domingo, 18 de febrero de 2018

Reseña de "Argar, hijo del demonio" en Una biblioteca entre mundos

«…Lo mejor de esta novela es que su autor no pretende en ningún momento que Argar sea el ejemplo de nada ni de nadie y mucho menos un héroe. Él es un guerrero, alguien que posee sangre de demonio en el cuerpo, alguien que se rige por sus ideales y que lucha por lo que cree sin dar lecciones, haciendo incluso verdaderas atrocidades si eso es necesario…»

Estupenda reseña de Argar, hijo del demonio en el blog Una biblioteca entre mundos. Muchas gracias a la bloguera por esta reseña. Podéis leerla entera aquí.





sábado, 10 de febrero de 2018

Cuaderno de soledades, de Juan Cabezuelo

Título: Cuaderno de soledades
Autor: Juan Cabezuelo

Hoy nos las vemos con la novela Cuaderno de soledades, una obra corta pero brillante compuesta de las historias cruzadas de diferentes personas comunes de la Barcelona de los años ochenta del pasado siglo. Gracias al buen hacer de Juan Cabezuelo, lo que podría parecer mundano y mediocre se convierte en un ejercicio literario de prosa poética, amargo y oscuramente hermoso.

Se trata de una obra coral protagonizada por diferentes personajes de clase media y baja: obreros, amas de casa, panaderos, mendigos, prostitutas… A simple vista, desde el exterior, sus vidas son anodinas y carentes de interés, hundidas en una aparente rutina tan pesada como inexorable. Sin embargo, Juan Cabezuelo nos enseña que en este mundo no hay vidas pequeñas y que cada persona, incluso la más gris y predecible, encierra todo un universo entero de emociones, sentimientos, esperanzas, frustraciones y sobre todo pasado, mucho pasado. Pues todos tienen —tenemos— un pasado detrás y en ocasiones hay que cargar con él como si fuera una cruz.

Así les ocurre a los personajes de la novela, que llevan su propia cruz, su vida, a cuestas. Kurt Vonnegut dijo que un escritor debía ser sádico con sus personajes, porque solo cuando se les somete a grandes sufrimientos y tensiones se saca lo mejor de ellos. Juan Cabezuelo es buen discípulo de Vonnegut. No me gustaría ser uno de sus personajes. Sus vidas tienen una inmensa cuota de desesperación, frustraciones, sufrimientos, y esperanzas y sueños rotos. Juan Cabezuelo pertenece a esa casta de autores que, como Cormac McCarthy o Louis Ferdinand Celine, no buscan finales felices y muestran el horror de la vida en su máxima expresión: no el horror de un monstruo sobrenatural, un espectro cadavérico o un psicópata asesino armado con un cuchillo, sino el horror cotidiano que nace del encarnizamiento con que nos tratamos unos a otros en el día a día, en pequeños actos de crueldad que van sumándose hasta alzar una ola que engulle a los propios personajes. En este sentido hallamos una obra honesta, honrada y sincera que no pretende gustar a nadie, y un autor afianzado en su propio tono y temática que no tiene más amo que él mismo y su propia obra.

Otro de los puntos fuertes es la riqueza y profundidad de los personajes; aunque el narrador es universal y omnisciente, se nos muestra la vida a través del filtro de cada uno y asistimos al circo de los horrores de su propio universo emocional e intelectual. Como ya se dijo antes, a pesar de que son ciudadanos anónimos que pasarían desapercibidos en las calles de toda gran ciudad, el autor nos los hace interesantes y dignos de estudio. Incluso van evolucionando y cambiando a lo largo de la novela, no hacia el final feliz hollywoodiense típico, pero sí en su propio camino existencial. Hay mucho sexo en el libro, pero lejos de ser esto una fuente de satisfacción personal, se convierte en un desahogo momentáneo, casi como un eructo o una diarrea, es decir, una necesidad fisiológica que a larga aporta más problemas y complicaciones, y que después deja un poso de amargura y vacío. Es muy destacable la agridulce historia de amor entre una joven prostituta y un viejo mendigo, personajes ambos arrastrados por la vida y la sociedad, cuyo romance, evidentemente, no tiene futuro alguno.

Aunque no puede dejar de sentirse cierta lástima por todos estos personajes tan desgraciados, en el fondo resultan también grotescos y patéticos, pues no dejan de ser en ocasiones mezquinos, egoístas, desagradables y profundamente cobardes, al seguir encerrados en la jaula de sus propias vidas, pasivamente en su miseria, sin atreverse a romper las cadenas con que ellos mismos se atan. Pero en ellos, al final, podemos reconocer cierto reflejo de nosotros que tan bien retrata el autor, pues bien se ve que el ser humano puede tener virtudes, pero arrastra también su propia bola de presidiario de graves defectos. 


Juan Cabezuelo


Es una novela existencial en el sentido de que supone un bofetón en la cara del lector, al exponerle al lado más duro de la vida, para o bien despertarle o al menos hacerle recapacitar sobre qué estamos haciendo mal. Al enfrentar al lector con la miseria de la existencia se le obliga a responder de algún modo, a compararse a sí mismo con lo que está leyendo, y quizás pensar en ello.

En cuanto a la resolución de la trama, las vidas de estos variados personajes están entrelazadas en una letal red de araña, sus caminos se cruzan y, como en un puzle cuyas piezas van encajando, todo termina en un final literariamente brillantísimo. Nos damos cuenta entonces de que todo está bien hilvanado: aunque pudiera parecer al principio que no hay una visión de conjunto, encontramos una planificación que no deja nada al azar.

No podemos dejar de mencionar el estilo literario. Hay mucho de prosa poética en esta breve novela, que bebe del ritmo de la poesía. Los capítulos son muy cortos, de una o dos páginas, y suelen empezar y terminar con oraciones muy poéticas, con carga simbólica. Esta brevedad hace pensar que los capítulos parecen construidos —de manera consciente o inconsciente— a la manera de poemas. Parecen instantáneas o pinceladas en un cuadro, más descriptivos que narrativos, y en ocasiones —quizás la única pega que le veo a la obra— repiten las mismas escenas, de manera reiterativa; sin embargo, esto podría achacarse al tono poético más que prosaico, lo cual lo justificaría para acentuar y agravar la emoción que se quiere suscitar en el lector. Es de agradecer que no haya excesivas metáforas que podrían dar una aire ampuloso o recargado, así que la lectura es muy fluida y en ningún momento se hace literariamente cuesta arriba para el lector. Y por otro lado, aunque hemos dicho que los capítulos breves parecen más bien fotografías instantáneas o imágenes congelados en el tiempo, de manera extraña la narración no se atasca y va fluyendo por si misma, desarrollándose en una historia bien diseñada.

En definitiva, y por tratar de resumirlo todo en una gran oración final, estamos ante una breve y buena novela existencialista, cruda, amarga, poderosa, sólida, oscura, devastadora, no apta para aficionados al optimismo, y sobre todo una historia interesante con personajes interesantes, bella y poética.


Andrés Díaz Sánchez. 








domingo, 4 de febrero de 2018

Pabellón de cáncer, de Alexandr Solzhenitsyn.

Pabellón de cáncer.
Autor: Alexandr Solzhenitsyn.

Los autores rusos clásicos son imprescindibles para todo el que desee disfrutar de las altas cotas de la literatura universal. Una vez leí en cierta web de crítica literaria que tienen una capacidad especial para retratar el alma humana, sus recovecos y pasiones oscuras, sus secretos, su luz y sus tinieblas, con una profundidad que arañan muchos otros autores de otras nacionalidades, pero que en ellos es algo natural y de una facilidad pasmosa, algo que podría casi ser una marca de clase propia. Tal vez sea por el propio devenir de su tierra y su país, su propia historia nacional, tan grandiosa y majestuosa y a la vez tan trágica.

Solzhenitsyn es precisamente uno de los mejores exponentes de tal marca de clase rusa, alguien que en sus novelas —y no solo en sus novelas, sino también en esa majestuosa obra de ensayo e investigación, más literaria que la mayor parte de las obras de ficción, llamada Archipiélago Gulag— plasma la tragedia y a la vez la grandeza de la vida humana. Solzhenitsyn vivió en sus propias carnes la injusticia y la crueldad de los campos de concentración soviéticos y no sabe de lo que habla por terceras personas, sino por su propia vivencia. Así, y como él mismo cuenta en su Comentario del autor, tuvo la doble desgracia de ser deportado político y enfermo de cáncer, cosas ambas de las que por fortuna logró salir con vida. Aunque las situaciones y personajes son literarios, mucho de lo que leemos está basado en la propia realidad que vivió el autor.

La novela nos transporta al pabellón de oncología de un hospital del Uzbekistán, en pleno régimen soviético, recién entrados los años 50, poco tiempo después de la muerte de Stalin. Allí se nos presentan las vidas de diversos pacientes y también de los profesionales médicos que les tratan, sus circunstancias personales, su relaciones, su pasado, presente y posible futuro, en una trama de vidas que no tienen otro remedio que cruzarse. Es precisamente la riqueza en el retrato de los personajes, su profundidad psicológica, uno de los puntos fuertes de esta poderosa y bella novela.

Así, por ejemplo, tenemos a Rusánov —el personaje introductor de la novela, pero que después va perdiendo peso en favor de otros que al principio parecían secundarios—, un oficial de personal adherido por completo a la doctrina comunista, un comisario político cuyo cometido es buscar, señalar y acabar con todos aquellos que atenten de palabra, obra o incluso pensamiento contra el Régimen. Rusánov encarna la doctrina ideológica estalinista llevada al extremo más ciego y lerdo, pero en él vemos que el poder corrompe incluso al fanático, pues Rusánov goza de una buena posición económica y, aunque no cesa de proclamar las bondades del comunismo y de las clases proletarias, no puede tampoco dejar de sentir renuencia y hasta repugnancia hacia esas mismas clases bajas, cuando ha de mezclarse con ellas en el pabellón de oncología. Tal vez como acto de justicia poética, un monstruoso tumor deforma su cuello. Y a medida que se va acercando a la muerte, toda esa fuerza ideológica sufre un proceso de demolición, hasta convertirse en pura desidia e indiferencia, pues una de las muchas moralejas de esta novela alegórica es que la muerte pone a todos bajo el mismo rasero; que el poder, las ideologías, las ilusiones, las esperanzas, al final quedan en segundo plano ante la proximidad inexorable de la señora de la guadaña.

En parecida longitud de onda ideológica está Vadim, un joven ingeniero cuya máxima aspiración es trabajar para la sociedad, engrandeciendo así al Régimen y a su propia existencia, como un engranaje pequeño, pero necesario, de la gran maquinaria. Su impotencia viene de la imposibilidad de alargar su vida y ser más útil al Estado, porque ya tiene encima la sombra de la muerte.

Tenemos también personajes sin tono ideológico preciso, buscavidas como Yefrem Poddúyev, cuya única aspiración es beber lo más posible, viajar, disfrutar de la vida y acostarse con el máximo número de mujeres, sin importarle un bledo la política o el poder. En otro extremo tenemos al que se convertirá en protagonista de la novela, Kostoglótov, deportado por crímenes políticos, que ha pasado por diferentes campos de prisioneros y que, a pesar de haber sido espiritual y psicológicamente destrozado por tales experiencias, aún es capaz de mantener cierta dignidad, su libertad de pensamiento, e incluso puede enamorarse otra vez, de manera tierna y apasionada. Kostoglótov nos recuerda al propio Solzhenitsyn y es imposible que muchas de sus meditaciones no se le ocurrieran al propio autor, mientras fue un deportado, y además enfermo de cáncer. Otra víctima del sistema es Shulubin, un anciano aplastado precisamente por la cobardía, por no atreverse a denunciar las injusticias de las que siempre estuvo rodeado; cosa paradójica, llega a envidiar al mencionado protagonista Kostoglótov, porque la peor cárcel no es la de un campo de prisioneros, sino la propia cárcel del alma en la que cada día él está metido, y de la que no tiene valor para escapar.

Alexandr Solzhenitsyn
Quizás el lector no avezado pudiera pensar que estas víctimas del Régimen estalinista fueran simpatizantes del capitalismo occidental, pero todo lo contrario: son precisamente los más bienintencionados y sinceros socialistas y comunistas los primeros aplastados por el Régimen, que como un tumor maligno lleva a la muerte a la propia Rusia, un tumor que ha crecido monstruosamente y que destruye no a los peores, sino a sus mejores hijos. Aunque no de forma tan clara como en Un día en la vida de Iván Denísóvich o en la titánica Archipiélago Gulag, sale a la luz la brutalidad y la injusticia inherentes al Régimen Soviético, que lamina al pueblo ruso y destruye sus esperanzas y sus almas, porque su único objetivo es la perpetuación de sí mismo como ente geopolítico, a cualquier precio, incluido el de la vida y la felicidad de los hombres que lo sustentan.

No sólo de pacientes vive la novela, sino también de doctores, entre los que destacan Vera Kornílievna, dedicada únicamente a su vida profesional, que vive un amor imposible con el ya mencionado Rusánov. Y magnífico es el personaje de Liudmila Afanásievna, rígida doctora cuya máxima es tratar de manera totalmente fría e impersonal a los pacientes, hasta que —de nuevo una carambola de justicia poéticaella misma contrae cáncer y vive en sus propias carnes el miedo y la zozobra que siempre había visto desde una distancia segura. Muchos otros personajes aparecen por la novela y podemos introducirnos en su vida privada, pensamientos, historia y emociones. Aunque hay unos pocos principales protagonistas, se trata en el fondo de una obra coral donde pretende retratarse con sinceridad diferentes tipos humanos y sociales.

No es una novela luminosa con finales felices —olvídense de cualquier optimismo en la literatura rusa—, sino una obra que pretende retratar la cruda realidad y que lo hace además a través de un filtro literario prodigioso, el de ese gran escritor que fue Solzhenitsyn. Pero como en Guerra y Paz Tolstoi es nombrado en ocasiones en la novela, a través de la muerte, el miedo y el sufrimiento se nos enseña que por encima de todo está el alma humana, capaz de alcanzar la grandeza espiritual solo y precisamente cuando más cerca está de su anulación, cuando más sufre y es desgarrada, como si la plenitud y la felicidad absolutas, que no dependen de lo material, estuvieran siempre al alcance de todos y pasaran cotidianamente desapercibidas. Así pues, al mismo tiempo que pesimista, la novela también es motivadora en otro sentido… Algo también propio de esa marca de clase de los grandes escritores rusos.


Andrés Díaz Sánchez.





jueves, 1 de febrero de 2018

Reseña de "Skarrion Gunthar. Sangre en el hielo" en Arte-Factor.

«…Andrés me ha hecho sentir en mis propias carnes el dolor de las heridas provocadas en plena lucha, he escuchado el sonido del metal chocando entre si, he olido la sangre derramada en el campo de batalla, he notado el poder de la magia erizarme los pelos de toda mi piel y he podido ver la magnitud de la grandeza de dioses de otros tiempos.…»


Reseña de Skarrion Gunthar. Sangre en el hielo en Arte-Factor, escrita por el escritor Juan Cabezuelo, a quien le doy las gracias. Podéis leer la reseña entera aquí.



martes, 30 de enero de 2018

Reseña de "Skarrion Gunthar. Sangre en el hielo" en el blog Argoth el Errante.

«…Debo añadir que he notado que en Sangre en el hielo, Andrés ha dado un paso más allá en su evolución como autor con una obra recomendable para todos los amantes de la buena literatura épica y de aventuras…»

Reseña de Skarrion Gunthar: Sangre en el hielo en el blog Argoth el Errante, del escritor José Luis Castaño. Muchas gracias.

Podéis leer la reseña entera aquí.




domingo, 28 de enero de 2018

Los Reyes Malditos VII: De cómo un rey perdió Francia, de Maurice Druon.

Los Reyes Malditos VII: De cómo un rey perdió Francia
Autor: Maurice Druon

En este blog ya se habló de El rey de hierro (ver la reseña aquí), el primer volumen de la serie de siete episodios Los Reyes Malditos, escrita por Maurice Druon. Justo es por tanto que si se habló del comienzo se hable también del ocaso, del broche final de esta joya de la novela histórica medieval.

Como ya se dijo en la reseña de El rey de hierro, la serie Los Reyes Malditos abarca una determinada época de la Edad Media francesa, en concreto la correspondiente a la dinastía de los Capetos. La serie da comienzo con la encarcelación y ejecución de Jacques de Molay (1314) durante el reinado de Felipe IV el Hermoso y termina en el séptimo volumen con la batalla de Poitiers (1356), durante el reinado de Juan II. El nombre de la serie se debe a la maldición que, según las crónicas, Jacques de Molay lanzó contra el rey francés y sus descendientes. Sean ciertas o no estas últimas palabras del maestre del Temple, parece que la legendaria maldición dio resultado: en el breve transcurso de cuarenta y dos años Francia pasó de ser uno de los estados más poderosos de Occidente, con una economía saneada, una fuerza bélica envidiable y una estabilidad territorial e institucional más que evidentes, a un país arruinado, asolado por la peste, destrozado por las intrigas internas palaciegas y, para colmo de males, invadido y medio conquistado por el vecino inglés durante la Guerra de los Cien Años. Este periodo maldito para los reyes franceses es el que narra Maurice Druon en su serie de siete episodios.

En ellos contemplaremos cómo los reyes se suceden con rapidez asombrosa, fallecidos de muerte inesperada o bien asesinados —incluso cuando se trata de recién nacidos— por sus enemigos. Una sangría de monarcas que provoca la lógica inestabilidad institucional, la ruina económica y por fin la invasión del inglés. Por otro lado, pocos de entre estos reyes son competentes y la mayoría como Juan II, protagonista del último volumen son retratados por Druon de manera inmisericorde, como ejemplos de toda incompetencia y necedad. En la novela se dice textualmente que su estupidez inspiraría la lástima que siempre inspiran los idiotas, si no fuera por el hecho de que en sus manos tenía más de veinte millones de vidas.

Maurice Druon

De cómo un rey perdió Francia no puede tener un título más clarificador, pues pone el colofón a esa maldición literaria arrojada por Jacques de Molay, que culmina en Juan II, derrotado vergonzosamente en la batalla de Poitiers por su rival Eduardo III de Inglaterra, el Príncipe Negro. Para mayor bochorno, en ese combate los franceses parecían tener todas las de ganar, pero fueron destrozados gracias a la incompetencia de sus mandos y la mentalidad rígida de la caballería, incapaz de adaptarse a las nuevas épocas de la guerra, como se había demostrado ya en la batalla de Crecy.

El libro cambia respecto a los anteriores al estar escrito en primera persona por el cardenal de Périgord, legado del Papa, que busca mediar entre ambos bandos y conseguir una paz entre Inglaterra y Francia por todos los medios. Un esfuerzo amargo y baldío.

Por lo demás, el volumen es semejante a los otros en cuanto a la excelencia en la documentación y el magnífico estilo literario. Druon oscila de manera brillante entre el realismo y una fina ironía que raya en un sentido del humor socarrón, contrapunto a los hechos trágicos que se narran. Y de nuevo marca un ritmo que engancha al lector, le guste o no la novela histórica. Druon es experto en la psicología de los personajes: a todos los trata de manera verosímil y son cercanos y creíbles para el lector, desde los reyes a los mendigos, pasando por nobles, mariscales, eclesiásticos de todos los niveles, soldados, banqueros y prestamistas, reinas, princesas, damas, cortesanas y prostitutas… Un rico espectro de tipos humanos con sus diferentes mundos emocionales e intelectuales, que el autor disecciona con su fino escalpelo.

Aunque no es una saga muy épica, en el sentido de que no aparecen apenas escenas de lucha y batalla, no se hace aburrida, pues la cantidad de intrigas palaciegas, cortesanas y religiosas es casi inagotable.

Todo esto hace muy recomendable la lectura de esta serie, una de las más notables de la novela histórica medieval. Guste o no el género, merece la pena leerla.


Andrés Díaz Sánchez.




domingo, 21 de enero de 2018

Los Reyes Malditos I: El rey de hierro, de Maurice Druon.

Los Reyes Malditos I: El rey de hierro
Autor: Maurice Druon.

Hay quien piensa que la Historia es un asunto aburrido y pesado, que leer libros históricos es un martirio y una tortura de fechas y nombres, entre los que uno se marea y se pierde sin remedio. Sin embargo, la Historia es la madre de todas las historias. En manos de un cronista hábil puede convertirse en un relato no solo entretenido, sino también fascinante.

Ejemplo de ello es la serie Los Reyes Malditos, escrita por el francés Maurice Druon y publicada originalmente entre los años 1955 y 1977. Los siete libros que la componen son los siguientes (entre paréntesis el título original y año de publicación): 

1. El rey de hierro ( Le Roi de fer, 1955)
2. La reina estrangulada (La Reine étranglée, 1955)
3. Los venenos de la corona (Les Poisons de la couronne, 1956)
4. La ley de los varones (La Loi des mâles, 1957)
5. La loba de Francia (La Louve de France, 1959)
6. La flor de lys y el león (Le Lys et le lion, 1960)
7. De cómo un rey perdió Francia (Quand un Roi perd la France, 1977)

Maurice Druon

Es sin duda una de las mejores series de novela histórica medieval que se han escrito, tanto por la narración en sí misma como por el estilo literario, hasta el punto de que el propio G. R. R. Martin llegó a asegurar que esta serie fue una de sus mayores inspiraciones a la hora de escribir su famosa Cancion de Hielo y Fuego. En efecto, Los Reyes Malditos narra un Juego de Tronos de intrigas palaciegas, traiciones, asesinatos y guerras crueles que deja la saga de Martin, y cualquier otra de Fantasía moderna, a la altura de simple ejercicio escolar. A riesgo de cansar, se debe repetir que no hay mejor maestra a la hora de escribir Fantasía Épica que la propia Historia real de los seres humanos.

Representación imaginaria (s. XIX) de la
ejecución de Jacques de Molay. 

El primero de los siete libros, El rey de hierro, empieza con el proceso y ejecución de Jacobo de Molay, el gran maestre templario. Según cuenta la leyenda, mientras era quemado en la hoguera y ante el gentío de París, lanzó una terrible maldición:

«Dios conoce que se nos ha traído al umbral de la muerte con gran injusticia. No tardará en venir una inmensa calamidad para aquellos que nos han condenado sin respetar la auténtica justicia. Dios se encargará de tomar represalias por nuestra muerte. Yo pereceré con esta seguridad.»

Otras fuentes señalan que además emplazó a sus principales enemigos: el rey Felipe IV, el secretario real Nogaret y el Papa Clemente V, a sufrir el Juicio de Dios en menos de un año. De manera casi mágica, al cabo de poco morían los tres citados, en algún caso entre grandes dolores. Esto hace sospechar que se trataría de una maldición añadida a posteriori, para ajustarla así a los hechos. Sea cierto o no, todo esto da mucho jugo para una novela histórica y Maurice Druon se mete bien en faena, no contentándose con el periodo inmediatamente posterior a la muerte de Molay, sino alargándolo durante siglos, a través de sus siete novelas.

Según Druon en la novela El rey de hierro, Jacobo de Molay en la hoguera proclamó a los reyes de Francia ¡Todos malditos, hasta la séptima generación!, y la historia de su país se ajusta a ello, pues en los siglos siguientes Francia, que por la época de Felipe IV el Hermoso era una nación fuerte, económicamente poderosa y en relativa paz, sufrió desde la muerte de Molay toda clase de calamidades, en el interior y el exterior, la mayor de ellas la llamada después Guerra de los cien años, durante la cual el país fue invadido y devastado por los ingleses. Estas desgracias acompañaron también a su monarquía, destripada y desfondada en luchas internas. Aquella maldición novelesca pareció dar grandes y amargos frutos.

Felipe IV el Hermoso (autor desconocido,
Biblioteca Nacional de Francia)

La serie Los Reyes Malditos narra en forma de novelas el devenir de esos reyes que, empezando con Felipe IV el Hermoso, ejecutor de Jacobo de Molay, sufrieron la maldición templaria. Este primer volumen, El rey de hierro, está dedicado a dicho rey, y a la compleja telaraña de intrigas, traiciones, amoríos y luchas por el poder tejida a su alrededor, y que incumben a un gran número de familiares, nobles e incluso a gentes de baja cuna. Por este y los siguientes libros desfilan los propios templarios, los reyes, los nobles, banqueros, espías, alcahuetas, amantes, maridos reales cornudos y princesas infieles, los defensores de un estado centralizado y los partidarios de un feudalismo extremo, los obispos y cardenales, las cortesanas, los infantes y otros personajes, en un rico surtido de tipos humanos de ambos sexos, cada uno con sus propias motivaciones. El autor sabe distribuirlos y hacerlos funcionar en un complicado ajedrez donde los peones, a veces, son tan importantes como los propios reyes. La documentación es impecable y las descripciones, perfectas. Nos encontramos con un espléndido fresco del Medioevo tardío. Si a todo ello le sumamos un estilo ágil y rápido que no sólo entretiene, sino que vuelve adictiva la lectura, estamos ante una serie de libros aptos tanto para el aficionado a la Historia como para quien solo quiere un texto que le mantenga entretenido desde la primera a la última página.

Andrés Díaz Sánchez.