miércoles, 27 de marzo de 2013

Pabellón de cáncer, de Alexandr Solzhenitsyn

Pabellón de cáncer
Autor: Alexandr Solzhenitsyn
Editorial Tusquets, Colección Andanzas
 
Los autores rusos clásicos son imprescindibles para todo aquel que desee disfrutar de las altas cotas de la Literatura Universal. Una vez leí en cierta página de crítica en la Red que tienen cierta capacidad especial para retratar el alma humana, sus recovecos y pasiones oscuras, sus secretos, su luz y sus tinieblas, con una profundidad que arañan muchos otros autores de otras nacionalidades, pero que en ellos es algo natural, de una facilidad pasmosa, algo que podría llamarse una marca de clase propia. Tal vez sea por el propio devenir de su tierra y su país, su propia historia nacional, tan grandiosa y majestuosa y a la vez tan inmensamente trágica y patética.
 
Solzhenitsyn es precisamente uno de los mejores exponentes de tal marca de clase rusa, alguien que en sus novelas —y no sólo en sus novelas, sino también en esa majestuosa obra de ensayo e investigación, más literaria que la mayor parte de las obras de ficción: Archipiélago Gulag— plasma la tragedia y a la vez la grandeza de la vida humana. Solzhenitsyn vivió en sus propias carnes la injusticia y la crueldad de los campos de concentración soviéticos y no sabe de lo que habla por terceras personas, sino por su propia vivencia. Así, y como él mismo cuenta en su Comentario del autor, tuvo la doble desgracia de ser deportado político y enfermo de cáncer, cosas ambas de las que por fortuna logró salir con vida. Aunque las situaciones y personajes son literarios, mucho de todo ello está basado en la propia realidad que vivió el autor.
 
La novela nos transporta al pabellón de oncología de un hospital del Uzbekistán, en pleno régimen soviético recién entrados los 50, a pocos años de la muerte de Stalin. Allí se nos presentan las vidas de diversos pacientes y también de los profesionales médicos que les tratan, sus circunstancias personales, relaciones, su pasado, presente y posible futuro, en una trama de vidas que no tienen otro remedio que cruzarse. Es precisamente la riqueza en el retrato de los personajes, su profundidad psicológica, uno de los puntos fuertes de esta poderosa y bella novela.
 
Así, por ejemplo, tenemos a Rusánov —el personaje introductor de la novela, pero que después va perdiendo peso en favor de otros que parecían secundarios—, un “oficial de personal” adherido por completo a la doctrina comunista, un comisario político cuyo cometido es buscar, señalar y acabar con todos aquellos que atenten de palabra, obra o incluso pensamiento contra el Régimen. Rusánov encarna la doctrina ideológica estalinista llevada al extremo más ciego y lerdo, pero en él vemos que el poder corrompe también al fanático, pues Rusánov goza de una buena posición económica y, aunque no cesa de proclamar las bondades del comunismo y de las clases proletarias, no puede tampoco dejar de sentir renuencia y hasta repugnancia hacia esas mismas clases bajas, cuando ha de mezclarse con ellas en el pabellón de oncología. Como acto de justicia poética tal vez, un monstruoso tumor deforma su cuello. A medida que se va acercando a la muerte, toda esa fuerza ideológica sufre un proceso de demolición, hasta devenir desidia e indiferencia, pues una de las muchas moralejas de esta novela alegórica es que la muerte allana a todos bajo el mismo rasero, que el poder, las ideologías, las ilusiones, las esperanzas, el mal y el bien, al final quedan en segundo plano ante la proximidad inexorable de la Parca. En parecida longitud de onda ideológica está Vadim, un joven ingeniero cuya máxima aspiración es trabajar para la sociedad, engrandeciendo así al Régimen y a su propia existencia como engranaje de la gran maquinaria. Su impotencia viene de la imposibilidad de alargar su vida, de ser más útil al Estado, porque ya tiene encima la sombra de la muerte. Tenemos también personajes sin tono ideológico preciso, buscavidas como Yefrem Poddúyev, cuya única aspiración es beber lo más posible, viajar, disfrutar de la vida y acostarse con el máximo número de mujeres, sin importarle un bledo la ideología, el poder o la corrupción. En el segundo extremo ideológico tenemos al que se convertirá en protagonista de la novela, Kostoglótov, deportado por crímenes políticos, que ha pasado por diferentes campos de prisioneros y que, a pesar de haber sido espiritual y psicológicamente destrozado por tales experiencias, aún es capaz de mantener cierta dignidad, su libertad de pensamiento e incluso puede enamorarse otra vez, de manera tierna y apasionada. Kostoglótov nos recuerda al propio Solzhenitsyn y es imposible que muchas de sus meditaciones no se le ocurrieran al propio autor, mientras fue un deportado y además estuvo aquejado de cáncer. Otra víctima del sistema es Shulubin, un anciano aplastado precisamente por la cobardía, por no atreverse a denunciar las injusticias de las que siempre estuvo rodeado, y que —paradójicamente— llega a envidiar a Kostoglótov porque la peor cárcel no es la de un campo de prisioneros, sino la propia cárcel del alma en la que cada día él está metido, y de la que no tiene valor para escapar. Quizás el lector no avezado pudiera pensar que estas víctimas del Régimen Estalinista fueran simpatizantes del capitalismo, pero todo lo contrario: son precisamente los más bienintencionados y sinceros socialistas y comunistas los primeros aplastados por el Régimen, que, como un tumor maligno que lleva a la muerte a la propia Rusia, ha crecido monstruosamente y destruye no a sus peores, sino a sus mejores hijos. Aunque no de forma tan clara y principal como en Un día en la vida de Iván Denísóvich o en la titánica Archipiélago Gulag, sale a la luz la brutalidad y la injusticia inherentes al Régimen Soviético, que lamina al pueblo ruso y destruye sus esperanzas y sus almas, porque su único objetivo es la perpetuación de sí mismo como ente geopolítico y su expansión, a cualquier precio.
 
No sólo de pacientes vive la novela, sino también de doctores, entre los que destacan Vera Kornílievna, dedicada únicamente a su vida profesional, que vive un amor imposible con el propio Rusánov. Y magnífico es el personaje de Liudmila Afanásievna, rígida doctora cuya máxima es tratar de manera totalmente fría e impersonal a los pacientes, hasta que ella misma contrae cáncer y vive en sus propias carnes ese miedo y zozobra que siempre había visto “a distancia”. Muchos otros personajes aparecen por la novela y podemos introducirnos en su vida privada, pensamientos, historia y emociones de la mano del autor. Aunque hay unos pocos principales protagonistas, se trata en el fondo de una obra coral donde pretende retratarse con sinceridad diferentes tipos humanos y sociales.
 
No es una novela optimista ni fértil en desenlaces felices, sino una obra que pretende retratar la realidad y que lo hace además a través de un filtro literario prodigioso, el de ese grandísimo escritor que fue Solzhenitsyn. Pero como en Guerra y Paz (Tolstoi es nombrado en ocasiones en la novela), a través de la muerte, el miedo y el sufrimiento se nos enseña que por encima de todo ello queda el alma humana, capaz de alcanzar la grandeza espiritual sólo y precisamente cuanto más cerca está de su anulación, cuando más sufre y es desgarrada, como si la plenitud y la felicidad absolutas, que no dependen de lo material, estuvieran siempre al alcance de todos y nos pasaran cotidianamente desapercibidas. Así pues, al mismo tiempo que novela pesimista, es también luminosa en otro sentido… Algo también propio de esa marca de clase de los grandes escritores rusos.
                                                             
 
                                                                          Andrés Díaz Sánchez