sábado, 30 de septiembre de 2017

Africanus, de Santiago Posteguillo.

Hay pocas épocas históricas tan emocionantes y aprovechables desde un punto de vista literario y cinematográfico como la Segunda Guerra Púnica. Ni la mayor de las superproducciones de Hollywood ni el mejor plantel de guionistas de la mejor serie de TV podrían haber urdido semejante escenario no sólo de batallas y gestas heroicas, sino también de enrevesadas tramas políticas, en las que el poder y la riqueza de los clanes familiares (Barca, Escipiones y algunos otros) dejaría en paños menores al culebrón más complejo. Es una época de personajes heroicos que parecen más grandes que la vida misma, seres que por sus actos no parecen humanos, sino semidioses: Aníbal, Publio Cornelio Escipión, Marco Porcio Catón, Fabio Quinto Máximo… Tiene momentos épicos casi insuperables, como la marcha de Aníbal a través de los Alpes, su invasión de Italia, las batallas que protagonizó, casi todas estudiadas y admiradas durante siglos por eruditos de la historia militar, con preminencia de Cannae, quizás la batalla perfecta de la Historia. No es menos literaria (si no hubiera ocurrido no nos lo creeríamos) la resistencia de Roma cuando todos daban por perdida su guerra contra Aníbal. Y como colofón, el devenir trágico de los dos grandes protagonistas, Aníbal y Publico Cornelio Escipión, ambos traicionados por sus propias naciones, a las que dieron gloria y victorias, así como su sangre y la de sus familias, para ser pagados al final con el desprecio y el destierro. Es como si la Historia misma hubiera creado un guion insuperable para la mejor superproducción. Lo más fascinante es que todo ello ocurrió de verdad, que esas gestas las llevaron a cabo personas de carne y hueso, tan reales en su momento como nosotros en éste.

En efecto, la Segunda Guerra Púnica y el devenir de sus dos grandes protagonistas, Publio Cornelio Escipión y Aníbal Barca, exigía una magna obra. Se han hecho magníficas novelas sobre el tema y entre ellas encontramos las tres que protagonizan la pequeña serie de Africanus, dedicada a la vida de Publio Cornelio Escipión y escrita por Santiago Posteguillo.

La obra consta de tres volúmenes: El hijo del cónsul (2006), Las legiones malditas (2008) y La traición de Roma (2009), publicadas por Ediciones B. Cada volumen puede parecer a primera vista atemorizador debido a su gran número de páginas, pero la trilogía cosechó un éxito fulgurante, con numerosas ediciones y un público que devoraba cada grueso volumen para esperar el siguiente con impaciencia. Cuando aparecen tantos y tantos libros sobre la Roma Antigua, y cuando la Segunda Guerra Púnica ha sido tratada en tantas ocasiones, podría parecer extraño el impacto de Africanus sobre el público. Pero tal éxito tiene sus razones, que más adelante se abordarán. 

Santiago Posteguillo

Si bien todo la trilogía parece escrita de una sola vez y mantiene siempre el mismo estilo literario, por lo que se narra en cada volumen existe una clara estructura de la obra, que se corresponde con la propia vida del personaje histórico, Publio Cornelio Escipión. Podría decirse que los dos primeros volúmenes abarcan la Segunda Guerra Púnica (el primero acaba con la conquista por parte de Publio de Qart Hadash, la Cartagena hispánica, y el segundo termina con la batalla de Zama, victoria de Escipión y Roma y derrota de Aníbal). El tercer volumen narra los hechos desde Zama hasta la muerte de Publio Cornelio Escipión.

Cabe hacer un resumen breve de lo que ocurre en cada libro: 

En El hijo del cónsul Publio aún no ha alcanzado la fama y la gloria y, aunque ya despunta por su capacidad estratégica y su valor, es aún uno más de los muchos generales de Roma, al que se le conoce solo por ser el hijo del cónsul Publio Cornelio Escipión. Publio (hijo) es un joven noble que se adiestra para la vida guerrera, pues la paz de Roma con Cartago tras la Primera Guerra Púnica parece débil y, si no es este enemigo, otro será contra el que Publio deba luchar en el futuro. Publio aprende el oficio de las armas junto a su hermano Lucio Cornelio. Pronto pasará a filas y las cosas se complicarán cuando gracias a Quinto Fabio Máximo, némesis de los Escipiones (y siempre retratado por el autor como un pérfido malvado), Cartago entra en guerra de nuevo con Roma. Asistimos a la increíble invasión de Italia por Aníbal, a sus grandes victorias de Tesino, Trasimeno y finalmente Cannae, la humillación de Roma, de la que Publio logra escapar. Publio debe luchar también en otro escenario: Hispania. Allí cosechará contra todo pronóstico uno de sus primeros éxitos: la conquista de Qart Hadasht (Cartagena). Si bien el enemigo visible es el tremendo Aníbal, hay enemigos no menos peligrosos para Publio y su familia dentro de Roma: Quinto Fabio Máximo y un todavía joven Marco Porcio Catón. En el primer volumen abundan las intrigas políticas, algo común en toda la serie.

En el segundo episodio, Las legiones malditas, Aníbal parece casi invencible: es el señor de media Italia y los romanos no osan enfrentarse a él. Muertos su padre y su tío y ya líder de la familia Escipión, Publio propone una nueva forma de luchar: llevar la guerra a la propia Cartago para enfrentarse allí, y no en Italia, con Aníbal. Parece una empresa a todas luces imposible y por ello sus enemigos políticos le permiten marchar al mando de las dos únicas legiones supervivientes de la masacre de Cannae, marcadas por la cobardía y la deshonra y desterradas a Sicilia. Allí, Publio deberá tomar el mando de estas dos legiones, devolverles la disciplina y con ellas atacar a Cartago en la propia África. Contra todo pronóstico y a través de grandes sufrimientos y riesgos, Publio consigue su objetivo y vence a Aníbal y sus elefantes en la gran batalla de Zama, aniquilando al ejército cartaginés y provocando el fin de la guerra. 



El tercer volumen, La traición de Roma, comienza con el Triunfo de Publio Cornelio Escipión, el general que terminó con la guerra más cruenta y temible que había sostenido Roma, el vencedor del peor de los enemigos: Aníbal. Pero también ha vencido a sus enemigos políticos del Senado, primero Fabio Quinto Máximo (ya muerto) y luego el tenaz Marco Porcio Catón. Publio, ya casado y con tres hijos, piensa que a partir de ahora tendrá paz y que su vida se limitará al ámbito político. Lejos de ello, ha de ir junto a su hermano para luchar contra el podero Antíoco III de Siria, un imperio mucho mayor que el romano. De nuevo parece una batalla perdida debido a los catafractos (la caballería pesada siria), hasta el momento invencibles. Pero en la batalla de Magnesia los Escipiones consiguen el triunfo y de nuevo hacen ver que Roma es la potencia dominante no sólo en occidente, sino también en Asia Menor. No menos interesante resulta la cruenta campaña de Catón en Hispania, para someter a sangre y fuego a las tribus de esta peligrosa región. Y en Roma, las intrigas y batallas políticas no cesan. Publio ha cosechado muchos enemigos, envidiosos y temerosos de su poder. Si bien en este nuevo periodo no hay enfrentamientos bélicos, las luchas políticas resultan tanto o más entretenidas que aquéllas, y no menos implacables. Todo esto produce un fuerte desgaste en Publio, no sólo en el ámbito político, sino también en lo personal y familiar. Y por fin Catón logra mediante tecnicismos legales y una absoluta falta de escrúpulos poner en tal situación a Publio, que debe decidir entre la guerra civil contra una Roma que trata de destruirle de cualquier modo, o el destierro. Para evitar un baño de sangre y la muerte de toda su familia Publio elige lo segundo y pasa el resto de sus días lejos de la capital, amargado y rencoroso por lo que considera la traición de Roma. Al mismo tiempo que todo esto se describe, también contemplamos al otro gran desterrado y traicionado, Aníbal Barca, vendido por los políticos de Cartago a Roma a pesar de sanear económicamente la ciudad, y luego obligado a vagar de reino en reino como general mercenario, siempre en lucha contra Roma. Al final él también morirá, aunque los romanos no tendrán el placer de llevarle encadenado por las calles de la urbe, pues antes prefiere el suicidio.

Como se ve, sólo con narrar de manera detallada y documentada los hechos principales, podría escribirse una saga entretenida y emocionante. La vida de Publio Cornelio Escipión gira en torno a una serie de hechos épicos y políticos de tanta envergadura histórica que muy malo debiera ser el escritor si no lograra al menos interesarnos por ellos. Pero en este caso, además, hay que reconocer que al autor le sobran méritos y virtudes como autor de novela histórica. 



Al estar la vida del protagonista ligada a la guerra y el ejército, lógico sería pensar que el autor debiera preocuparse por estos ámbitos. Los hay que no lo hacen, pero no es el caso de Posteguillo. La vida cotidiana no sólo del ejército romano, sino también del púnico o incluso de otros, como el sirio de Antíoco III, está representada de manera minuciosa, desde el soldado, el centurión, el tribuno, y llegando al cónsul. Todo queda descrito con exactitud: armas, pertrechos, uniformes, adiestramiento, táctica de las batallas (se agradecen los mapas de las principales luchas), estrategia general de cada guerra, intendencia, sistemas de mando y jerarquías, fortificaciones y otros muchos aspectos que nos acercan a la vida de los guerreros de esa época. No sólo tenemos la gran visión estratégica de los grandes generales (a través de ellos se nos explica cómo es la guerra y el porqué de cada derrota o victoria), sino también la visión más limitada de los soldados y centuriones de la tropa.

Hay que destacar además el enfoque realista de la psicología del guerrero. A menudo suele presentarse una imagen estereotipada, negativa y poco honorable del soldado romano, que se alimenta de los prejuicios personales y hasta ideológicos sobre lo que Roma supuso para los pueblos conquistados. Así, parece estar de moda  presentar a los legionarios como monstruos sanguinarios que dejan tras de sí un rastro de mujeres y niños muertos, como saqueadores, carniceros y matarifes que abusan de los pobres bárbaros. A veces incluso se soslaya su valentía y parecen simples matones. Posteguillo nos da una visión distinta, en la que al soldado romano le define en primer lugar su fidelidad a la patria y su disposición a morir por ella, o al menos a morir antes que sufrir la mancha de la derrota. Esto, que es común a casi todos los soldados que han existido, se ha tergiversado en ocasiones en obras que más bien parecen panfletos antibelicistas. En Africanus abundan los sacrificios hechos por soldados, centuriones y oficiales. Sobre todo, impera la idea de que la disciplina es sagrada. Y lo mismo sucede en el ejército púnico. Esto no quiere decir que no haya saqueos ni atrocidades cometidas sobre los civiles. El autor no lo oculta, pero tampoco lo exhibe con saña. La imagen del ejército romano es ambigua, ya que no siempre son un puñado de carniceros, ni tampoco luchadores inmaculados. Al final, y como suele ocurrir, lo que cuenta es la calidad moral de sus mandos. 


Ocupémonos de las batallas. Son descritas tanto en los prolegómenos como en el nudo y el desenlace de un modo sobresaliente. El autor emplea una técnica efectiva: llevar la acción de cada batalla a distintos escenarios simultáneos y hacérnosla ver no sólo a través de un solo protagonista, o dos, sino a través de hasta cinco o seis: la caballería de cada ala, la vanguardia de la infantería, la retaguardia, la lucha cruda de los soldados o la toma de decisiones de los generales. Con esto la batalla gana en riqueza y matices y el lector puede comprenderla mejor. Además no se nos escatiman momentos de crudeza épica y de un heroísmo exacerbado, lógico entre gentes que deben vencer o morir.

Busto de Publio Cornelio Escipión, el Africano. 

A la par que los hechos militares sucede la guerra sin sangre, es decir, la política. Es tan implacable y sucia como la otra, y a menudo también sus protagonistas se juegan la vida porque el enemigo puede emplear el asesinato. La prueba del peligro de las contiendas políticas es que los senadores romanos suelen llevar siempre una daga oculta; además, los plenos están custodiados por soldados, atentos a cualquier altercado violento. Mucho tiempo después, incluso el hombre más poderoso del mundo occidental, Julio César, fue asesinado por los propios senadores. 

En Africanus dos bandos bien diferenciados protagonizan la lucha política. En un lado están los Escipiones: primero Publio Cornelio Escipión (padre), luego sus hijos Publio y Lucio, y por último el propio hijo del protagonista de la serie. En el otro lado está el poderoso Quinto Fabio Máximo y su secuaz y luego también cónsul, Marco Poncio Catón. El autor nos presenta a los Escipiones como más progresistas y dinámicos, pues están abiertos a  culturas extranjeras, como la griega, y quieren una Roma ágil y osada en el concierto internacional. Sus enemigos sin embargo pertenecen al orden senatorial más conservador y rancio, pues odian toda influencia extranjera y quieren una Roma anclada en tradiciones inamovibles. A veces estas dos visiones traslucen un poco de maniqueísmo, ya que unos son demasiado buenos y otros demasiado malos. Es uno de los pocos errores de la saga, pero se hace presente a menudo. 

Debe repetirse que las luchas políticas son muy intensas y pueden ser incluso más épicas (a su manera) que las batallas campales. Se trata de un desafío de inteligencia y estrategia, un ajedrez endiablado con las instituciones romanas de fondo, unas instituciones a veces retorcidas y hasta violadas en la lucha por el poder.


Aníbal liderando el paso de los Alpes. Ilustración de Angus McBride.

La obra tiene grandes personajes principales, como Aníbal, Publio Cornelio Escipión, Quinto Fabio Máximo o Catón, pero los secundarios son abundantes y no tienen desperdicio.

Por ejemplo, resulta magnífica la caracterización del escritor Plauto, uno de los mejores personajes de la serie, un autor de grandes comedias que sin embargo tuvo una vida trágica. Frente a los cónsules, generales y senadores, en Plauto hallamos el contrapeso de la plebe, del individuo anónimo que desconfía de las instituciones, de la aristocracia y de la política, que abomina del sinsentido de la guerra y de un patriotismo que lleva a miles de jóvenes a morir en tierras lejanas. Así, parece un personaje de otra época, quizás de nuestra época, antes que alguien nacido en un mundo violento y sin piedad como el que se describe.

También hay otros personajes humildes, ajenos al poder y a sus luchas, como la esclava Netikerty, una bella egipcia, un juguete en manos de los hombres ricos, que sin embargo encontrará el valor y el orgullo necesarios para sobrevivir en un mundo que aplasta a los débiles. El devenir de este personaje, pese a su condición humilde, está ligado a Cayo Lelio (compañero de luchas de Publio) e incluso al propio Publio, llegando a depender su vida en cierto momento de la esclava egipcia. 


Batalla de Cannae: mercenarios celtas de Aníbal luchando
contra  legionarios romanos. Ilustración de Peter Dennis. 

A pesar de tratarse de una época histórica donde la voz cantante la llevaron los hombres, las mujeres tienen un papel importante en la serie. El autor no es políticamente correcto, no pretende enmascarar la realidad y por tanto nos presenta una sociedad en la que los hombres tienen el poder económico, social y político, y en la cual las mujeres están subordinadas a ellos. Pero aún así, ellas ejercen una fuerte influencia gracias a su belleza y su inteligencia. A la citada esclava Netikerty habría que añadir a Emilia, esposa de Publio y digna matrona de Roma, orgullosa de su familia y dispuesta a defenderla y darle siempre buen nombre. También destaca Sofonisbá, hija del general púnico Giscón y auténtica mujer fatal que gracias a su belleza fascinadora, su astucia y su capacidad manipuladora enamora y maneja a los hombres a su antojo. Lasciva y osada, Sofonisbá es todo lo contrario a la digna matrona Emilia. En cierto momento se llega a decir que, junto a Aníbal, Sofonisbá sería el peor enemigo de Publio Cornelio Escipión y de Roma. Hay que citar también a Cornelia, hija pequeña de Publio, mujer rebelde que rechaza los matrimonios de conveniencia que le propone su autoritario padre (detalle un tanto extraño en la Antigua Roma, pero en todo caso atractivo literariamente). Sin embargo, y tal vez por su carácter indomable, Cornelia es su hija más querida y a la que más recuerda en los momentos de infortunio. 

Hay que destacar el papel de los dos malos de la saga: Quinto Fabio Máximo y Marco Porcio Catón, discípulo éste de aquél y ambos integrantes del mismo bando político. Son los enemigos letales de los Escipiones, los que de manera indirecta causan la muerte de algunos de ellos y la caída en desgracia final del propio Publio. Resulta extraña la visión que da el autor de Quinto Fabio Máximo, porque muchos historiadores alaban su templanza e inteligencia, al ser el único que supo pelear contra Aníbal de manera sensata mientras el cartaginés estuvo en suelo italiano, es decir, mediante el desgaste y evitando más encontronazos fatales, como Trebia, Tesino o Cannae. Sin embargo, en Africanus aparece como un gigantesco malvado sin ningún tipo de escrúpulos, traidor, manipulador, un ambicioso sin medida que busca el poder personal y que para ello no duda en meter a toda Roma en una segunda guerra contra Cartago. El autor carga las tintas al hacerle también en lo íntimo un sádico que disfruta azotando a jóvenes esclavas desnudas, lo cual parece casi exagerado y no tiene fundamento histórico. Y es que, como se dijo antes, uno de los pocos errores es que los buenos son demasiado buenos y los malos demasiado malos. No obstante, Quinto Fabio Máximo actúa en el fondo movido por principios, pues desea una Roma cruel e invencible y para ello cualquier medio es bueno. Menos mal  que se nos da alguna pincelada humana, como el dolor sincero por la muerte de su hijo. El otro malvado, Marco Porcio Catón, es igual de tenaz, astuto e implacable, igual de indiferente al dolor ajeno e igual de xenófobo con todo lo que no sea romano; pero éste no tiene apetitos lascivos y tampoco le gusta la buena comida o el buen vino. Es tan severo consigo mismo como con los demás. Aunque no es un estratega tan brillante como su mentor, lo compensa con una tenacidad demoníaca: aunque derribado y vencido muchas veces, vuelve siempre a levantarse para planear un nuevo golpe, y acaba venciendo y provocando el destierro de su enemigo Publio Cornelio Escipión. En este sentido, resulta imposible no sentir cierta admiración por él. Catón es un fanático integral y esto sí concuerda de lleno con los hechos históricos (al menos mientras duran los sucesos de la serie, pues al final de su vida pareció dar un giro brusco y tuvo escándalos amorosos con una esclava, con la que incluso se casó). Si bien el enemigo de la República parece ser Aníbal, los auténticos gusanos que la horadan y pueden provocar su caída están dentro y son estos dos grandes malvados: Máximo y Catón.

En cuanto al protagonista, Publio Cornelio Escipión, su representación es muy positiva. La propia Historia ya nos lo ofrece como alguien que antepuso siempre los intereses de Roma a los suyos propios y que pagó un alto precio por ello. Tal vez esto no sea del todo cierto porque la historia ya sabemos que la hacen los vencedores (o los escribas pagados por los vencedores), pero aquí esa visión parece corresponder con la realidad. El personaje va evolucionando a lo largo de la serie y si al principio es un joven guerrero idealista (que no estúpido), poco a poco, y a medida que va conociendo los sinsabores de la política, se vuelve amargado y cínico, y finalmente se siente desgarrado por una Roma que paga todos sus servicios con el desprecio y el destierro. Además, la relación con su familia se enfría y casi se rompe a medida que obtiene más fama y gloria. La frecuente moraleja de la fábula sobre el poder.

Batalla de Zama: las formaciones de legionarios romanos abren pasillos para
dejar pasar a los elefantes. Ilustración de Peter Dennis. 

También vemos la evolución de Aníbal, bastante parecida a la de Publio. Se establece un paralelismo entre los dos personajes que el autor no intenta disimular. Aníbal y Publio son dos patriotas guerreros que luchan por su país y que vencen en innumerables batallas campales, pero que son derrotados por la insidia de los políticos de sus respectivos Senados, por la envidia y el odio hacia todo lo grande y lo sublime. Los dos caen en desgracia y se ven obligados a irse de sus tierras, orgullosos pero dolidos. Aníbal, el hombre más temido de Occidente, en su madurez se convierte en general mercenario de reyes necios que desoyen sus consejos y que por eso pierden ante Roma. Por último, Aníbal se suicida para no sufrir un cautiverio y una ejecución humillantes. Es magnífica la escena en que los soldados romanos tiemblan ante su cadáver y casi no se atreven ni a tocarlo, pues incluso muerto les produce terror. Como bien dice Publio en sus últimos momentos de vida, se siente unido a Aníbal y piensa que en otras circunstancias podrían haber sido buenos amigos. 

Pasemos a ocuparnos del estilo y otros factores literarios.

Empecemos diciendo que Posteguillo es un narrador nato. Tiene el don no sólo de contar hechos interesantes de forma interesante, sino de resultar también interesante cuando habla de los cotidianos y anodinos. Entretiene cuando describe batallas o debates en el Senado Romano, o cuando trata el día a día romano o púnico, o al contar las costumbres militares y civiles, lo corriente y común en una época tan lejana. Su estilo es fluido pero no apresurado y se toma su tiempo en las descripciones, aunque sin resultar cargante. En una extraña combinación, el rigor histórico exhaustivo se une a la capacidad narrativa de enganchar al lector. Hay valles de transición y picos de emoción electrizante, ya sea en las batallas o en enfrentamientos verbales, o bien en la toma de grandes decisiones que afectan a países o ejércitos, o en los momentos de tensión amorosa. Hay mucha introspección psicológica para mostrarnos el carácter y la forma de pensar de los personajes. Abundan citas e incluso párrafos enteros de los auténticos personajes históricos, lo cual le da más verosimilitud a la obra. La pega es, en ocasiones, la repetición de afirmaciones y asuntos ya dichos con anterioridad, como si quisiera remacharlos en la mente del lector, de un modo innecesario. No obstante, si de algo puede presumir la obra es de su capacidad para entretener al lector. Es adictiva y las setecientas u ochocientas páginas de cada libro se leen no con esfuerzo, sino del tirón.



Entrevista entre Publio Cornelio Escipión y Aníbal. 
Ilustración de Peter Dennis.

En cuanto al rigor histórico, no podemos más que darle un sobresaliente. Desde la vestimenta de una esclava a la panoplia de un legionario, todo está descrito de modo perfecto. El autor usa con profusión vocablos latinos y ofrece su traducción en un extenso glosario dentro de los apéndices. También es exhaustiva y muy efectiva la representación de la vida en aquella época, en todos los ámbitos sociales y en todos los países, con sus leyes, costumbres, usos sociales, tabúes y normas de comportamiento de romanos, cartagineses, sirios, egipcios…, y en todos los contextos. No se trata de hacer un escenario de teatro y luego meter personas de nuestro mundo moderno en él, sino de retratar personajes con la mentalidad propia de esa época, con sus convicciones, principios y prejuicios, y hacerlos funcionar de manera coherente. Solo chirría ese maniqueísmo ya mencionado, que vuelve a los buenos muy buenos y a los malos muy malos. Quitando ese detalle, la caracterización histórica está bien conseguida. 

Por todas estas razones y por algunas otras que sin duda se me escaparán, la trilogía Africanus
es una obra muy notable dentro de la novela histórica referente a la Antigüedad, y podría ser una de las mejores en cuanto a Publio Cornelio Escipión y las personas y acontecimientos que le rodearon. Un delicioso bocado para los aficionados a la Historia y su hija literaria, la novela histórica.

Andrés Díaz Sánchez. 

4 comentarios:

  1. Hola, buena reseña de la obra de Posteguillo, sin dudar en señalar tanto los puntos fuertes como los -pocos- puntos flacos que pueda tener.

    También me gustaría preguntar tu opinión sobre la novela "Salambó" de Gustave Flaubert. Leon Arsenal ha dicho en varias ocasiones que le ha influido mucho y me gustaría conocer qué valoración haces de la novela.

    Un saludo.

    P.D: Si disfrutas con la novela histórica, me gustaría recomendarte dos títulos. "La isla de los espíritus" de Henry Treece (ambientada en la Gran Bretaña invadida por los romanos) y "La lucha por Britania" de John James (una visión realista del mito artúrico).

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    1. Hola, Crisagón.

      Muchas gracias por tus palabras sobre la reseña de "Africanus".

      "Salambó" la leí hace muchos años y me encantó. Me pareció no solo una gran novela histórica que trata el tema de Cartago (el gran olvidado por haber sido aniquilado por Roma), sino también una maravilla literaria, como no podía ser menos en Flaubert.

      Los títulos que me recomiendas no los he leído, aunque los apuntaré como posibles para futuras lecturas. Tengo en la recámara "La legión olvidada", de Ben Kane, que supongo caerá en poco tiempo.

      Un abrazo, Crisagón.

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  2. Una descripción minuciosa y acertada de la trilogía de Posteguillo.
    Tocaste todos los aspectos de manera genial.

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    1. Muchas gracias, José Luis.

      Tu comentario es todo un halago, viniendo de alguien tan apasionado con la Antigua Roma y conocedor de todos sus aspectos.

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