sábado, 18 de noviembre de 2017

Rubicon, de Tom Holland


Rubicon
Autor: Tom Holland

«La libertad excesiva conduce pronto a la esclavitud»
(Marco Tulio Cicerón)

Mucha gente piensa que el ensayo histórico es un campo aburrido  e insoportable cuyos libros son poco más que mamotretos para estirados catedráticos y frikis que se enzarzan en agrias discusiones por ver si los legionarios romanos calzaban sandalias o botas, o cuál es en realidad el escudo de armas de cierta casa noble. Quizás por los libros que a todos nos tocó leer en los planes escolares, la Historia parece una larga lista de nombres y fechas que hay que aprenderse casi de memoria, y en las que uno se pierde mientras da cabezadas de sueño la noche anterior al examen. 

Sin embargo, la Historia en sí misma puede resultar fascinante. Es la mayor novela que ha existido o pueda existir jamás, la mayor aventura y la mayor narración de romances, intriga y épica posible, así como un infinito crisol de caracteres humanos, desde el más contradictorio al más anodino. Ya se sabe que la realidad siempre supera la ficción. Los autores de Fantasía lo comprenden perfectamente y beben directamente de fuentes históricas. ¿Quién no ve retazos de la Segunda Guerra Mundial en las grandes luchas a escala casi planetaria, entre el Bien y el Mal, de Tolkien? ¿Acaso sus reinos y la organización de estos no recuerdan a los de la Edad Media? ¿Quién duda de que Martin ha inspirado su ambientación realista en el propio realismo de la auténtica Edad Media? ¿Y a quién no se le pasa que el propio Howard no sólo se inspiró en la Antigüedad, sino que directamente utilizó nombres de lugares y de personas, nombres reales, en sus propias historias de ficción, dándoles así mayor solidez y verosimilitud? Estos autores comprendieron lo dicho antes: para crear una buena novela épica primero hay que acudir a la Gran Novela Épica: la Historia en sí misma. 

Tom Holland


Pero es necesario un buen divulgador, un historiador ameno que sepa analizar los hechos, las causas y las personas, no solo arrojar la odiada lista de fechas y nombres, sino transmitir de manera clara los acontecimientos, las causas que los provocan, las personas que están tras ellos y sus motivaciones, y que lo haga además de un modo fluido y ameno que enganche y haga olvidar al lector que está ante el-ensayo-histórico-de-turno; en definitiva, el divulgador debe presentar su libro de forma tan entretenida como si fuera una buena novela. 

En Rubicón Tom Holland ha logrado ese objetivo, como lo han logrado antes otros buenos divulgadores históricos, por ejemplo los desaparecidos Asimov o Juan Antonio Cebrián. También es cierto que ha elegido uno de los periodos más interesantes de la historia terrestre: la República romana de la Antigüedad. Esos aproximadamente seis siglos dieron a luz un buen puñado de nombres imborrables: Tarquino el Soberbio, Asdrúbal, Aníbal, Escipión, Pirro, Sila, Mario, Catón, Cicerón, Craso, Pompeyo, Espartaco, Mitrídates, Julio César, Vercingetórix, Marco Antonio, Cleopatra, Octavio Augusto…, así como lugares, fechas y pueblos inolvidables: Cartago, los etruscos, Egipto, Alejandría, Cannas, Zama, Carras, Galia, Alesia, Macedonia…, y por supuesto, Roma. 

Hay pocos periodos históricos tan hipnóticos como el de la República romana. Han pasado dos milenios largos desde la creación de Roma y aún estamos subyugados por su recuerdo. Sería interminable la lista de libros, películas, series de televisión e incluso comics y otras muestras de arte popular que de un modo u otro se han ocupado de ella. El número de películas sobre Roma es mayor que el de películas sobre la Antigua Grecia, y Julio César ha sido tan biografiado como el propio Alejandro Magno; quizá más. Pocos personajes, si exceptuamos al mentado Alejandro, Napoleón o Hitler, han sido tan analizados, diseccionados, retratados de mil y una maneras, vilipendiados o alabados como el propio Julio César. Nuestra forma de expresarse bebe de esas fuentes, aunque ni lo sospechemos. Un césar es sinónimo de rey, de emperador, de soberano a gran escala, y muchos siglos después, en el Renacimiento y al comienzo de la Modernidad, cuando se usaban ya armas de fuego, los emperadores europeos seguían llamándose césares para dar lustre a su poder. Espartaco aún sigue siendo un nombre que evoca la lucha de la esclavitud contra la libertad (un ideal que en su origen no era exactamente el mismo, pero bastardeado para favorecer nuestros propios ideales). Un gladiador es una persona aguerrida y valiente y solemos decir que un político, un periodista o un intelectual baja a la arena cuando participa en un duro debate dialéctico. Un cicerón es un maestro de la oratoria y un buen educador. Aún existen en Francia o España cuerpos de legionarios. Cannas sigue estudiándose en todas las academias militares como un ejemplo de batalla perfecta e incluso los generales de la Segunda Guerra Mundial, en sus propias palabras, seguían buscando su propia Cannas. El adjetivo augusto señala a cualquier persona de porte noble y digna de respeto, aunque no tenga nada que ver con el primer emperador romano. Los pontífices actuales ya no son los funcionarios romanos que bendecían los puentes de la ciudad, pero la palabra aún es sinónimo de poder religioso. Los foros —físicos o virtuales— son lugares de encuentro y debate, tal como lo era el original, el Foro Romano. Cuando se hace una apuesta arriesgada y se empieza un camino peligroso y sin retorno… ¿qué se suele decir? La suerte está echada. Y por supuesto, tenemos la frase cruzar el Rubicón como sinónimo de decisión trágica que no tiene vuelta atrás. 

Aun estamos invadidos por Roma. El Imperio romano todavía domina el mundo occidental, tal vez no con sus legiones como antaño, pero sí con la fascinación que provoca e incluso con la terminología que usamos en las frases cotidianas. Preguntemos a cualquier persona de la calle qué imperio es el más famoso; ¿cuál contestarán? Roma es en sí misma el epítome de la idea de imperio por excelencia, y el águila de las legiones es el símbolo del poder de un imperio, de todo lo bueno y lo malo que apareja la idea universal de imperio, usada por casi todos los imperios famosos que vinieron después de Roma y que jamás alcanzaron la gloria que aquel tuvo. Pero Roma, aunque se comportara de modo imperialista casi desde su fundación, no fue siempre un imperio, al menos no en su estructura política y social, sino una república de ciudadanos libres, cuyos votos elegían o echaban a sus máximos gobernantes. Aunque Julio César no introdujo propiamente el imperio, él acabó por destruir esa idea de una república de ciudadanos libres, de manera lógica y conveniente para algunos porque ya no era viable, y despótica y dictatorial para otros. Se dice aún que Julio César tomó esa decisión al cruzar con sus tropas el pequeño río Rubicón y declarar así la guerra, como ciudadano particular, a toda la República y sus instituciones. 

Ilustración de Angus McBride.


Es precisamente Rubicón el término que para su libro ha utilizado Tom Holland, aunque él mismo dice haber sopesado el de Ciudadano, o algún otro parecido. A lo largo de la obra asistimos a la vorágine de acontecimientos que marcaron la evolución, o degeneración, de la República romana, desde la expulsión de su primer rey, Tarquinio el Soberbio, incluyendo las profecías de la Sibila, pasando por las guerras contra los etruscos y el resto de tribus itálicas, la conquista y absorción de las otras ciudades-estado italianas por Roma, las titánicas guerras contra Cartago —con la famosa invasión de Aníbal—, las convulsiones políticas internas que degeneraron en el enfrentamiento entre Mario y Sila, el establecimiento y luego destrucción del primer triunvirato —Julio César, Pompeyo y Craso—, las guerras de las Galias, la Guerra Civil Romana, los idus de marzo, con un asesinato de Julio César que ni el mejor poeta trágico hubiera podido imaginar —los cuchillos cayendo sobre el dictador, bajo la estatua de su mayor rival, Pompeyo—, la ascensión del implacable Augusto, los amores entre Marco Antonio y Cleopatra y sus poéticas muertes, y por último el establecimiento del Imperio. Esto es un resumen a grandes rasgos, pero en el libro se estudian todos estos acontecimientos, sazonados con un incontable número de intrigas políticas, económicas y sociales, también eróticas y amorosas, que con fuerza y agilidad el autor va desgranando. Pero junto a los hechos, ya de por sí entretenidísimos, se presenta un análisis sociológico y económico profundo de los personajes y del propio pueblo romano. Los protagonistas no son sólo los grandes hombres, sino también los ciudadanos, que iban cambiando según la República iba cambiando. Ha habido pocos pueblos tan decididos a conquistar el mundo entero como el propio pueblo romano —desde el panadero al cónsul—, tan dispuesto a hacer todos los sacrificios necesarios y a resistir hasta el final en las dificultades. Esta resolución inquebrantable les llevó a conquistar y a dominar con una tenacidad que aun hoy causa admiración, a ser crueles sin medida y orgullosos también sin medida. No es un libro políticamente correcto porque refleja el espíritu de una época implacable donde los términos piedad y debilidad eran sinónimos. Si bien Roma era despótica con sus conquistados, también es cierto que vivía en un mundo donde la competencia por la supremacía era la norma, donde pueblos y naciones se regían por la ley de la jungla, donde sólo podía haber un ganador que se lo llevara todo. Y ese ganador lógico fue Roma, para bien o para mal del mundo entero. Lo que hizo única a la República romana es que ese inmenso poder no recaía en un solo hombre, sino en el conjunto de los ciudadanos, a los que los senadores y cónsules debían satisfacer para conseguir sus votos. Un cónsul podía haber conquistado con sus legiones un país entero y esclavizar a todos sus habitantes, pero una campaña de grafittis o pintadas en los muros de Roma, aludiendo a un escándalo amoroso e inmoral, podía causar el vuelco que lo echara del poder. Esa es la paradoja de la República romana: el poder dependía de la mezquina plebe, tan tiránica en sus emociones como el cónsul de turno. Sin embargo, esta estructura se fue agrietando y destruyendo por el propio peso de tantas conquistas y tanta riqueza. La corrupción peleaba en el Senado y en la calles contra la severidad romana. Como en todas las épocas, el deber y la nobleza estaban muy cerca de la cobardía y el egoísmo. Pero como telón de fondo siempre se encontraba la competitividad. El pueblo romano no sólo quería ver sangre en el circo; también quería ver a sus políticos pelearse entre sí, pues la política era otro modo de lucha implacable, a veces violento, y la plebe amaba no al más noble y bondadoso, sino al apto y al fuerte. Esta lucha política se hizo salvaje y despiadada y condujo a los enfrentamientos civiles entre Mario y Sila, y después a la guerra civil entre Julio César y Pompeyo. La política se teñía de sangre con el asesinato de Julio César, pues ya no había freno en la lucha por el poder que exigía el propio pueblo. Todo estaba permitido. Así pues, en la propia competitividad de la sociedad romana, que no toleraba la debilidad ni en el Senado ni el campo de batalla, se fraguó la pérdida de la libertad de los ciudadanos y el final de la República. Porque la lucha inagotable por el poder sólo podía dar como resultado un emperador, un dictador que acabara con el Senado y las instituciones democráticas, de igual modo que la lucha entre naciones y pueblos, fomentada por ellos mismos como el ideal más noble, sólo podría parir a un pueblo y un gobierno más fuerte que todos los demás, un pueblo que acabara esclavizándolos en aras de ese ideal guerrero que todos, paradójicamente, habían promovido. La idea sobre la que gira el libro, el Rubicón final, es que la muerte de la República romana no fue culpa de un hombre ambicioso, de un César o un Augusto, sino del propio sistema competitivo en que se basaba. Al final, la única manera de acabar con un baño de sangre tras otro y una guerra civil tras otra era que un gobernante agarrara todo el poder por la fuerza y tirase a matar contra todo lo que se moviera. Sólo así la paz parecía asegurada. Y eso, inevitablemente, acabaría con la libertad de los ciudadanos —muchos de ellos ya ni la querían, porque entre la seguridad y la libertad los hombres suelen elegir la primera—, y establecería el Imperio y la Pax Romana. El que esa pax funcionase o no en el futuro dependería solo de los emperadores, y entre estos hubo de todo: de lo mejor a lo peor. Pero eso es otro asunto. 

En todo caso, no hace falta ser un experto en Historia para leer este libro. Tanto el estudiante serio como el aficionado casual lo disfrutarán, pues se lee de un tirón, ya que tiene nervio y es muy entretenido. Una buena elección para todo aquel que quiera saber más sobre la República romana. 

Andrés Díaz Sánchez.

4 comentarios:

  1. Como siempre tus lecturas son muy interesantes... de ensayo lo ultimo que leo es del antiguo japon

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    1. Muchas gracias, David.

      Desde luego, el Japón tradicional es una época fascinante, muy épica y llena de intrigas. Te alabo el gusto.

      Un abrazo.

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  2. Tu reseña ha despertado mi curiosidad por el libro. No conocía esa teoría de que la crisis de la República se debía a una concepción altamente competitiva de la política.

    También me gustaría preguntarte tu opinión sobre Harold Lamb, posiblemente el historiador -además de dotado prosista- que más influyó en Robert E. Howard.

    Un saludo.

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    1. Hola, Crisagón, gracias por tu mensaje.

      Este libro de Tom Holland es muy interesante, uno de los que más me han gustado que he leído sobre la Antigua Roma, y he leído unos cuantos. Un buen divulgador histórico.

      Sobre Harold Lamb no he leído nada, así que no puedo comentar sobre él; aunque si influyó en R. E. Howard, sin duda ha de ser un autor que sabe transmitir sentimientos épicos.

      Un abrazo.

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