domingo, 24 de septiembre de 2017

La Espada y Brujería de Robert Ervin Howard

«Que los maestros, los sacerdotes y los filósofos reflexionen acerca de la realidad y la ilusión. Yo solo sé esto: que si la vida es ilusión, yo no soy más que eso, una ilusión, y ella, por consiguiente, es una realidad para mí. Estoy vivo, me consume la pasión, amo y mato; con eso me doy por satisfecho.»

 Conan el Cimmerio 

Ilustración de Manuel Sanjulián
¿Se puede decir algo nuevo sobre el género, o subgénero según algunos, de Espada y Brujería? Y más en concreto, ¿se puede decir algo nuevo sobre la Espada y Brujería del más representativo de sus autores, Robert Ervin Howard? Ha habido torrentes, riadas de ensayos, artículos, reseñas y textos de opinión sobre este autor y sobre su tipo de literatura en fanzines, ezines, revistas, libros…, y eso sin contar el océano de palabras vertidas en foros, tertulias y encuentros entre aficionados, a veces en los mares de Internet y a veces al calor de un café o al frescor de una cerveza helada. Tampoco podemos olvidar todas esas charlas, coloquios, conferencias y encuentros literarios más o menos sesudos y académicos. Después de tantas disecciones, estudios y análisis sobre la obra de este autor, pretender descubrir algo nuevo sería un acto de soberbia o tal vez de una ignorancia tan elefantina como la cara del pobre Yag-Kosha, atrapado por el brujo Yara en su Torre del Elefante. A estas alturas es difícil descubrir un elemento original que se le haya pasado por alto a alguien y, como suele decirse, llueve sobre mojado. Por otro lado, tampoco me veo lo bastante capacitado como para hacer un análisis literario riguroso y serio, sino que más bien pretendo mostrar mis propias impresiones personales en cuanto a la obra de este autor, más o menos ordenadas y más o menos deslavazadas.

Sin embargo, y a pesar de todo lo anterior, existe una justificación para seguir hablando sobre Howard y su Espada y Brujería, y es el hecho de que sin duda es un clásico de la literatura fantástica; y no solo eso, sino que además es uno de los pilares sobre los que se asienta todo el Género Fantástico. Estableciendo un símil con la famosa cita sobre la filosofía platónica, se podría decir que toda la Fantasía moderna no es más que una nota a pie de página de la obra de Tolkien y Howard, los dos titanes del género y sus ejemplos extremos, los moldes en los que en mayor o menor medida todo lo demás se forjó. Cuando una obra se convierte en un clásico se reedita, se vuelve a leer y a pensar, se analiza una y otra vez. Un clásico es inmortal. No pierde vigencia ni importancia y surfea por encima de las olas de la moda; es algo tan básico y sólido que fascinó hace veinte años, fascina hoy y fascinará dentro de otros veinte; es algo que toca las fibras del ser humano con independencia de la época. El clásico se reproduce a sí mismo, vive, pervive, sobrevive y triunfa. Hay que seguir hablando de los clásicos aunque se digan una y otra vez las mismas cosas con diferentes palabras, porque un lector fascinado no puede dejar de hablar de aquello que le fascina. Howard es un clásico; tal vez sea un autor de culto que no se enseñe en las universidades, pero es clásico al fin y al cabo. De ahí que sigamos hablando de su obra. En estos párrafos dejo mi granito de arena.

Para hablar de la Espada y Brujería de Howard y evitar dispersiones voy a tomar casi siempre como ejemplo su personaje más famoso e icónico, Conan de Cimmeria; no obstante, la mayor parte de las cosas que diré sobre él pueden aplicarse a otros personajes suyos, como Kull, Solomon Kane, Turlogh O’Brien, Cormac Mac Art o Bran Mak Morn, pues comparten muchas de sus características. De hecho, Howard creó su propia marca personal, reconocible en casi todas sus obras, ya se desarrollen en mundos fantásticos, en Oriente o en el Oeste norteamericano. Si rascamos y borramos lo superficial veremos que los personajes de Howard son bastante parecidos y que incluso, como el Campeón Eterno de Moorcock, son todos uno y el mismo, pero en diferentes planos, como distintas facetas de un solo personaje arquetípico: el Héroe Howardiano. 

Conan. Ilustración de Joe Jusko

Para empezar diremos que las historias de Howard tienen un fortísimo componente de violencia y de épica. Con esto no digo nada nuevo, salta a la vista desde las portadas. Sin embargo esto no es lo distintivo, porque otros muchos personajes del pulp de aventuras vivían entre luchas y sangre y casi ninguno ha alcanzado la fama, gloria y pervivencia de Conan. ¿Qué hace distintas la épica y la violencia de Howard a las de otros autores? Yo diría que la violencia en el mundo howardiano no es algo tangencial o circunstancial, no es un medio, sino el fin. Por ejemplo, el John Carter de Burroughs aspira como fin a la paz personal y al amor de Dejah Toris, a una vida familiar y a una sociedad de justicia y orden. Por el camino ha de pelear, pero el objetivo último no es la pelea en sí misma. Por el contrario, en Howard el destino definitivo del ser humano es la lucha y la sangre. No hay nada después de esto, no hay paz que lo justifique, no hay salida en el túnel del esfuerzo y la furia. Solo hay un camino inacabable de batallas y guerras no solo entre individuos, sino también entre pueblos y naciones. Esto no es que sea bueno o malo: simplemente es. Parece tan inevitable como una ola o un relámpago. La acción violenta es como la muerte, está siempre al final. Los pueblos se desarrollan a través de una vorágine de guerras y están en cambio continuo porque no existe la paz estable y definitiva (Heráclito, nunca Parménides). Si otros autores hacen pelear a sus héroes para defender la justicia, el orden, la verdad, etc., Conan lucha porque en realidad no puede hacer otra cosa más que plegarse a la ley natural del hombre fuerte, del bárbaro. Intentar escapar de esto sería un síntoma negativo porque para Howard las sociedades pacíficas se vuelven decadentes y débiles, se pudren, se convierten en el apetitoso botín de los pueblos jóvenes y agresivos, que siempre están ahí, esperando su turno para lanzarse sobre el pastel. Muy nietzscheano, ¿verdad? Según este enfoque, los valores más puros del ser humano son los valores del bárbaro conquistador. La mentira está en la comodidad y la paz. El hombre es hombre porque lucha. No hay posibilidad de cambio, no hay ni habrá ninguna sociedad perfecta. O más bien, lo más parecido a la perfección es la barbarie, porque en ella el hombre puede dar rienda suelta a la agresividad natural. No obstante, Howard jamás hace apología triunfal de la barbarie y la violencia; ni siquiera asegura que constituyan la auténtica felicidad del ser humano. Pero renegar de tal salvajismo sí equivale a caer en la decadencia y la mentira. No es una visión del mundo agradable y brillante, sino fatalista y tenebrosa, pero precisamente por ello Howard es respetado y admirado por sus seguidores, porque no oculta sus auténticas convicciones, no se comporta como un escritor mamá que busque escatimarle a sus lectores el lado más siniestro de la vida. Nos muestra su propia concepción de los hombres con honestidad, le pese a quien le pese, y eso lo eleva en la estima de sus aficionados. Para apuntalar estas ideas dejemos que sea el propio Howard quien lo exprese en una de sus demoledoras citas, extraída del relato Más allá del Río Negro:

«La barbarie es el estado natural de la humanidad. La civilización, en cambio, es artificial, es un capricho de los tiempos. La barbarie ha de triunfar siempre al final». 

Otro componente que da solidez y verosimilitud a las historias de Conan es su estética histórica. Cuando leemos las historias de Conan leemos a romanos, persas, babilonios, pictos, escoceses y vikingos con un grado de verosimilitud que falta en otros autores, quienes establecen un decorado de cartón piedra para sus historias. Las de Howard tienen un trasfondo sólido, rico y profundo porque se alimentan del trasfondo más sólido, rico y profundo que ha existido jamás: la Historia. Para crear un mundo fantástico el escritor tiene como deber leer mucha historia, empaparse de historia, aprenderla, vivirla y amarla. Solo entonces podrá generar un mundo verosímil. Lo han hecho todos los grandes, desde Tolkien y Howard hasta Martin. Hay que respetar las normas y reglas de la estética histórica elegida (por ejemplo, crear un mundo fantástico con hoplitas que manejen ametralladoras y conduzcan tanques no sería a priori verosímil y para serlo necesitaría de un titánico esfuerzo explicativo del escritor, ya que no respeta los cánones estéticos del tiempo histórico que hemos tomado como filtro y forja). Personalmente, sostengo una opinión extrema: toda novela de Fantasía es en realidad una novela histórica con otros nombres, a la que se le añaden elementos sobrenaturales. Si no es capaz de funcionar primero como novela histórica la verosimilitud desaparece. La historicidad precede a la Fantasía (como excepción tenemos a Michael Moorcock en sus obras más descabelladas, pero estudiar a dicho autor es harina de otro costal). Howard se empapó de historia y la trasladó a sus escritos. En ellos tenemos un trasunto de la historia terrestre durante la Antigüedad y un poco de la Edad Media. Para apuntalar aún más dicha estética histórica Howard incluso utiliza nombres reales de pueblos y personas célebres. No es raro que escribiera decenas de relatos históricos, aparte de los fantásticos. Y para rizar el rizo, en el ensayo La Era Hyboria nos explica que el mundo de Conan de Cimmeria y el de Kull de Valusia forman parte de nuestro propio mundo, pues son etapas históricas perdidas de un pasado remoto de nuestro planeta. Reinventó el devenir de la especie humana a través de los milenios y nos explicó en tal ensayo la génesis y el desarrollo de las naciones y los países, incluso los de la historia académica conocida. De tal modo estableció un marco conceptual y estético fuerte y sólido, en el cual la mente del lector se siente cómoda y puede relajarse, entenderlo todo con facilidad y rellenar los huecos con sus propias ideas sobre el mundo antiguo. La Era Hyboria se convierte de tal modo en un lugar fácil de transitar, que no rechina ni hace aguas en ningún momento.


El Borak. Ilustración de Ken Kelly.


Pasemos ahora al estudio del personaje en sí: Conan. Todos los seguidores de Howard están de acuerdo en que sus personajes son fascinantes por sí mismos, independientemente del mundo que les rodea: ¿cómo no van a fascinar Kull, Bran Mak Morn, Solomon Kane o el propio Conan? Pero… ¿Qué les hace tan atractivos para el lector, tan conquistadores y arrolladores? ¿Por qué saben tocar fibras profundas en miles y miles de personas de nuestro presente?

En primer lugar, son héroes. Pero no son héroes floridos y brillantes al estilo de los de Edgar Rice Burroughs (John Carter es el extremo opuesto de Conan, aunque también es un personaje sólido y verosímil). Los héroes howardianos no son caballeros y la prueba es que Conan puede irse de putas, emborracharse, robar y piratear, cosa poco propia de un caballero inmaculado. Uno de los factores atrayentes de los héroes howardianos es lo mundano: aceptan sus impulsos animales, no muy nobles pero sí sinceros, impulsos que les hacen mucho más reales que los paladines que nunca se han corrido una buena juerga en un antro de mala muerte. Conan es un gran guerrero, pero también es un truhan, un pillo, un buscavidas y un pícaro. No reniega del sexo casual ni lo convierte en algo romántico (lo cual no impide que pueda llegar a enamorarse, como por ejemplo de Belit o de Zenobia). Es una persona natural con la que resulta fácil identificarse. Pero como todos sus aficionados saben, también es a la vez alguien íntegro, alguien que no traicionará a un amigo y que jamás dañará ni humillará a los débiles, de hecho los protegerá, aunque no por seguir ningún código caballeresco, sino simplemente porque le repugnan la injusticia y el abuso. Tampoco es un moralista. Howard no da lecciones sobre cómo debe comportarse cada lector, y si lo hace es de manera muy tangencial y solapada, sin pretenderlo. Los personajes se muestran a sí mismos mediante sus acciones, no con explicaciones habladas. Por otro lado, Conan se comporta como lo que es: un guerrero, un ladrón y un mercenario, no un intelectual. Es inteligente (su astucia y carisma le convierten en líder natural de otros hombres), pero no le interesan las grandes verdades abstractas y filosóficas porque él ya tiene su propia filosofía vital y tampoco necesita explicársela a nadie. Por todas estas cosas el personaje resulta fácil de aceptar y verosímil en su contexto. No obstante, Kull de Valusia sí tiene dudas existenciales, pero la moraleja está en que en cada relato toda la confusión de Kull desaparece porque hay un peligro que le ancla de nuevo a la tierra, a la sangre y al peligro. De tal modo, sin grandes párrafos, Howard explica al que le quiera entender que las verdades auténticas son materialistas, crudas, nítidas, palpables, que la más larga y sensible argumentación sobre el sentido de la vida no es nada frente a la realidad de la experiencia en propia carne.

Turlogh O´Brien. Ilustración de Barry Smith. 

Otra característica de los personajes howardianos es su irracionalidad, cuando no auténtica locura. El extremo sería Solomon Kane, un fanático religioso que se ve a sí mismo como el instrumento de la justicia de Dios. Pero sin ir tan lejos, los otros personajes se dejan arrastrar por sus pasiones, quizás porque tampoco podrían dominarlas. En un momento dado la cordura, la razón, la lógica y la estrategia quedan aplastadas por el deseo puro de luchar y matar. Es como si no pudieran escapar de la bestia que llevan dentro. En la hora de la verdad son personajes atávicos, instintivos y profundamente animales. Tomemos a Conan: cuando es rey lleva sobre sus hombros el peso de un reino, e incluso entonces puede mandarlo todo al abismo cuando saca la bestia de su interior. La raza y la sangre es lo fundamental y conecta con el ideal bárbaro que ya mencioné antes. A través de Conan el lector puede liberarse de su propia cordura, del peso aplastante de todas las estrategias cotidianas civilizadas (recordemos que en el mundo de Conan la civilización es un valor negativo). Lo que no podemos hacer ahora y aquí: luchar por el placer de luchar, derramar la sangre de un enemigo, quemar el DNI y largarse al desierto o la montaña… Eso Conan sí lo puede hacer. Conan es un loco, un individuo inmoral y asocial incluso para los cánones de su época. El lector puede también serlo cuando lee sus aventuras.

Todo esto conecta con la idea de la libertad. A pesar de que Conan llega a ser rey, en realidad es alguien que no encaja en ninguna sociedad, salvo en la más básica y violenta, aquella donde las leyes las hace un hombre fuerte con su espada, no un magistrado en su tribunal o un político en su parlamento. Y ni siquiera entre los bárbaros parece a gusto del todo porque es un culo inquieto que no para de viajar y probar actividades: ladrón, mercenario, pirata, etc. Parece como si estar mucho tiempo en un solo sitio le encadenara. Conan es asocial o antisocial en su concepción más pura, pues todas las sociedades le vienen pequeñas, no cabe en ninguna durante mucho tiempo. Es un individualista que pasa por las sociedades y aplica su fuerza en ellas, pero que al mismo tiempo está mentalmente fuera de todas y no se casa con ninguna. Los grupos humanos son un decorado de teatro que no puede encadenar a la bestia humana y va saltando de uno a otro. Al final lo único honrado y puro es el mar, la nieve, la montaña, la tormenta, el brezal, los desiertos y el fragor de la batalla. El resto es algo borroso y confuso, algo de lo que se ha de escapar porque si te atrapa te esclaviza… Como se siente atrapado y esclavizado el lector por sus propias circunstancias sociales, familiares y laborales. El lector puede romper todas las cadenas una vez que es Conan. Lo paradójico es que Conan finalmente llega a ser rey y se ata a sí mismo con las cadenas más fuertes. Su propio destino lo conduce a ello. Y ese es el Conan menos feliz, el viejo rey atado por convencionalismos, por la política, por la hipocresía y la diplomacia. Continuamente desea escapar al campo de batalla, dejar el trono, tirar esa corona tan pesada. Se establece una moraleja sin duda no premeditada por Howard, pero visible para el que la quiera ver: el poder y la alta posición hacen infeliz al hombre porque lo atan a un trono, a un cargo y a una responsabilidad, mientras que la pobreza y el nomadismo liberan y satisfacen. Conan está orgulloso de su reino y peleará por él, pero al mismo tiempo añora su libertad perdida. No es casualidad que Howard escribiera tan pocas historias de Conan como rey, pues una vez que se convierte en rey se acaba el auténtico Conan. El veterano monarca está loco por dejar la corte y embarcarse de nuevo en aventuras salvajes. En mi opinión, la auténtica muerte de Conan, o al menos su agonía, se produce al convertirse en rey. Por supuesto solo hablo de los relatos originales de Robert Ervin Howard, no de los pastiches, casi todos mediocres, cuando no deleznables, o de la serie de comics Conan Rey, en la que se nos muestra a Conan casado, con una prole de hijos, yernos, problemas familiares… Algo patético y nauseabundo. 



Kull de Valusia. Ilustración de John Bolton.

Otro elemento fascinante de Conan y los otros héroes howardianos es la soledad. El héroe está solo y debe estar solo, sin acompañantes graciosos, amigos ni compañeras (solo le dura una, la reina Zenobia, durante su decadente etapa de rey. Nada casual). El gran amor de Conan es Belit y por supuesto ella muere, tiene que de morir porque un Conan atado a Belit ya no sería Conan. No pueden existir lazos sentimentales duraderos. Hemos visto a Indiana Jones pudrirse como personaje cuando le salen compañeros y parientes como hongos, pues el héroe por antonomasia ha de estar soltero y vivir solo, con un amigo como mucho, y mejor ni eso. La soledad de Conan no es tan agradable como parece, sino más bien áspera y amarga, la soledad de un viejo lobo que deambula fuera del grupo. El personaje vive solo y sabe que morirá solo aunque esté rodeado de personas que le respetan y admiran. Su soledad es existencial. Esto es al mismo tiempo una responsabilidad y una fuente de poder, porque solo se tiene a sí mismo para sobrevivir y en el momento de la verdad no puede esperar la ayuda de nadie. Ello le da un aire aún más heroico y, de algún modo, trágico.

También tenemos otro elemento evocador y atractivo: el fatalismo. Algo de esto se ha dicho ya antes, pero insistiré en ello. ¿Qué futuro le espera a Conan? Solo lucha, violencia y sangre, que es lo más cercano a la felicidad. No es algo que se quiera o no se quiera, simplemente es así. Solo cabe ser coherente y llevarlo hasta sus últimas consecuencias. El mundo resulta tenebroso y oscuro, con unos pocos rayos de luz durante el éxtasis de la batalla. El héroe se mueve entre tinieblas, pero no se hunde en ellas, sino que las vence. Sin embargo, la negrura nunca desaparece. Y aún queda lo más terrible: ¿qué hay después de la muerte? Conan lo tiene claro: o no hay nada o ni siquiera sabe lo que hay, y en caso de saberlo tampoco resulta importante. Él cree en un solo dios: Crom. Es un dios no benigno ni amable, sino indiferente y despectivo. Crom da fuerza a los hombres al nacer y luego los arroja a un mundo sin piedad para que se las apañen como mejor puedan ellos solos, antes de reventar de una vez por todas. No sirve de nada rezarle a Crom, no se le puede pedir nada. Ni siquiera premiará a sus hijos con algún Valhalla si pelean bien en esta vida. El héroe howardiano está espiritualmente solo. Tras la muerte no puede aspirar a nada. Si ya de por sí esto requiere heroicidad o coraje para sobrellevarlo, aún queda otra cosa… Cabría pensar que si no hay nada o casi nada tras la muerte, ¿no sería lo más lógico no buscarla, no exponerse, vivir tranquilo y alargar así lo más posible esta vida? Pues no. Conan busca la muerte y el riesgo y sabe que puede morir (aunque nosotros sepamos que no va a morir el personaje está diseñado para saber que sí puede morir). En un acto constante de coraje exprime la vida hasta sus últimas gotas, y para hacerlo tiene que acercarse a la muerte, a ese Más Allá desolado por toda la eternidad. Solo existe esta vida: lo material, la sangre, los flujos, la tierra, el vino, el acero y las emociones básicas y poderosas que todo ello reporta. Esto es lo único que hay y solo cabe disfrutarlo, o no. El precio es sufrir y morir y acabar algún día como un cadáver absurdo más, tirado en un callejón de mala muerte o en un campo de batalla, olvidado, para que se te coman los buitres y los gusanos. Como vemos todo es fatalismo y al mismo tiempo heroicidad. 


Howard también creó aguerridas heroínas,
como Agnés la Negra. Ilustración de Mark Schultz.

Tras analizar el personaje me gustaría hacer lo mismo con el elemento fantástico y sobrenatural, pues ese ámbito está conectado no solo con el personaje en sí, sino también con el mundo en que está inserto. Las historias de Conan fueron denominadas como de Espada y Brujería por Fritz Leiber (otro buen autor de Fantasía, aunque menos popular). La traducción no es perfecta porque el término no fue Sword and Witchery, sino Sword and Sorcery; así pues, lo más propio sería Espada y Hechicería. Ahora bien, el término Espada y Brujería es el más correcto porque en el imaginario popular la hechicería puede ser buena o mala (hay hechizos de amor, de sanación, etc.), pero la brujería siempre tiene un componente negativo, ya que las brujas y los brujos son seres siniestros. La verdad fundamental de la Fantasía howardiana es que el elemento sobrenatural es siempre o casi siempre maligno. Dejando aparte el culto del dios Mitra (que actúa muy pocas veces, apenas una o dos en las historias originales de Howard), lo sobrenatural en la Era Hyboria y los otros entornos howardianos es algo oscuro, una cosa enemiga de los hombres. En Tolkien hay magia benigna y magia maligna. En Howard la magia es por lo común escalofriante y aterradora. Por ello el término Espada y Brujería es más correcto.

Además, la magia y lo sobrenatural en Howard no son algo cotidiano que puedan usar las personas en su día a día, sino algo que se arrastra por los rincones oscuros, que está en los lugares recónditos, algo que no debe jamás ser sacado a la luz. Recordemos los brujos, hechiceros y nigromantes de la Era Hyboria. Se sabe que lo son, pero no hacen sus trucos a la luz del día, sino en lugares íntimos. Muchos viven aislados del resto de la sociedad, en mansiones y palacios donde nadie en su sano juicio osaría meterse (y en los que por supuesto Conan acaba metiéndose). En cuanto a las criaturas sobrenaturales, olvídense de gnomos, hobbits, kenders, elfos y otros seres bondadosos y aliados de los humanos. En el mundo de Conan hay lamias, vampiros, demonios, entes de otras dimensiones, hombres lobo, serpientes con cabeza humana y un largo etcétera de aberraciones, a cual más peligrosa. Son el azote de la humanidad y además están en ámbitos apartados, escondidos en la tiniebla y la penumbra. El héroe suele encontrarlos por casualidad, cuando se mete en cavernas, ciudades abandonadas, en templos de pésima reputación o en islas remotas que no figuran en los mapas. El elemento sobrenatural es, por tanto, negativo. Es un elemento desestabilizador de las sociedades, algo que debe ser erradicado en cuanto asoma la cabeza, o mejor dicho, la testa. Lo sobrenatural y lo mágico destruyen el orden natural del mundo y de los pueblos. Tiene que ser extirpado. La excepción sería Estigia, donde hay una casta de hechiceros que tiene el poder. Allí impera el culto al dios Set y por tanto en ese país la magia sí es un elemento social y políticamente poderoso. Pero tal vez por ello se nos presenta a Estigia como la nación más decadente y horripilante de la Era Hyboria, la más siniestra, donde los brujos campan a sus anchas y establecen pactos tenebrosos con el dios serpiente y otros muchos diablos y criaturas repulsivas. Estigia es la peor de las sociedades posibles de la Era Hyboria; incluso los bárbaros más atrasados son más limpios que los decadentes estigios.

Y si lo sobrenatural es negativo, ha de ser extirpado. ¿Por quién? Por el héroe. Por la espada. De ahí que el término correcto sea Espada y Brujería. Además, el nexo y en este caso debería ser disyuntivo y no copulativo, debería ser una barrera entre conceptos antitéticos: la Espada y la Brujería. Tal vez lo más correcto sería Espada vs. Brujería, pero literariamente es un martillazo. Tenemos dos extremos: A) La Espada, que representa al ser humano óptimo, el héroe trágico encarnado en Conan, Kull o Solomon Kane; es la carne no como símbolo de debilidad, sino de materialismo humano. Y B) La Brujería: lo siniestro, lo desestabilizador, lo innatural, la decadencia, lo malvado y lo más bajo. La Espada (el héroe, el hombre) y la Brujería (lo sobrenatural) están abocados a pelear uno contra el otro. Conan es enemigo visceral de todo lo que huela a hechicería y no confía en conjuros, hechizos ni parafernalia mística. Se aferra a la Espada, a lo material, a la voluntad de vencer que nace del corazón del hombre bárbaro y puro. Incluso cuando algún hechicerillo intenta ayudarle, arruga la nariz con asco y recelo. No tiene amuletos ni le reza a ninguna deidad (ya hemos visto que sería inútil pedirle nada a Crom).  «Todo lo que puede ser herido o cortado puede morir» , dice Conan, cuyo materialismo es extremo. Solo cree en lo que puede tocar, palpar, sentir, manejar y dominar. El resto es nocivo, como un ácido corrosivo del que se debe huir, algo que debe ser destruido. En el otro lado está La Brujería: lo que no debe ni debería ser ni existir, es decir, un error, una mancha. No resulta casual que la sociedad más mágica, la estigia, sea la más decadente y abyecta. Y también es una de las civilizaciones más viejas. Se podría establecer con lógica howardiana que el exceso de civilización lleva a la decadencia y la podredumbre y que de ahí a dejarse esclavizar por la magia solo hay un paso. En contraste, las naciones jóvenes y bárbaras, las naciones de La Espada, son las fuertes, honradas y puras. En la obra howardiana no puede emplearse a la ligera la dicotomía Bien/Mal, o al menos no desde un punto de vista moral, pero sí como extremos en cuanto a Salud/Enfermedad, Orden/Caos, Fortaleza/Degradación. El Bien es la Espada y el Mal es la Brujería. Toda esa lucha entre la Espada y la Brujería como conceptos no solo literarios, sino incluso filosóficos, y ese carácter puramente siniestro del elemento fantástico, contribuyen a hacer interesante y sólida la obra howardiana.


Solomon Kane. Ilustración de Gregory Manchess. 

Sin duda habrá otros factores de interés para el aficionado, pero por el momento no sabría definirlos como he hecho con los anteriores. Cada lector tendrá los propios o verá los expuestos de diferente manera, con sus matices. Lo evidente es que los escritos de Robert Ervin Howard, sobre todo los mejores, los más trágicos, sombríos y fatalistas, no son superficiales. No son solo aventuras para matar el tedio, pues albergan honduras de mucho calado.

Pero lo curioso de todo esto es que esos caracteres fascinantes y la solidez y verosimilitud que les acompañan no salen de una estrategia meditada ni son fruto de una planificación. Resulta evidente que todo nació de manera espontánea y natural. No creo que Howard hiciera un mapa de los elementos de su obra ni creo que quisiera despertar en el lector este o aquel tipo de emociones. Como en los grandes autores, todo salió solo, por sí mismo, con fluidez. De hecho, Howard aseguraba que algunas escenas y aventuras no las imaginaba de forma voluntaria, sino que las vivía o revivía, como si ya las hubiera experimentado en otras vidas, o llegaran a él de alguna manera innatural. Si esto era un delirio o tiene visos de verdad esotérica es algo que cada uno debe elegir o preferir, pero yo no entraré en ello porque sobre Howard se han escrito demasiadas malas interpretaciones sobre su estado mental, propias de un psicólogo aficionado de salón. No voy a entrar en ello porque la mente de Howard solo le pertenecía a él, así que prefiero opinar solo acerca de su obra. Así, con delirios o sin ellos, todo lleva a lo mismo: honestidad. Howard escribía de una manera visceralmente honrada, sin subterfugios, manipulaciones, vacilaciones ni medias tintas. Llevaba sus errores y sus virtudes al extremo porque quizás no sabía hacerlo de otro modo. Cuando tenemos a un Howard en estado puro todo es rabiosamente sincero. Esto es algo que nota el lector, pues todo lector huele a la legua cuando el escritor deja de ser él mismo para intentar manipularle; puede que el lector se preste a ese juego, pero lo nota (los lectores son más sensibles e inteligentes de lo que imagina el escritor). Todos los elementos anteriormente descritos salieron de golpe, ya crecidos, formados de cabo a rabo. El lector queda aún más impresionado, pues está ante un producto genuino, auténtico.

Los factores enunciados y muchos más que ahora se me pasan podrían explicar el increíble éxito, contra todo pronóstico, de estas obras menores, pero ya convertidas en clásicos de su propio mundo, esos relatos que han establecido un modelo que muchos han visitado o revisitado, con motivos espurios o bien para enriquecer el canon y enriquecer así sus propias historias, y con la mejor de las intenciones.

Pero aún hay algo más. Por mucho análisis y disección literaria, los clásicos siempre tienen un fondo al que no se puede acceder. Buceamos en ellos, pero se nos acaba el aire y antes de tocar tal fondo debemos volver arriba, a la superficie. Como Dostoievsky, Cervantes o Poe, Howard no es solo un cúmulo de factores; siempre hay algo mágico e indescifrable en estos autores, algo que escapa a nuestra comprensión y que constituye la auténtica magia con la que un autor inmortal subyuga. Tal cosa no la podemos traducir ni explicar, y es mejor que así sea, para disfrute de sus lectores del pasado, el presente y el futuro.

El análisis puede ser certero o no, pero está muerto. Es la prosa del autor lo que está vivo, así que nos despedimos con este fragmento de la novela corta Los gusanos de la tierra:


«La noche era negra y quieta, como si la Tierra yaciera bajo un sopor antiguo. Las estrellas parpadeaban borrosas, meros puntos rojos luchando a través de las calladas tinieblas. Su brillo era más débil que el resplandor en los ojos de la mujer que se deslizaba junto al rey. Extrañas ideas sacudían a Bran, vagas, titánicas, primigenias. Esa noche se agitaban en su alma lazos ancestrales con aquellos pantanos soñolientos, y le turbaban con las formas fantasmales, veladas por los eones, de sueños monstruosos. La vasta edad de su raza le agobiaba; donde ahora caminaba él como forajido y extraño, habían reinado en viejos tiempos reyes de ojos oscuros del mismo linaje que él. Al lado de su gente, los invasores celtas y romanos eran como extraños para aquella vieja isla. Pero también su raza había sido invasora, y había una raza más vieja que la suya…, una raza cuyos inicios se perdían escondidos entre el oscuro olvido de la antigüedad.»

Bran Mak Morn. Ilustración de Frank Frazetta

Andrés Díaz Sánchez.
Artículo publicado con anterioridad en la revista Hierro y Huesos nº. 1. 

8 comentarios:

  1. No tengo más que estar totalmente deacuerdo... una de l
    as sensaciones que siento al leer a Howard (me refiero al entorno al mundo del personaje) es de puro horror primario... oscuridad... se nota la influencia de su amigo Lovecraft... por eso a veces me quedo un poco traspuesto cuando el lector medio interpreta el mundo de conan como un festival de guerreros.. a mi me induce más al horror primario afrontado por los grises casi oscuros de un humano y o guerrero... Andres genial articulo de opinion

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    1. Muchas gracias, David.

      En efecto, los mundos y entornos howardianos no son luminosos, agradables y ni siquiera optimistas. Son bastante oscuros y el elemento sobrenatural es siempre siniestro (y cierto, a veces recuerda a Lovecraft). Aún así, deja espacio para un positivismo en la voluntad de vencer a sus guerreros. Todo esto lo hace muy atractivo y fascinante para sus seguidores.

      Un abrazo.

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    2. Quería decir "de vencer de sus guerreros", no "a". Un pequeño matiz necesario ;)

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  2. Excelente artículo, como ya te dije, muy pedagógico. A mi, al menos, me ha aclarado algunas cosas sobre la EYB que no tenía clara, especialmente en lo referente al tono que esta debe tener.

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    1. Muchas gracias.

      Howard definió una forma de tratar el elemento sobrenatural en historias de EYB que es efectiva y todavía tiene su vigencia.

      Un saludo, William.

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    2. Yo me inicié con la alta fantasía, por eso escribir EYB siempre me ha costado; porque estoy o estaba acostumbrado a la grandilocuencia y a la magia colorida. Allí es donde ambos nos llevábamos mal. Curiosamente ese fue el punto que me aclaró tu escrito. ;)

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    3. Pues si te gusta la magia oscura y siniestra, Howard es tu autor.

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    4. En realidad, me gusta la magia en todas sus formas y paquetes.

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