domingo, 22 de octubre de 2017

Tercios de España, la infantería legendaria, de Fernando Martínez Laínez y José María Sánchez de Toca

Título: Tercios de España. La infantería legendaria.
Autores: Fernando Martínez Laínez y José María Sánchez de Toca
Edición: 2006, Edaf.

Tenemos en nuestras manos un ensayo que estudia de manera exhaustiva, en todos sus aspectos, a los legendarios tercios españoles, que consiguieron un sorprendente número de victorias, casi ininterrumpidas, durante unos doscientos años. No en vano fueron considerados en su época como el mejor cuerpo de infantería del mundo. Se trata de una obra divulgativa cuyo rigor histórico no impide que el texto sea entretenido y ameno.

Como dicen los autores, nuestra historia es la gran desconocida para el gran público, que sabe más de los otros países que del propio. Y si hablamos de la historia militar o bélica, el desconocimiento es aún mayor. Pocos momentos hay tan épicos como los que abarca este estudio. Se nos habla sobre una época en la cual la guerra era algo cotidiano y —curiosamente— ocurría casi siempre fuera de las fronteras hispanas, gozando España de paz interna, salvo excepciones puntuales. Los célebres tercios pelearon sus batallas en el centro de Europa, en toda una ancha franja que iba desde los Países Bajos, pasando por Francia, los diferentes estados alemanes, y llegaba hasta Italia y el Mediterráneo. También estuvieron los tercios en los extremos del viejo continente: Portugal al oeste o Transilvania en el este. Igualmente destacaron los tercios en el norte de África: Túnez, Argel o Trípoli. Y en América, pues las expediciones de exploración y conquista contaban con capitanes y soldados provenientes de tercios europeos. Tuvieron presencia a lo largo y ancho de un mundo conocido y por conocer, en escenarios cercanos o remotos, en el Imperio de los Austrias, un extenso imperio donde nunca se ponía el sol. Combatieron no solo en tierra, sino también en las cálidas costas del Mediterráneo o las orientales de Grecia, culminando este tipo de guerra marítima en la jornada de Lepanto. También lucharon en las bravas aguas del Atlántico, defendiendo de los piratas ingleses las flotas de oro y plata de las Indias. Llegaron a Inglaterra con la Gran Armada —que los ingleses denominaron con ironía Invencible, dándole el falso nombre por la que aun se la conoce—, y a las costas de Bretaña y Flandes. Se hicieron expertos en todo tipo de combate: batallas campales, sitios y defensas de fortalezas, golpes de mano en sus célebres encamisadas nocturnas, cañoneo entre naves o bien combates al abordaje…, sin olvidar los duelos entre campeones de diferentes países, una costumbre muy medieval. Pelearon tanto en pasos montañosos como en bosques o llanuras, en el clima suave de Italia o en el frío y lluvioso de Flandes, en las selvas centroamericanas, las nieves germánicas o los desiertos africanos.

Ilustración de Angus McBride

Si bien se puede estar de acuerdo o no con las políticas de los diferentes emperadores —a veces lógicas y a veces nefastas—, resulta difícil no admirar a los simples soldados de los tercios, fieles siempre a su rey aunque no entendieran de estrategia internacional, sufridos y duros, orgullosos a pesar de su pobreza, hombres de probado valor y de bravura inaudita, reconocida antes por sus enemigos que por nosotros, sus descendientes. Sería fácil caer en un chovinismo del que otros países hacen mucha gala y del que nosotros hacemos —quizá— demasiado poca, pero los autores del estudio ponen cada cosa en su sitio y advierten que si bien los Austrias prefirieron la nacionalidad, residencia y costumbres españolas, y se encariñaron más con este país que con sus otras naciones, sus fuerzas armadas estaban compuestas no sólo por españoles. Los tercios eran un conglomerado de alemanes, valones, ingleses, holandeses, irlandeses, escoceses, italianos y, por supuesto, españoles —solo a estos últimos está dedicado el ensayo—. Los españoles no eran los más numerosos, pero sí formaban la columna vertebral del gran ejército. No se puede decir que las batallas las ganaran solo ellos, pues todos contribuían, pero sí solían estar en lo más recio del combate —a menudo por propia iniciativa, llevados del orgullo y la honra—, y cuando ellos faltaban o caían, caían el resto de las tropas. Esto puede parecer exagerado, pero las crónicas lo prueban una y otra vez, y si uno desconfía de las propias siempre tiene las del enemigo para demostrarlo.

Una de las bazas fuertes del libro es su idea de conjunto. Aquí vemos todas y cada una de sus guerras, en todos los escenarios y continentes, aunque abreviadas para no agobiarnos bajo un peso enciclopédico. Así, por ejemplo, encontramos reseñas de grandes batallas, y una lista muy interesante de personajes célebres de los tercios, desde maestres de campo como el Duque de Alba o Alejandro Farnesio, a soldados famosos por su bravura, e incluso literatos como Cervantes, Lope de Vega o Calderón de la Barca, cuyas vidas albergan muchas aventuras trepidantes y resultan tanto o más atractivas que las de los personajes de sus obras.

Ilustración de José Ferre Clauzel

Aparte de los grandes hechos de armas también se nos habla del día a día, de atavíos y ropas, juegos, relaciones con los compañeros de diferentes países y entre los propios españoles, los asuntos de honra y honor, las leyes que les regían, sus sistemas de mando y gobierno, los civiles que les acompañaban, pagas, intendencia, armamento e incluso el lenguaje que usaban. Y se tratan estos asuntos de manera resumida y certera, de tal modo que no tenemos entre las manos un mamotreto aterrador, sino un libro manejable y fácil de leer.

Por otro lado, la edición es impecable, con muchos retratos y grabados de la época e ilustraciones magníficas, así como varios mapas y diagramas desplegables que complementan el texto y facilitan su comprensión.

En definitiva, es un ensayo de consulta histórica, pero también una obra divulgativa muy amena, que da una visión de conjunto de todos los aspectos relacionados con los legendarios tercios españoles. El libro satisfará tanto al bisoño recién alistado que no sepa nada del tema, como a los veteranos de cualquier tercio viejo, bragados y curtidos en no pocos estudios anteriores.

Andrés Díaz Sánchez

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