sábado, 14 de octubre de 2017

Lo que el viento se llevó, de Margaret Mitchell.


¿Qué se puede decir sobre Lo que el viento se llevó que no se haya dicho antes? Es un clásico de la Literatura Norteamericana —o de la Literatura, a secas—, obra gloriosa del género romántico, del drama y del melodrama, uno de los mayores bestsellers de la historia —y por supuesto uno de los mejor escritos—, del cual se hizo una película que no es simplemente una gran película, sino LA película. Lo que el viento se llevó es una obra imprescindible para todo amante de los buenos libros, a pesar de los prejuicios que se tengan hacia las historias de amor apasionado y romántico. Ese latiguillo de la historia de amor más fascinante jamás contada —u otros por el estilo— puede jugar en su contra debido a la mala prensa del género romántico, fomentada en los últimos tiempos por los vampiros adolescentes guapetones y los atractivos millonarios sadomasoquistas. Pero es un género que ha dado historias notables. La realidad es que no hay géneros buenos y malos, sino hay autores buenos y malos. Esta obra es prueba de ello. Pero independientemente de la enrevesada historia de amor que se nos narra, Lo que el viento se llevó es una gran novela histórica que relata tal vez no con mucha precisión, pero sí con tensión, un periodo dramático de la historia norteamericana, en el entorno del sudista estado de Georgia: la convulsión violenta de un país a la que el irónico y certero Rhett Butler se refiere de este modo:  «Siempre es interesante asistir a la caída de una civilización».

Por tanto, aunque se hayan dicho mil y una cosas sobre este libro y poco nuevo se pueda añadir ya, no está de más volver a hablar de él, porque de los clásicos debe hablarse una vez, y otra. La razón por la que son clásicos es que generación tras generación se siguen leyendo, y generación tras generación se sigue hablando de ellos.

De sobra es conocido el argumento, pero por si acaso diremos que la novela narra la historia de Scarlett O’Hara, protagonista absoluta de la novela, a la que le toca vivir —y sufrir— los dificilísimos tiempos de la Guerra Civil Norteamericana y su posguerra. Scarlett pertenece a una rica y señorial familia del Sur y es una joven bonita y caprichosa que vive una existencia idílica de fiestas, coqueteos y jóvenes adoradores que no paran de hacerle la corte. Pero estalla la Guerra Civil y Scarlett ve cómo su mundo ideal va siendo socavado y por fin destruido por completo a medida que los ejércitos del Norte vencen a los del Sur y por fin invaden y arruinan por completo su mundo perfecto. Como muchos otros aristócratas sureños, Scarlett en pocos años pasa de la opulencia a la ruina, vive el terror constante de la guerra, los horrores del hambre, el dolor de los seres queridos muertos y la degradación de ser aplastada por invasores que sólo buscan expoliar y humillar a los derrotados. Pero al contrario que sus compatriotas, que sufren la derrota en silencio, aturdidos y cegados por una patética y melancólica dignidad, Scarlett lucha contra viento y marea para recuperar todo lo perdido e incluso se convierte en una mujer con negocios propios, adinerada e independiente, no sólo atacada por los especuladores del Norte, sino por los rígidos y convencionales compatriotas del rancio Sur. Al mismo tiempo, y entrelazada con esta lucha contra un destino fatídico, Scarlett se siente desgarrada por el amor hacia dos hombres de carácter antagónico: el caballeroso, bondadoso y romántico Ashley Wilkes, y el sarcástico, cruel, astuto y salvaje Rhett Butler. 

Margaret Mitchell sosteniendo su "pequeño" libro. 

Lo primero que sorprende al lector es la arrolladora calidad literaria del texto. Mitchell escribe asquerosamente bien y maneja a la perfección los tiempos, el ritmo y el equilibrio entre narración y descripción. Su vocabulario es rico y elegante, pero sin caer en la ampulosidad ni la pedantería, consiguiendo que el estilo, aún siendo notable, esté siempre al servicio de la narración y no al contrario. En la novela encontramos descripciones costumbristas, la épica de la propia guerra, la trama romántica y otros ambientes y atmósferas, entremezclados de manera fluida, sin sobresaltos ni a trompicones, manteniendo siempre un cómodo discurrir, que sabe encresparse en los picos de tensión y dramatismo y sosegarse en los necesarios valles de transición. Parece de cabo a rabo una obra redonda, sin que a la autora en ningún momento se le escape de las manos, sino más bien al contrario: la narración es vigorosa y fuerte, sólida como una montaña, pero al mismo tiempo elegante. Los acontecimientos y la forma en que se narran consiguen retener la atención del lector y es una obra entretenida, en ocasiones adictiva.

Una fuerte labor de documentación apuntala la verosimilitud de lo narrado. La guerra no sólo se nos presenta en el ámbito reducido de la pequeña sociedad de las mansiones agrícolas y la ciudad de Atlanta —principales escenarios de la novela—, sino que se describen también los grandes movimientos de la contienda, el devenir de las batallas y las grandes decisiones militares y políticas. La verosimilitud también reside en la descripción detallada no sólo del vestuario, la arquitectura y otros aspectos materiales, sino en las tradiciones, costumbres y formas de pensar no sólo de los sudistas, sino también de los nordistas. Estas descripciones sociales no son para nada objetivas, pero sí son verosímiles desde el prisma sudista que lo impregna todo —más tarde nos ocuparemos de esto con más detenimiento—. 


Los personajes están bien diseñados, del primero al último, tanto secundarios como principales, y aunque la historia parece condensar su intensidad en el triángulo amoroso Scarlett-Rhett-Ashley, en realidad Ashley Wilkes no tiene tanto peso dramático como Scarlett O’Hara y Rhett Butler. Los dos personajes tienen una presencia tan fuerte que parecen incluso salirse de cada página, de igual modo que en la película Vivien Leigh y Clark Gable también lo acaparan todo con su carisma. Incluso la inocente y bondadosa Melanie Wilkes tiene mucho más peso que su marido, y también lo tienen algunos secundarios como la famosa aya negra Mamita, o Gerald O’Hara. Es notable la transformación o evolución que van sufriendo todos. Aunque no se trata de un libro escrito en primera persona, el narrador lo filtra todo a través de los ojos y la mente de Scarlett O’Hara, por tanto la personalidad imperante es la suya y asistimos en primera fila a su lucha implacable contra la feroz serie de desgracias materiales y personales que sufre, y su batalla personal contra el hambre y la pobreza. El personaje va cambiando de caprichosa niña mimada a temible mujer de negocios capaz de engañar, estafar, mentir o reventar a sus trabajadores para conseguir un simple dólar más. Sin embargo, aunque se va endureciendo de tal modo, en el fondo es una mujer apasionada que ama con locura al marido de su mejor amiga, y que debe ponerse la máscara y arrostrar una vida falsa en cuanto a sus emociones. Los mejores personajes han de ser contradictorios y polifacéticos, cervantinos y shakespearianos, y ella cumple este axioma porque es mujer práctica en la lucha por la supervivencia y lo material, pero irracional y hasta neurótica en cuanto a sus sentimientos, contra los que no puede luchar, incluso aunque la lleven a la perdición. El otro gran protagonista, Rhett Butler, es un canalla redomado y sin embargo simpático para el lector, porque representa la pura honestidad del bandido, sin las trabas de una falsa moralidad que se nos antoja no sólo inútil, sino además necia. Butler va detrás de Scarlett al parecer por pura lujuria, pero pronto el lector comprende que él está muy enamorado de ella, por mucho que la zahiera con sus bromas crueles, y que tienen que acabar juntos de un modo u otro porque los dos son en el fondo seres egoístas, inmorales, salvajes, prácticos y carentes de todo escrúpulo ético, a los que sólo les interesa satisfacer sus propias necesidades, pasando por encima de cualquiera. Resulta interesante que si bien en la mayoría de las historias románticas los protagonistas sean buenos —o al menos lo sea ella—, en este caso los dos protagonistas son cien por cien malos, sujetos reprobables, mentirosos y crueles, que desprecian a los débiles y los utilizan sin compasión. El lector no puede dejar de encariñarse con Rhett Butler e incluso espera con avidez cada una de sus espectaculares apariciones. También él irá sufriendo su necesaria evolución y también se descubrirán muchas facetas ocultas de su carácter.


Cartel promocional de la película (1939), dirigida por Victor Fleming. 

Pero no menos notoria es la transformación de la sociedad sudista, de su élite aristocrática, que de llevar vestidos costosos y vivir en mansiones suntuosas, pasa en pocos años a ponerse harapos remendados y habitar cuchitriles mugrientos. Este dramático cambio da mucho jugo literario y la autora lo aprovecha, con descripciones de pobreza y sin embargo de dignidad y orgullo, que recuerdan al mejor Dickens. La sociedad sudista es un personaje en sí mismo, reflejado en decenas de caracteres distintos, un personaje al principio arrogante y jactancioso, después vencido, derrotado y vapuleado, pero que no agacha la cabeza y lleva su miseria con  dignidad patética.

El mayor —invencible para algunos— escollo de esta magna obra es su incorrección política. Margaret Mitchell escribió su obra durante los años treinta del siglo XX. Vivía en el Sur, era aficionada a la historia de su tierra y sin duda había escuchado los relatos de abuelos y tatarabuelos, de los ancianos que podían recordar aquellos aciagos tiempos de la Guerra Civil. Por tanto estamos ante una visión no objetiva, sino muy parcial. Esto no quiere decir que la obra no sea inverosímil, sino sesgada hacia la visión de uno de los dos bandos. Esta parcialidad viene dada por la defensa sin ambages de la idílica sociedad sudista de preguerra. Lo más hiriente e incomprensible para estos tiempos modernos es su adhesión al sistema esclavista, al que increíblemente dota de todo tipo de bondades, no sólo para los blancos —cosa lógica—, sino también para los esclavos negros, pues se nos asegura que no había palizas ni malos tratos, así como tampoco intentos de huida, y que los esclavos eran tratados todos con excelente consideración. Ya sabemos que la historia la escriben los vencedores y por tanto es posible que los relatos sobre la crueldad con los negros fueran exagerados por los norteños, pero sería una locura pretender que todo fuese perfecto e inmaculado en los tiempos de preguerra. Ni muchos menos. No obstante, Mitchell llega a afirmar en su novela que los negros vivían mucho mejor como esclavos que en libertad, los trata como seres inferiores, torpes y vagos, que deben estar siempre al cuidado de sus amos blancos porque no se saben dirigir ni gobernar por sí mismos. Pero esto, para un blanco ingenuo de la época, tal vez no fuera tan inverosímil, pues a las personas de color esclavizadas tal vez no les quedara más remedio que comportarse como esperaban los blancos que se comportaran, si querían sobrevivir en un medio tan sumamente hostil, y por ello una escritora blanca que escuchara los relatos de sus abuelos, podría pensar que en efecto los negros no fingían, sino que eran realmente felices. Por boca de Scarlett O’Hara, Mitchell proclama que es una auténtica locura que los norteños permitieran votar a los negros. Esto difícilmente puede ser tragado y digerido hoy en día. Aquí entramos en el campo más escabroso de la literatura: su capacidad para ofender. En mi opinión, la auténtica literatura tiene libertad para ser ofensiva, porque la literatura, por mucho que nos pese y duela, no puede estar atada por las cadenas de la conveniencia moral de cada época. Así, aunque esta obra en concreto literariamente es una maravilla, ideológicamente tiene algunos socavones demasiado profundos.


Pero también hay que tener en cuenta varias cosas. La visión de los negros de Mitchell no es del todo mala y puede resultar incluso ambigua, pues en su novela muchos de ellos se comportan con una honestidad y sensatez mayor que la de muchos blancos —por supuesto, la autora nos los pinta mejores que la mayoría de los norteños—, y sorprende que en la rancia sociedad sudista la aya negra Mamita vaya dándole órdenes a los blancos con severidad, sin que nadie se atreva a callarla, que Scarlett sea salvada por uno de sus siervos negros con gran heroísmo, y que la categoría moral de los esclavos negros sea en general muy alta. Scarlett y sus familiares sienten verdadero cariño por sus sirvientes y tratan de protegerlos. Es memorable el pasaje en el que, tras la derrota sudista, unas damas del norte se rían y burlen en público de un siervo negro de Scarlett, provocando la ira y la furia de la propia Scarlett, porque ella jamás humillaría de tal modo a alguien de su casa, aunque fuera su criado. Así se demuestra que, por mucho que desearan la liberación de los negros, en los Estados del Norte también había racismo, un racismo tal vez distinto porque no estaba determinado por la proximidad en las relaciones de dominancia y servidumbre del Sur, pero racismo, al fin y al cabo. Lo que nos demuestra esta novela es que los Estados Unidos, de una u otra forma, eran en aquella época mayoritariamente racistas, y solo unos pocos partidarios de la abolición deseaban la igualdad total. Uno de ellos fue su presidente, Abraham Lincoln. En esta novela, y por no haber vivido nunca los blancos del Norte junto a los negros, aquellos ven a estos casi como animales extraños y grotescos, algo que despierta las iras de Scarlett —y la ira de semejante dama no es cosa baladí—. También sorprende que la propia Scarlett sea capaz de explotar y maltratar a presos forzados blancos que trabajan en su serrería, pero nunca explote ni maltrate a un solo negro de su mansión. Esta delicadeza no parece forzada por el deseo de agradar al lector, porque sus opiniones ideológicas son claras, contundentes y no buscan precisamente hacer amigos. Al menos en el caso de la autora, da que pensar que al menos ella sí tenía consideración por las gentes de color, tal vez considerándolos siervos, pero no seres sin alma ni mucho menos animales a los que maltratar. Sin embargo, los norteños sólo quieren a los negros para usarlos en sus artimañas electorales, y después les desprecian sin más —lo cual tiene mucha verosimilitud histórica—. También sorprende e incluso escandaliza la justificación del famoso Ku Klux Klan, para defender de los ataques de bandidos y violadores a las gentes indefensas del Sur en la terrible posguerra… Una organización que mucho tiempo después cometió todo tipo de injusticias, pero que tal vez en la época de la novela sí tuvo su razón de ser. Todo esto no puede justificar un sistema esclavista que debía ser abolido, pero sí hacer comprender que no todo es blanco o negro, sino lleno de grises y matices que deben ser considerados.


Vivien Leigh nació para interpretar a Scarlett O'Hara.
«Que Dios ayude al que te ame de verdad» (Rhett Butler).

En lo que sí acierta Mitchell es en señalar el expolio brutal que sufrió el Sur a manos de un Norte ávido y revanchista, la invasión de especuladores que arrebataron casi todo lo que tenían a unas familias ya empobrecidas, que habían perdido al menos a la mitad de los varones durante la guerra, y a las que arrinconaban cada vez más unos legisladores del Norte a los que sólo les interesaba hacer dinero rápido y fácil. En este marco, la heroína Scarlett O’Hara debe pelear con denuedo, sabiendo que pueden quitárselo todo cuando se le antoje a los vencedores, y que aún así deberá levantarse una y otra vez.

Mitchell nos muestra su ojo crítico en otros asuntos. La ambigüedad moral en cuanto a las excelencias de la sociedad sudista de preguerra también está en las propias costumbres sociales, y las tradiciones. Aunque caballerosos, valientes y honorables, en el libro los sudistas tienen una mentalidad cerrada hasta la ceguera, parecen incapaces de adaptarse a los cambios y  lucen un pudor y una estrechez casi cómica en todo lo concerniente al sexo. Machistas hasta la médula, marcan una posición rígida para la mujer, a la que consideran una criatura ingenua y boba que debe ser idolatrada por su belleza y protegida de todo peligro, un ser débil a quien jamás se le puede permitir ya no trabajar, sino ni siquiera ocuparse de la contabilidad de un negocio; de hecho, resulta de muy mal gusto e imperdonable que una mujer hable de política, porque eso es cosa de hombres. Por supuesto, Scarlett, en su lucha salvaje para huir de la pobreza y llegar a ser rica, hará saltar por los aires todos estos convencionalismos y será el escándalo de sus compatriotas.

«- No puedo aceptar estos regalos, pero eres muy amable.
- No. Te estoy tentando. Nunca doy sin esperar algo a cambio. Siempre me pagan.
- No te pagaré casándome contigo.
- No te hagas ilusiones. No soy de los que se casan.»
(Clark Gable, magnífico en su interpretación de Rhett Butler).
El éxito de Lo que el viento se llevó fue arrollador, sus ventas fueron abrumadoras y la adaptación a la gran pantalla no se hizo esperar. Comentar la película nos llevaría un texto igual de largo que este, tal vez más. Todo amante del cine debe verla y cabe recordar que suele estar a la cabeza de las listas de mejores películas de la historia, junto a Lawrence de Arabia, las dos primeras entregas de El Padrino, Ciudadano Kane o Casablanca. Muchos la consideran incluso la mejor película de todos los tiempos. Como adaptación, la película es muy honesta y se han suprimido o cambiado pocas cosas, todas ellas sin una repercusión fuerte en la historia, que en las líneas generales y también en las particulares se mantiene fiel a la narración original, a su espíritu y tono. Vivien Leigh y Clark Gable parecen haber nacido para interpretar a la pareja protagonista y tenemos a una estupenda Olivia de Havilland como Melanie Wilkes, aunque Leslie Howard no parece tan perfecto en su papel de Ashley Wilkes.



«Aunque tenga que matar, engañar o robar,
¡a Dios pongo por testigo de que jamás volveré a pasar hambre!»

Hoy ya no se pueden encontrar libros como este, ni mucho menos bestsellers como este, tan polémicos y en el fondo tan sinceros —incluso aunque puedan estar ideológicamente equivocados—, tan bien escritos, capaces de entretener y suscitar pasiones, libros que no solo quieren hacer buenas ventas a la mayor rapidez posible, sino que están llenos de un cuidado artesanal. Libros con vocación de ser más grandes que la vida misma. Utilizando el título, y dentro de la Literatura, tal vez este tipo de libros sean también una parte de lo que el viento se llevó.


Andrés Díaz Sánchez. 

4 comentarios:

  1. La pelicula muy grande... el libro no lo he leido pero sin duda apuntado... no se por que siento tanta atracción por el Sur de EUA.. tanto antes como ahora

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    1. Hola, David, gracias por tu comentario.

      La película es una auténtica maravilla, el libro también, a mí me gustó y me sorprendió porque no suelo leer literatura romántica, o centrada en una historia de amor, pero está muy bien escrito y los dos personajes protagonistas son magníficos.

      Yo también siento una inmensa atracción por el sur de EEUU, quizás por su aureola mítica de "perdedores", de cosa antigua frente a la Revolución Industrial del Norte. A mí me siguen atrayendo mucho los ambientes del sur de aquellos tiempos. También por las películas y los magníficos comics del Teniente Blueberry.

      Un fuerte abrazo.

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  2. Hay una novela que será del gusto de quienes sientan interés por ese período histórico, "Ángeles asesinos" de Michael Shaara, una muy buena novela que describe la batalla de Gettysburg.

    Las secuelas que escribió su hijo Jeff no están mal, pero no alcanzan la altura de ésta.

    Un saludo.

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    1. Hola, Crisagón.

      No conozco esa novela de que me hablas, pero a lo mejor la investigo. Gracias por la información porque la GC norteamericana es un tema muy interesante y épico.

      Un saludo.

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