo XX. Vivía en el Sur, era aficionada a la historia de su tierra y sin duda había escuchado los relatos de abuelos y tatarabuelos, de los ancianos que podían recordar aquellos aciagos tiempos de la Guerra Civil. Por tanto estamos ante una visión no objetiva, sino muy parcial. Esto no quiere decir que la obra no sea inverosímil, sino sesgada hacia la visión de uno de los dos bandos. Esta parcialidad viene dada por la defensa sin ambages de la idílica sociedad sudista de preguerra. Lo más hiriente e incomprensible para estos tiempos modernos es su adhesión al sistema esclavista, al que increíblemente dota de todo tipo de bondades, no sólo para los blancos —cosa lógica—, sino también para los esclavos negros, pues se nos asegura que no había palizas ni malos tratos, así como tampoco intentos de huida, y que los esclavos eran tratados todos con excelente consideración. Ya sabemos que la historia la escriben los vencedores y por tanto es posible que los relatos sobre la crueldad con los negros fueran exagerados por los norteños, pero sería una locura pretender que todo fuese perfecto e inmaculado en los tiempos de preguerra. Ni muchos menos. No obstante, Mitchell llega a afirmar en su novela que los negros vivían mucho mejor como esclavos que en libertad, los trata como seres inferiores, torpes y vagos, que deben estar siempre al cuidado de sus amos blancos porque no se saben dirigir ni gobernar por sí mismos. Pero esto, para un blanco ingenuo de la época, tal vez no fuera tan inverosímil, pues a las personas de color esclavizadas tal vez no les quedara más remedio que comportarse como esperaban los blancos que se comportaran, si querían sobrevivir en un medio tan sumamente hostil, y por ello una escritora blanca que escuchara los relatos de sus abuelos, podría pensar que en efecto los negros no fingían, sino que eran realmente felices. Por boca de Scarlett O’Hara, Mitchell proclama que es una auténtica locura que los norteños permitieran votar a los negros. Esto difícilmente puede ser tragado y digerido hoy en día. Aquí entramos en el campo más escabroso de la literatura: su capacidad para ofender. En mi opinión, la auténtica literatura tiene libertad para ser ofensiva, porque la literatura, por mucho que nos pese y duela, no puede estar atada por las cadenas de la conveniencia moral de cada época. Así, aunque esta obra en concreto literariamente es una maravilla, ideológicamente tiene algunos socavones demasiado profundos.


Pero también hay que tener en cuenta varias cosas. La visión de los negros de Mitchell no es del todo mala y puede resultar incluso ambigua, pues en su novela muchos de ellos se comportan con una honestidad y sensatez mayor que la de muchos blancos —por supuesto, la autora nos los pinta mejores que la mayoría de los norteños—, y sorprende que en la rancia sociedad sudista la aya negra Mamita vaya dándole órdenes a los blancos con severidad, sin que nadie se atreva a callarla, que Scarlett sea salvada por uno de sus siervos negros con gran heroísmo, y que la categoría moral de los esclavos negros sea en general muy alta. Scarlett y sus familiares sienten verdadero cariño por sus sirvientes y tratan de protegerlos. Es memorable el pasaje en el que, tras la derrota sudista, unas damas del norte se rían y burlen en público de un siervo negro de Scarlett, provocando la ira y la furia de la propia Scarlett, porque ella jamás humillaría de tal modo a alguien de su casa, aunque fuera su criado. Así se demuestra que, por mucho que desearan la liberación de los negros, en los Estados del Norte también había racismo, un racismo tal vez distinto porque no estaba determinado por la proximidad en las relaciones de dominancia y servidumbre del Sur, pero racismo, al fin y al cabo. Lo que nos demuestra esta novela es que los Estados Unidos, de una u otra forma, eran en aquella época mayoritariamente racistas, y solo unos pocos partidarios de la abolición deseaban la igualdad total. Uno de ellos fue su presidente, Abraham Lincoln. En esta novela, y por no haber vivido nunca los blancos del Norte junto a los negros, aquellos ven a estos casi como animales extraños y grotescos, algo que despierta las iras de Scarlett —y la ira de semejante dama no es cosa baladí—. También sorprende que la propia Scarlett sea capaz de explotar y maltratar a presos forzados blancos que trabajan en su serrería, pero nunca explote ni maltrate a un solo negro de su mansión. Esta delicadeza no parece forzada por el deseo de agradar al lector, porque sus opiniones ideológicas son claras, contundentes y no buscan precisamente hacer amigos. Al menos en el caso de la autora, da que pensar que al menos ella sí tenía consideración por las gentes de color, tal vez considerándolos siervos, pero no seres sin alma ni mucho menos animales a los que maltratar. Sin embargo, los norteños sólo quieren a los negros para usarlos en sus artimañas electorales, y después les desprecian sin más —lo cual tiene mucha verosimilitud histórica—. También sorprende e incluso escandaliza la justificación del famoso Ku Klux Klan, para defender de los ataques de bandidos y violadores a las gentes indefensas del Sur en la terrible posguerra… Una organización que mucho tiempo después cometió todo tipo de injusticias, pero que tal vez en la época de la novela sí tuvo su razón de ser. Todo esto no puede justificar un sistema esclavista que debía ser abolido, pero sí hacer comprender que no todo es blanco o negro, sino lleno de grises y matices que deben ser considerados.


Vivien Leigh nació para interpretar a Scarlett O'Hara.
«Que Dios ayude al que te ame de verdad» (Rhett Butler).

En lo que sí acierta Mitchell es en señalar el expolio brutal que sufrió el Sur a manos de un Norte ávido y revanchista, la invasión de especuladores que arrebataron casi todo lo que tenían a unas familias ya empobrecidas, que habían perdido al menos a la mitad de los varones durante la guerra, y a las que arrinconaban cada vez más unos legisladores del Norte a los que sólo les interesaba hacer dinero rápido y fácil. En este marco, la heroína Scarlett O’Hara debe pelear con denuedo, sabiendo que pueden quitárselo todo cuando se le antoje a los vencedores, y que aún así deberá levantarse una y otra vez.

Mitchell nos muestra su ojo crítico en otros asuntos. La ambigüedad moral en cuanto a las excelencias de la sociedad sudista de preguerra también está en las propias costumbres sociales, y las tradiciones. Aunque caballerosos, valientes y honorables, en el libro los sudistas tienen una mentalidad cerrada hasta la ceguera, parecen incapaces de adaptarse a los cambios y  lucen un pudor y una estrechez casi cómica en todo lo concerniente al sexo. Machistas hasta la médula, marcan una posición rígida para la mujer, a la que consideran una criatura ingenua y boba que debe ser idolatrada por su belleza y protegida de todo peligro, un ser débil a quien jamás se le puede permitir ya no trabajar, sino ni siquiera ocuparse de la contabilidad de un negocio; de hecho, resulta de muy mal gusto e imperdonable que una mujer hable de política, porque eso es cosa de hombres. Por supuesto, Scarlett, en su lucha salvaje para huir de la pobreza y llegar a ser rica, hará saltar por los aires todos estos convencionalismos y será el escándalo de sus compatriotas.

«- No puedo aceptar estos regalos, pero eres muy amable.
- No. Te estoy tentando. Nunca doy sin esperar algo a cambio. Siempre me pagan.
- No te pagaré casándome contigo.
- No te hagas ilusiones. No soy de los que se casan.»
(Clark Gable, magnífico en su interpretación de Rhett Butler).
El éxito de Lo que el viento se llevó fue arrollador, sus ventas fueron abrumadoras y la adaptación a la gran pantalla no se hizo esperar. Comentar la película nos llevaría un texto igual de largo que este, tal vez más. Todo amante del cine debe verla y cabe recordar que suele estar a la cabeza de las listas de mejores películas de la historia, junto a Lawrence de Arabia, las dos primeras entregas de El Padrino, Ciudadano Kane o Casablanca. Muchos la consideran incluso la mejor película de todos los tiempos. Como adaptación, la película es muy honesta y se han suprimido o cambiado pocas cosas, todas ellas sin una repercusión fuerte en la historia, que en las líneas generales y también en las particulares se mantiene fiel a la narración original, a su espíritu y tono. Vivien Leigh y Clark Gable parecen haber nacido para interpretar a la pareja protagonista y tenemos a una estupenda Olivia de Havilland como Melanie Wilkes, aunque Leslie Howard no parece tan perfecto en su papel de Ashley Wilkes.



«Aunque tenga que matar, engañar o robar,
¡a Dios pongo por testigo de que jamás volveré a pasar hambre!»

Hoy ya no se pueden encontrar libros como este, ni mucho menos bestsellers como este, tan polémicos y en el fondo tan sinceros —incluso aunque puedan estar ideológicamente equivocados—, tan bien escritos, capaces de entretener y suscitar pasiones, libros que no solo quieren hacer buenas ventas a la mayor rapidez posible, sino que están llenos de un cuidado artesanal. Libros con vocación de ser más grandes que la vida misma. Utilizando el título, y dentro de la Literatura, tal vez este tipo de libros sean también una parte de lo que el viento se llevó.


Andrés Díaz Sánchez. 

miércoles, 11 de octubre de 2017

Reseña de "Skarrion Gunthar. Sangre en el hielo" en Libros Prohibidos.

«Podría decirse que Skarrion Gunthar es una experiencia 4D donde el lector realmente habita el libro: casi se puede oler —en toda la extensión del término— el campo de batalla o sentir cómo te salpica en la cara la sangre de los caídos. Todo ello en una prosa lírica que por rica no llega a resultar recargada.»

Aquí tenemos otra reseña de Skarrion Gunthar. Sangre en el hielo, esta vez en el blog de crítica literaria Libros Prohibidos. 

Podéis leer la reseña aquí
Podéis comprar el libro aquí



domingo, 8 de octubre de 2017

La conquista de Alejandro Magno, de Steven Pressfield

La conquista de Alejandro Magno es una novela biográfica del gran conquistador, escrita por Steven Pressfield. Se trata de la versión española de su libro Virtues of war y fue publicada por la editorial Grijalbo en 2005. Es, sin duda, una de las novelas de género histórico más épicas que uno puede meterse entre pecho y espalda.  

La novela da comienzo en la campaña de la India, cuando el ejército macedonio ha conquistado ya toda Grecia y Persia y ha de cruzar el río Indo para enfrentarse al rey Poros. Tras años de luchas y victorias comienzan a producirse tensiones dentro del ejército invasor. Los soldados macedonios desean volver a su tierra para ver a sus familias, tras tanto tiempo lejos del hogar, pero saben que Alejandro pretende llevarles hasta el fin del mundo y eso les asusta. No esperaban semejante cosecha de éxitos y, a pesar de todos los triunfos, hay un clima de cansancio y hastío que incluso cala en el propio Alejandro. Y es en este preciso momento cuando cuenta su historia a su paje Itanes, en la intimidad de su tienda de campaña. De este modo pretende descargarse de sus recuerdos y experiencias para después encarar el futuro con mayor claridad y encontrar la forma de domar a su propio ejército.

El texto está narrado en primera persona y es el propio Alejandro Magno quien cuenta su historia, lo cual proporciona un aire más subjetivo e íntimo a los hechos, aderezados con los propios sentimientos y pensamientos del protagonista. Así pues, Alejandro nos cuenta a nosotros, los lectores (o al paje Itanes), su vida y obras, no de manera ordenada ni continua, sino discontinua, a saltos en el tiempo, como podría hacerlo alguien que habla sobre los momentos más importantes de su vida durante el transcurso de una conversación.

Steven Pressfield

El relato que nos hace Alejandro nos lleva a su infancia. Nos cuenta sobre su adiestramiento en las armas y sus clases de filosofía, su relación (menos problemática de lo que otros autores pretenden) con su padre Filipo, o su amistad temprana con Hefestión, su gran camarada. También asistimos al asesinato de Filipo, a la conquista de Grecia y, por fin, nos embarcamos en la titánica empresa de la conquista de Persia, recorriendo el épico camino hasta su culminación en la campaña de la India contra el rey Poros, y la rebeldía más o menos declarada de sus soldados.

Se han escrito muchas biografías noveladas del célebre personaje, de todos los estilos y jaeces, desde El muchacho persa de Mary Renault a la exitosa Alexandros de Valerio Massimo Manfredi. Una figura tan interesante como la de Alejandro Magno daría pie para muchas versiones, y visiones. Se puede reinterpretar de muy distintas maneras a alguien tan brillante y complejo, uno de los personajes más novelescos de la Historia. Hay quienes lo han tachado de loco egocéntrico y sanguinario, o quienes han visto en él un consumado político de altas miras. Unos lo muestran como héroe romántico y otros como un conquistador sin piedad. 

Steven Pressfield ha elegido un enfoque por completo épico. En realidad el auténtico protagonista es la guerra, lo que le hace a los hombres, cómo los transforma (recordemos el título original: Virtues of warLas Virtudes de la Guerra). No se trata de un alegato pacifista porque se exaltan precisamente esa virtudes del honor, la lucha, la dynamos (voluntad de pelear y vencer a toda costa), así como las habilidades tácticas y estratégicas que debe tener todo buen líder. Pero sin descuidar esto, también se nos presenta una visión lúgubre de la guerra, empezando por el desgaste moral y espiritual de quienes se dedican a ella, aún considerándola un asunto de honor. Contemplamos la transformación de un Alejandro joven e idealista en un caudillo implacable que no duda en masacrar pueblos enteros, mujeres y niños incluidos, si no encuentra otro modo de doblegarlos. Estas incorrecciones políticas son una muestra de valentía y compromiso histórico del autor, alejado por ejemplo de la versión azucarada y hollywoodiense de Massimo Manfredi. Por boca de Alejandro se hace un buen análisis psicológico de la mentalidad del guerrero, con su majestuosidad y su monstruosidad. Es interesante  la descripción inteligente y honesta que se hace de los generales del conquistador: Clito, Telamón, Parmenio, Crátero, Seleuco, Pérdicas, Ptolomeo… Lejos de esa visión de amigos inseparables tan al uso, Alejandro sabe que todos ellos desean verle muerto para quitarle sus conquistas, y procura enfrentarlos siempre unos contra otros, en una guerra íntima dentro del propio ejército (como también hacía Napoleón con sus generales). Eso no impide que los ame, como amaría Zeus al resto de los dioses. Y esos mismos generales le adoran por su capacidad de llevarles una y otra vez al triunfo. Junto a estos hallamos otros matices atractivos, pues los personajes están plagados de contradicciones, cosa que les hace ricos y creíbles.

El único fallo que se le puede achacar al autor es que, a pesar de que casi siempre hace gala de un buen realismo psicológico, en ocasiones se explaya en algunos elementos muy idealistas del personaje: el culto al honor, el valor, el amor incondicional hacia sus bravos soldados, el respeto supremo hacia el enemigo… Para un lector escéptico esto puede rayar la ingenuidad y empaña esta versión tan madura del personaje. Aún así, esta novela es una visión muy adulta del mito de Alejandro Magno.

Alejandro a caballo. Ilustración de Angus McBride.

Además de esforzarse con la interpretación filosófica y psicológica del combatiente, Pressfield brilla cuando trata el aspecto más crudo y real de la guerra: la lucha en sí misma. Despliega toda su erudición a lo largo de cuatro grandes batallas: Queronea, El Gránico, Iso y Gaugamela. Pocas batallas noveladas serán tan bien descritas, tan exhaustivas desde todos los ángulos posibles (táctico, psicológico, épico…), y mostradas de manera tan minuciosa, tanto en los detalles (desde el punto de vista de un infante o de un caballero) como en el conjunto (movimiento y choque de masas guerreras a gran escala). Pressfield debe ser uno de los autores de novela histórica más épico.

Para probarlo, nos despedimos con las primeras frases de la novela, dichas en primera persona por el propio Alejandro, un comienzo arrollador que es en sí mismo toda una declaración de principios en cuanto al personaje y la obra que uno va a leer:

«Siempre he sido un soldado. No he conocido otra vida. He seguido la llamada de las armas desde la infancia. Nunca he buscado otra. He tenido amantes, he engendrado retoños, he competido en los juegos y he cometido salvajadas cuando estaba borracho. He avasallado imperios, he subyugado continentes, he sido coronado inmortal ante los dioses y los hombres. Pero siempre he sido un soldado».


Andrés Díaz Sánchez.





miércoles, 4 de octubre de 2017

Reseña de "Skarrion Gunthar, Sangre en el hielo" en Crónicas Literarias

«Sin embargo, me reitero, Skarrion Gunthar es un gran libro. Me lo he devorado en cuatro o cinco sentadas y he disfrutado de toda la historia como un niño. Esa mezcla de aventuras, intrigas y magia oscura y arcana me ha resultado fascinante y, sinceramente, ahora me apetece buscar las otras novelas del autor en las que aparece Skarrion.»


Aquí tenéis la reseña del libro Skarrion Gunthar. Sangre en el hielo, aparecida en el blog Crónicas Literarias. Muchas gracias a Víctor Blázquez por sus opiniones.

Puedes leer la crítica entera aquí.
Puedes comprar el libro aquí.


sábado, 30 de septiembre de 2017

Africanus, de Santiago Posteguillo.

Hay pocas épocas históricas tan emocionantes y aprovechables desde un punto de vista literario y cinematográfico como la Segunda Guerra Púnica. Ni la mayor de las superproducciones de Hollywood ni el mejor plantel de guionistas de la mejor serie de TV podrían haber urdido semejante escenario no sólo de batallas y gestas heroicas, sino también de enrevesadas tramas políticas, en las que el poder y la riqueza de los clanes familiares (Barca, Escipiones y algunos otros) dejaría en paños menores al culebrón más complejo. Es una época de personajes heroicos que parecen más grandes que la vida misma, seres que por sus actos no parecen humanos, sino semidioses: Aníbal, Publio Cornelio Escipión, Marco Porcio Catón, Fabio Quinto Máximo… Tiene momentos épicos casi insuperables, como la marcha de Aníbal a través de los Alpes, su invasión de Italia, las batallas que protagonizó, casi todas estudiadas y admiradas durante siglos por eruditos de la historia militar, con preminencia de Cannae, quizás la batalla perfecta de la Historia. No es menos literaria (si no hubiera ocurrido no nos lo creeríamos) la resistencia de Roma cuando todos daban por perdida su guerra contra Aníbal. Y como colofón, el devenir trágico de los dos grandes protagonistas, Aníbal y Publico Cornelio Escipión, ambos traicionados por sus propias naciones, a las que dieron gloria y victorias, así como su sangre y la de sus familias, para ser pagados al final con el desprecio y el destierro. Es como si la Historia misma hubiera creado un guion insuperable para la mejor superproducción. Lo más fascinante es que todo ello ocurrió de verdad, que esas gestas las llevaron a cabo personas de carne y hueso, tan reales en su momento como nosotros en éste.

En efecto, la Segunda Guerra Púnica y el devenir de sus dos grandes protagonistas, Publio Cornelio Escipión y Aníbal Barca, exigía una magna obra. Se han hecho magníficas novelas sobre el tema y entre ellas encontramos las tres que protagonizan la pequeña serie de Africanus, dedicada a la vida de Publio Cornelio Escipión y escrita por Santiago Posteguillo.

La obra consta de tres volúmenes: El hijo del cónsul (2006), Las legiones malditas (2008) y La traición de Roma (2009), publicadas por Ediciones B. Cada volumen puede parecer a primera vista atemorizador debido a su gran número de páginas, pero la trilogía cosechó un éxito fulgurante, con numerosas ediciones y un público que devoraba cada grueso volumen para esperar el siguiente con impaciencia. Cuando aparecen tantos y tantos libros sobre la Roma Antigua, y cuando la Segunda Guerra Púnica ha sido tratada en tantas ocasiones, podría parecer extraño el impacto de Africanus sobre el público. Pero tal éxito tiene sus razones, que más adelante se abordarán. 

Santiago Posteguillo

Si bien todo la trilogía parece escrita de una sola vez y mantiene siempre el mismo estilo literario, por lo que se narra en cada volumen existe una clara estructura de la obra, que se corresponde con la propia vida del personaje histórico, Publio Cornelio Escipión. Podría decirse que los dos primeros volúmenes abarcan la Segunda Guerra Púnica (el primero acaba con la conquista por parte de Publio de Qart Hadash, la Cartagena hispánica, y el segundo termina con la batalla de Zama, victoria de Escipión y Roma y derrota de Aníbal). El tercer volumen narra los hechos desde Zama hasta la muerte de Publio Cornelio Escipión.

Cabe hacer un resumen breve de lo que ocurre en cada libro: 

En El hijo del cónsul Publio aún no ha alcanzado la fama y la gloria y, aunque ya despunta por su capacidad estratégica y su valor, es aún uno más de los muchos generales de Roma, al que se le conoce solo por ser el hijo del cónsul Publio Cornelio Escipión. Publio (hijo) es un joven noble que se adiestra para la vida guerrera, pues la paz de Roma con Cartago tras la Primera Guerra Púnica parece débil y, si no es este enemigo, otro será contra el que Publio deba luchar en el futuro. Publio aprende el oficio de las armas junto a su hermano Lucio Cornelio. Pronto pasará a filas y las cosas se complicarán cuando gracias a Quinto Fabio Máximo, némesis de los Escipiones (y siempre retratado por el autor como un pérfido malvado), Cartago entra en guerra de nuevo con Roma. Asistimos a la increíble invasión de Italia por Aníbal, a sus grandes victorias de Tesino, Trasimeno y finalmente Cannae, la humillación de Roma, de la que Publio logra escapar. Publio debe luchar también en otro escenario: Hispania. Allí cosechará contra todo pronóstico uno de sus primeros éxitos: la conquista de Qart Hadasht (Cartagena). Si bien el enemigo visible es el tremendo Aníbal, hay enemigos no menos peligrosos para Publio y su familia dentro de Roma: Quinto Fabio Máximo y un todavía joven Marco Porcio Catón. En el primer volumen abundan las intrigas políticas, algo común en toda la serie.

En el segundo episodio, Las legiones malditas, Aníbal parece casi invencible: es el señor de media Italia y los romanos no osan enfrentarse a él. Muertos su padre y su tío y ya líder de la familia Escipión, Publio propone una nueva forma de luchar: llevar la guerra a la propia Cartago para enfrentarse allí, y no en Italia, con Aníbal. Parece una empresa a todas luces imposible y por ello sus enemigos políticos le permiten marchar al mando de las dos únicas legiones supervivientes de la masacre de Cannae, marcadas por la cobardía y la deshonra y desterradas a Sicilia. Allí, Publio deberá tomar el mando de estas dos legiones, devolverles la disciplina y con ellas atacar a Cartago en la propia África. Contra todo pronóstico y a través de grandes sufrimientos y riesgos, Publio consigue su objetivo y vence a Aníbal y sus elefantes en la gran batalla de Zama, aniquilando al ejército cartaginés y provocando el fin de la guerra. 



El tercer volumen, La traición de Roma, comienza con el Triunfo de Publio Cornelio Escipión, el general que terminó con la guerra más cruenta y temible que había sostenido Roma, el vencedor del peor de los enemigos: Aníbal. Pero también ha vencido a sus enemigos políticos del Senado, primero Fabio Quinto Máximo (ya muerto) y luego el tenaz Marco Porcio Catón. Publio, ya casado y con tres hijos, piensa que a partir de ahora tendrá paz y que su vida se limitará al ámbito político. Lejos de ello, ha de ir junto a su hermano para luchar contra el podero Antíoco III de Siria, un imperio mucho mayor que el romano. De nuevo parece una batalla perdida debido a los catafractos (la caballería pesada siria), hasta el momento invencibles. Pero en la batalla de Magnesia los Escipiones consiguen el triunfo y de nuevo hacen ver que Roma es la potencia dominante no sólo en occidente, sino también en Asia Menor. No menos interesante resulta la cruenta campaña de Catón en Hispania, para someter a sangre y fuego a las tribus de esta peligrosa región. Y en Roma, las intrigas y batallas políticas no cesan. Publio ha cosechado muchos enemigos, envidiosos y temerosos de su poder. Si bien en este nuevo periodo no hay enfrentamientos bélicos, las luchas políticas resultan tanto o más entretenidas que aquéllas, y no menos implacables. Todo esto produce un fuerte desgaste en Publio, no sólo en el ámbito político, sino también en lo personal y familiar. Y por fin Catón logra mediante tecnicismos legales y una absoluta falta de escrúpulos poner en tal situación a Publio, que debe decidir entre la guerra civil contra una Roma que trata de destruirle de cualquier modo, o el destierro. Para evitar un baño de sangre y la muerte de toda su familia Publio elige lo segundo y pasa el resto de sus días lejos de la capital, amargado y rencoroso por lo que considera la traición de Roma. Al mismo tiempo que todo esto se describe, también contemplamos al otro gran desterrado y traicionado, Aníbal Barca, vendido por los políticos de Cartago a Roma a pesar de sanear económicamente la ciudad, y luego obligado a vagar de reino en reino como general mercenario, siempre en lucha contra Roma. Al final él también morirá, aunque los romanos no tendrán el placer de llevarle encadenado por las calles de la urbe, pues antes prefiere el suicidio.

Como se ve, sólo con narrar de manera detallada y documentada los hechos principales, podría escribirse una saga entretenida y emocionante. La vida de Publio Cornelio Escipión gira en torno a una serie de hechos épicos y políticos de tanta envergadura histórica que muy malo debiera ser el escritor si no lograra al menos interesarnos por ellos. Pero en este caso, además, hay que reconocer que al autor le sobran méritos y virtudes como autor de novela histórica. 



Al estar la vida del protagonista ligada a la guerra y el ejército, lógico sería pensar que el autor debiera preocuparse por estos ámbitos. Los hay que no lo hacen, pero no es el caso de Posteguillo. La vida cotidiana no sólo del ejército romano, sino también del púnico o incluso de otros, como el sirio de Antíoco III, está representada de manera minuciosa, desde el soldado, el centurión, el tribuno, y llegando al cónsul. Todo queda descrito con exactitud: armas, pertrechos, uniformes, adiestramiento, táctica de las batallas (se agradecen los mapas de las principales luchas), estrategia general de cada guerra, intendencia, sistemas de mando y jerarquías, fortificaciones y otros muchos aspectos que nos acercan a la vida de los guerreros de esa época. No sólo tenemos la gran visión estratégica de los grandes generales (a través de ellos se nos explica cómo es la guerra y el porqué de cada derrota o victoria), sino también la visión más limitada de los soldados y centuriones de la tropa.

Hay que destacar además el enfoque realista de la psicología del guerrero. A menudo suele presentarse una imagen estereotipada, negativa y poco honorable del soldado romano, que se alimenta de los prejuicios personales y hasta ideológicos sobre lo que Roma supuso para los pueblos conquistados. Así, parece estar de moda  presentar a los legionarios como monstruos sanguinarios que dejan tras de sí un rastro de mujeres y niños muertos, como saqueadores, carniceros y matarifes que abusan de los pobres bárbaros. A veces incluso se soslaya su valentía y parecen simples matones. Posteguillo nos da una visión distinta, en la que al soldado romano le define en primer lugar su fidelidad a la patria y su disposición a morir por ella, o al menos a morir antes que sufrir la mancha de la derrota. Esto, que es común a casi todos los soldados que han existido, se ha tergiversado en ocasiones en obras que más bien parecen panfletos antibelicistas. En Africanus abundan los sacrificios hechos por soldados, centuriones y oficiales. Sobre todo, impera la idea de que la disciplina es sagrada. Y lo mismo sucede en el ejército púnico. Esto no quiere decir que no haya saqueos ni atrocidades cometidas sobre los civiles. El autor no lo oculta, pero tampoco lo exhibe con saña. La imagen del ejército romano es ambigua, ya que no siempre son un puñado de carniceros, ni tampoco luchadores inmaculados. Al final, y como suele ocurrir, lo que cuenta es la calidad moral de sus mandos. 


Ocupémonos de las batallas. Son descritas tanto en los prolegómenos como en el nudo y el desenlace de un modo sobresaliente. El autor emplea una técnica efectiva: llevar la acción de cada batalla a distintos escenarios simultáneos y hacérnosla ver no sólo a través de un solo protagonista, o dos, sino a través de hasta cinco o seis: la caballería de cada ala, la vanguardia de la infantería, la retaguardia, la lucha cruda de los soldados o la toma de decisiones de los generales. Con esto la batalla gana en riqueza y matices y el lector puede comprenderla mejor. Además no se nos escatiman momentos de crudeza épica y de un heroísmo exacerbado, lógico entre gentes que deben vencer o morir.

Busto de Publio Cornelio Escipión, el Africano. 

A la par que los hechos militares sucede la guerra sin sangre, es decir, la política. Es tan implacable y sucia como la otra, y a menudo también sus protagonistas se juegan la vida porque el enemigo puede emplear el asesinato. La prueba del peligro de las contiendas políticas es que los senadores romanos suelen llevar siempre una daga oculta; además, los plenos están custodiados por soldados, atentos a cualquier altercado violento. Mucho tiempo después, incluso el hombre más poderoso del mundo occidental, Julio César, fue asesinado por los propios senadores. 

En Africanus dos bandos bien diferenciados protagonizan la lucha política. En un lado están los Escipiones: primero Publio Cornelio Escipión (padre), luego sus hijos Publio y Lucio, y por último el propio hijo del protagonista de la serie. En el otro lado está el poderoso Quinto Fabio Máximo y su secuaz y luego también cónsul, Marco Poncio Catón. El autor nos presenta a los Escipiones como más progresistas y dinámicos, pues están abiertos a  culturas extranjeras, como la griega, y quieren una Roma ágil y osada en el concierto internacional. Sus enemigos sin embargo pertenecen al orden senatorial más conservador y rancio, pues odian toda influencia extranjera y quieren una Roma anclada en tradiciones inamovibles. A veces estas dos visiones traslucen un poco de maniqueísmo, ya que unos son demasiado buenos y otros demasiado malos. Es uno de los pocos errores de la saga, pero se hace presente a menudo. 

Debe repetirse que las luchas políticas son muy intensas y pueden ser incluso más épicas (a su manera) que las batallas campales. Se trata de un desafío de inteligencia y estrategia, un ajedrez endiablado con las instituciones romanas de fondo, unas instituciones a veces retorcidas y hasta violadas en la lucha por el poder.


Aníbal liderando el paso de los Alpes. Ilustración de Angus McBride.

La obra tiene grandes personajes principales, como Aníbal, Publio Cornelio Escipión, Quinto Fabio Máximo o Catón, pero los secundarios son abundantes y no tienen desperdicio.

Por ejemplo, resulta magnífica la caracterización del escritor Plauto, uno de los mejores personajes de la serie, un autor de grandes comedias que sin embargo tuvo una vida trágica. Frente a los cónsules, generales y senadores, en Plauto hallamos el contrapeso de la plebe, del individuo anónimo que desconfía de las instituciones, de la aristocracia y de la política, que abomina del sinsentido de la guerra y de un patriotismo que lleva a miles de jóvenes a morir en tierras lejanas. Así, parece un personaje de otra época, quizás de nuestra época, antes que alguien nacido en un mundo violento y sin piedad como el que se describe.

También hay otros personajes humildes, ajenos al poder y a sus luchas, como la esclava Netikerty, una bella egipcia, un juguete en manos de los hombres ricos, que sin embargo encontrará el valor y el orgullo necesarios para sobrevivir en un mundo que aplasta a los débiles. El devenir de este personaje, pese a su condición humilde, está ligado a Cayo Lelio (compañero de luchas de Publio) e incluso al propio Publio, llegando a depender su vida en cierto momento de la esclava egipcia. 


Batalla de Cannae: mercenarios celtas de Aníbal luchando
contra  legionarios romanos. Ilustración de Peter Dennis. 

A pesar de tratarse de una época histórica donde la voz cantante la llevaron los hombres, las mujeres tienen un papel importante en la serie. El autor no es políticamente correcto, no pretende enmascarar la realidad y por tanto nos presenta una sociedad en la que los hombres tienen el poder económico, social y político, y en la cual las mujeres están subordinadas a ellos. Pero aún así, ellas ejercen una fuerte influencia gracias a su belleza y su inteligencia. A la citada esclava Netikerty habría que añadir a Emilia, esposa de Publio y digna matrona de Roma, orgullosa de su familia y dispuesta a defenderla y darle siempre buen nombre. También destaca Sofonisbá, hija del general púnico Giscón y auténtica mujer fatal que gracias a su belleza fascinadora, su astucia y su capacidad manipuladora enamora y maneja a los hombres a su antojo. Lasciva y osada, Sofonisbá es todo lo contrario a la digna matrona Emilia. En cierto momento se llega a decir que, junto a Aníbal, Sofonisbá sería el peor enemigo de Publio Cornelio Escipión y de Roma. Hay que citar también a Cornelia, hija pequeña de Publio, mujer rebelde que rechaza los matrimonios de conveniencia que le propone su autoritario padre (detalle un tanto extraño en la Antigua Roma, pero en todo caso atractivo literariamente). Sin embargo, y tal vez por su carácter indomable, Cornelia es su hija más querida y a la que más recuerda en los momentos de infortunio. 

Hay que destacar el papel de los dos malos de la saga: Quinto Fabio Máximo y Marco Porcio Catón, discípulo éste de aquél y ambos integrantes del mismo bando político. Son los enemigos letales de los Escipiones, los que de manera indirecta causan la muerte de algunos de ellos y la caída en desgracia final del propio Publio. Resulta extraña la visión que da el autor de Quinto Fabio Máximo, porque muchos historiadores alaban su templanza e inteligencia, al ser el único que supo pelear contra Aníbal de manera sensata mientras el cartaginés estuvo en suelo italiano, es decir, mediante el desgaste y evitando más encontronazos fatales, como Trebia, Tesino o Cannae. Sin embargo, en Africanus aparece como un gigantesco malvado sin ningún tipo de escrúpulos, traidor, manipulador, un ambicioso sin medida que busca el poder personal y que para ello no duda en meter a toda Roma en una segunda guerra contra Cartago. El autor carga las tintas al hacerle también en lo íntimo un sádico que disfruta azotando a jóvenes esclavas desnudas, lo cual parece casi exagerado y no tiene fundamento histórico. Y es que, como se dijo antes, uno de los pocos errores es que los buenos son demasiado buenos y los malos demasiado malos. No obstante, Quinto Fabio Máximo actúa en el fondo movido por principios, pues desea una Roma cruel e invencible y para ello cualquier medio es bueno. Menos mal  que se nos da alguna pincelada humana, como el dolor sincero por la muerte de su hijo. El otro malvado, Marco Porcio Catón, es igual de tenaz, astuto e implacable, igual de indiferente al dolor ajeno e igual de xenófobo con todo lo que no sea romano; pero éste no tiene apetitos lascivos y tampoco le gusta la buena comida o el buen vino. Es tan severo consigo mismo como con los demás. Aunque no es un estratega tan brillante como su mentor, lo compensa con una tenacidad demoníaca: aunque derribado y vencido muchas veces, vuelve siempre a levantarse para planear un nuevo golpe, y acaba venciendo y provocando el destierro de su enemigo Publio Cornelio Escipión. En este sentido, resulta imposible no sentir cierta admiración por él. Catón es un fanático integral y esto sí concuerda de lleno con los hechos históricos (al menos mientras duran los sucesos de la serie, pues al final de su vida pareció dar un giro brusco y tuvo escándalos amorosos con una esclava, con la que incluso se casó). Si bien el enemigo de la República parece ser Aníbal, los auténticos gusanos que la horadan y pueden provocar su caída están dentro y son estos dos grandes malvados: Máximo y Catón.

En cuanto al protagonista, Publio Cornelio Escipión, su representación es muy positiva. La propia Historia ya nos lo ofrece como alguien que antepuso siempre los intereses de Roma a los suyos propios y que pagó un alto precio por ello. Tal vez esto no sea del todo cierto porque la historia ya sabemos que la hacen los vencedores (o los escribas pagados por los vencedores), pero aquí esa visión parece corresponder con la realidad. El personaje va evolucionando a lo largo de la serie y si al principio es un joven guerrero idealista (que no estúpido), poco a poco, y a medida que va conociendo los sinsabores de la política, se vuelve amargado y cínico, y finalmente se siente desgarrado por una Roma que paga todos sus servicios con el desprecio y el destierro. Además, la relación con su familia se enfría y casi se rompe a medida que obtiene más fama y gloria. La frecuente moraleja de la fábula sobre el poder.

Batalla de Zama: las formaciones de legionarios romanos abren pasillos para
dejar pasar a los elefantes. Ilustración de Peter Dennis. 

También vemos la evolución de Aníbal, bastante parecida a la de Publio. Se establece un paralelismo entre los dos personajes que el autor no intenta disimular. Aníbal y Publio son dos patriotas guerreros que luchan por su país y que vencen en innumerables batallas campales, pero que son derrotados por la insidia de los políticos de sus respectivos Senados, por la envidia y el odio hacia todo lo grande y lo sublime. Los dos caen en desgracia y se ven obligados a irse de sus tierras, orgullosos pero dolidos. Aníbal, el hombre más temido de Occidente, en su madurez se convierte en general mercenario de reyes necios que desoyen sus consejos y que por eso pierden ante Roma. Por último, Aníbal se suicida para no sufrir un cautiverio y una ejecución humillantes. Es magnífica la escena en que los soldados romanos tiemblan ante su cadáver y casi no se atreven ni a tocarlo, pues incluso muerto les produce terror. Como bien dice Publio en sus últimos momentos de vida, se siente unido a Aníbal y piensa que en otras circunstancias podrían haber sido buenos amigos. 

Pasemos a ocuparnos del estilo y otros factores literarios.

Empecemos diciendo que Posteguillo es un narrador nato. Tiene el don no sólo de contar hechos interesantes de forma interesante, sino de resultar también interesante cuando habla de los cotidianos y anodinos. Entretiene cuando describe batallas o debates en el Senado Romano, o cuando trata el día a día romano o púnico, o al contar las costumbres militares y civiles, lo corriente y común en una época tan lejana. Su estilo es fluido pero no apresurado y se toma su tiempo en las descripciones, aunque sin resultar cargante. En una extraña combinación, el rigor histórico exhaustivo se une a la capacidad narrativa de enganchar al lector. Hay valles de transición y picos de emoción electrizante, ya sea en las batallas o en enfrentamientos verbales, o bien en la toma de grandes decisiones que afectan a países o ejércitos, o en los momentos de tensión amorosa. Hay mucha introspección psicológica para mostrarnos el carácter y la forma de pensar de los personajes. Abundan citas e incluso párrafos enteros de los auténticos personajes históricos, lo cual le da más verosimilitud a la obra. La pega es, en ocasiones, la repetición de afirmaciones y asuntos ya dichos con anterioridad, como si quisiera remacharlos en la mente del lector, de un modo innecesario. No obstante, si de algo puede presumir la obra es de su capacidad para entretener al lector. Es adictiva y las setecientas u ochocientas páginas de cada libro se leen no con esfuerzo, sino del tirón.



Entrevista entre Publio Cornelio Escipión y Aníbal. 
Ilustración de Peter Dennis.

En cuanto al rigor histórico, no podemos más que darle un sobresaliente. Desde la vestimenta de una esclava a la panoplia de un legionario, todo está descrito de modo perfecto. El autor usa con profusión vocablos latinos y ofrece su traducción en un extenso glosario dentro de los apéndices. También es exhaustiva y muy efectiva la representación de la vida en aquella época, en todos los ámbitos sociales y en todos los países, con sus leyes, costumbres, usos sociales, tabúes y normas de comportamiento de romanos, cartagineses, sirios, egipcios…, y en todos los contextos. No se trata de hacer un escenario de teatro y luego meter personas de nuestro mundo moderno en él, sino de retratar personajes con la mentalidad propia de esa época, con sus convicciones, principios y prejuicios, y hacerlos funcionar de manera coherente. Solo chirría ese maniqueísmo ya mencionado, que vuelve a los buenos muy buenos y a los malos muy malos. Quitando ese detalle, la caracterización histórica está bien conseguida. 

Por todas estas razones y por algunas otras que sin duda se me escaparán, la trilogía Africanus
es una obra muy notable dentro de la novela histórica referente a la Antigüedad, y podría ser una de las mejores en cuanto a Publio Cornelio Escipión y las personas y acontecimientos que le rodearon. Un delicioso bocado para los aficionados a la Historia y su hija literaria, la novela histórica.

Andrés Díaz Sánchez.