domingo, 21 de octubre de 2012

La primera entrada



Esta es la primera entrada a través de las Puertas de Fuego, el blog de Andrés Díaz Sánchez, mi blog, un lugar en la Red cuya única vocación es la de servir de cálamo, tinta y papiro digitales para expresar todo aquello que pueda apetecerme escribir, sobre cualquier tema y ámbito que se me ocurra, y de la espontánea manera que se me ocurra, por puro placer hedonista de unir palabras, frases y párrafos aderezados tal vez con alguna imagen, y con la mayor libertad que los dioses (en el sentido más amplio del término) me permitan. No habrá otra norma que ésta, continente y contenido y único límite del blog. No hay vocación de buscar muchos o pocos lectores o seguidores, interesados, curiosos, navegantes despistados o amantes del zapping en la Red, de buscar el favor o la animadversión, la admiración o la repulsión, el interés o el desinterés, de unos y otros. Si algo de esto se consigue, bien. Y si no, bien también. ¿Es esto una forma inconsciente e hipócrita de gustar, de hacerse el interesante, de causar sensación? ¿Quién sabe? Yo no. Y por otro lado, ¿a quién le importa?

¿Por qué llamarlo Puertas de Fuego? Las dos palabras “Puertas” y “Fuego”, por sí mismas y por separado, están llenas de poder, belleza, simbolismo y poesía.

Toda puerta es un umbral abierto entre dos mundos, dos realidades, una frontera que rebasar, una separación entre lo que conocemos y desconocemos. Cada umbral supone un cambio, tal vez un riesgo, un peligro y al mismo tiempo una atracción. Un libro es una puerta, una película es una puerta, un viaje es una puerta, una sensación es una puerta, una idea o un sentimiento es una puerta, nuestro inconsciente es una puerta, nuestro consciente es otra, y cada sentimiento y pensamiento es una puerta distinta, cada persona que conocemos es una puerta que lleva a muchas más puertas, y nosotros mismos somos un cúmulo de infinitas puertas que a cada instante, en cada latido, abrimos y cruzamos. Sin puertas que cruzar, la vida sería aburrida e insoportable. Simplemente, no habría vida, no habría nada. Y la última puerta es la muerte, la que nos espera abierta a todos, la que tal vez nos lleve a la ausencia definitiva de umbrales, o a infinitas puertas más.

El Fuego es el elemento destructor que consume y convierte en cenizas lo vivo, pero también es el calor, la luz, la antorcha que disipa las tinieblas de la caverna profunda, la tea que ahuyenta las sombras ominosas, los númenes oscuros de la noche tenebrosa, que catapulta lejos la bestia, tan imaginaria como real, que arruga el hocico y gruñe en las sombras de la espesura; el fuego es el espíritu inasible y al mismo tiempo abrasador, la imagen que retiene la mirada, cuando las llamas bailan una danza hipnótica y dionisíaca sobre los maderos de la hoguera. El fuego además es la pasión y el sentimiento, es la motivación y la fe que calienta la esperanza, es el valor del guerrero y la poesía del bardo, la locura del que ama y la ira del que odia. El fuego da la muerte y da la vida.

Pero unidos ambos términos, todo lo anterior asciende en una sinergia aún más poderosa. En las Puertas de Fuego trescientos héroes alcanzaron el Everest de la Épica Humana, allí la realidad se convirtió en leyenda y mito, símbolo crudo que atraviesa como una flecha los siglos, primero a través de la voz, luego el papel, las ondas sonoras, las grandes y pequeñas pantallas de lona o de plasma, leyenda a veces pura y a veces prostituida, directriz para todo el que está dispuesto a luchar hasta el último aliento, sea belicista o pacifista, faro en la tormenta de aquél que se enfrenta a un enemigo invencible y aún así está dispuesto a rendir la vida, que no el espíritu. Símbolo exagerado tal vez, pero ineludible, tan evidente como el triángulo y tan puro como el hielo bajo el primer rayo solar tras la larga noche ártica. Pero no sólo como ejemplo épico, pues el umbral envuelto en llamas es un símbolo iniciático y trascendental, separación entre lo humano y lo divino, imagen que levanta bocanadas de chispas en el inconsciente. Tal es el poder de una puerta envuelta en llamas, abierta ante nosotros.


Así pues, nada más pretencioso y ambicioso que elegir semejante título para un blog. Camaradas errantes, amantes de lo extraño, adoradores de la anécdota, lectores entre líneas de los textos de la realidad, buscadores de cosas que a casi nadie interesan, gentes raras, siempre alérgicas a lo mediocre, estúpido y superficial, siempre rascándose los sarpullidos de un mundo anodino, compañeros, os digo, ¿estaremos a la altura? 

En todo caso, aquí ha quedado la primera entrada a través de las Puertas de Fuego.