domingo, 4 de febrero de 2018

Pabellón de cáncer, de Alexandr Solzhenitsyn.

Pabellón de cáncer.
Autor: Alexandr Solzhenitsyn.

Los autores rusos clásicos son imprescindibles para todo el que desee disfrutar de las altas cotas de la literatura universal. Una vez leí en cierta web de crítica literaria que tienen una capacidad especial para retratar el alma humana, sus recovecos y pasiones oscuras, sus secretos, su luz y sus tinieblas, con una profundidad que arañan muchos otros autores de otras nacionalidades, pero que en ellos es algo natural y de una facilidad pasmosa, algo que podría casi ser una marca de clase propia. Tal vez sea por el propio devenir de su tierra y su país, su propia historia nacional, tan grandiosa y majestuosa y a la vez tan trágica.

Solzhenitsyn es precisamente uno de los mejores exponentes de tal marca de clase rusa, alguien que en sus novelas —y no solo en sus novelas, sino también en esa majestuosa obra de ensayo e investigación, más literaria que la mayor parte de las obras de ficción, llamada Archipiélago Gulag— plasma la tragedia y a la vez la grandeza de la vida humana. Solzhenitsyn vivió en sus propias carnes la injusticia y la crueldad de los campos de concentración soviéticos y no sabe de lo que habla por terceras personas, sino por su propia vivencia. Así, y como él mismo cuenta en su Comentario del autor, tuvo la doble desgracia de ser deportado político y enfermo de cáncer, cosas ambas de las que por fortuna logró salir con vida. Aunque las situaciones y personajes son literarios, mucho de lo que leemos está basado en la propia realidad que vivió el autor.

La novela nos transporta al pabellón de oncología de un hospital del Uzbekistán, en pleno régimen soviético, recién entrados los años 50, poco tiempo después de la muerte de Stalin. Allí se nos presentan las vidas de diversos pacientes y también de los profesionales médicos que les tratan, sus circunstancias personales, su relaciones, su pasado, presente y posible futuro, en una trama de vidas que no tienen otro remedio que cruzarse. Es precisamente la riqueza en el retrato de los personajes, su profundidad psicológica, uno de los puntos fuertes de esta poderosa y bella novela.

Así, por ejemplo, tenemos a Rusánov —el personaje introductor de la novela, pero que después va perdiendo peso en favor de otros que al principio parecían secundarios—, un oficial de personal adherido por completo a la doctrina comunista, un comisario político cuyo cometido es buscar, señalar y acabar con todos aquellos que atenten de palabra, obra o incluso pensamiento contra el Régimen. Rusánov encarna la doctrina ideológica estalinista llevada al extremo más ciego y lerdo, pero en él vemos que el poder corrompe incluso al fanático, pues Rusánov goza de una buena posición económica y, aunque no cesa de proclamar las bondades del comunismo y de las clases proletarias, no puede tampoco dejar de sentir renuencia y hasta repugnancia hacia esas mismas clases bajas, cuando ha de mezclarse con ellas en el pabellón de oncología. Tal vez como acto de justicia poética, un monstruoso tumor deforma su cuello. Y a medida que se va acercando a la muerte, toda esa fuerza ideológica sufre un proceso de demolición, hasta convertirse en pura desidia e indiferencia, pues una de las muchas moralejas de esta novela alegórica es que la muerte pone a todos bajo el mismo rasero; que el poder, las ideologías, las ilusiones, las esperanzas, al final quedan en segundo plano ante la proximidad inexorable de la señora de la guadaña.

En parecida longitud de onda ideológica está Vadim, un joven ingeniero cuya máxima aspiración es trabajar para la sociedad, engrandeciendo así al Régimen y a su propia existencia, como un engranaje pequeño, pero necesario, de la gran maquinaria. Su impotencia viene de la imposibilidad de alargar su vida y ser más útil al Estado, porque ya tiene encima la sombra de la muerte.

Tenemos también personajes sin tono ideológico preciso, buscavidas como Yefrem Poddúyev, cuya única aspiración es beber lo más posible, viajar, disfrutar de la vida y acostarse con el máximo número de mujeres, sin importarle un bledo la política o el poder. En otro extremo tenemos al que se convertirá en protagonista de la novela, Kostoglótov, deportado por crímenes políticos, que ha pasado por diferentes campos de prisioneros y que, a pesar de haber sido espiritual y psicológicamente destrozado por tales experiencias, aún es capaz de mantener cierta dignidad, su libertad de pensamiento, e incluso puede enamorarse otra vez, de manera tierna y apasionada. Kostoglótov nos recuerda al propio Solzhenitsyn y es imposible que muchas de sus meditaciones no se le ocurrieran al propio autor, mientras fue un deportado, y además enfermo de cáncer. Otra víctima del sistema es Shulubin, un anciano aplastado precisamente por la cobardía, por no atreverse a denunciar las injusticias de las que siempre estuvo rodeado; cosa paradójica, llega a envidiar al mencionado protagonista Kostoglótov, porque la peor cárcel no es la de un campo de prisioneros, sino la propia cárcel del alma en la que cada día él está metido, y de la que no tiene valor para escapar.

Alexandr Solzhenitsyn
Quizás el lector no avezado pudiera pensar que estas víctimas del Régimen estalinista fueran simpatizantes del capitalismo occidental, pero todo lo contrario: son precisamente los más bienintencionados y sinceros socialistas y comunistas los primeros aplastados por el Régimen, que como un tumor maligno lleva a la muerte a la propia Rusia, un tumor que ha crecido monstruosamente y que destruye no a los peores, sino a sus mejores hijos. Aunque no de forma tan clara como en Un día en la vida de Iván Denísóvich o en la titánica Archipiélago Gulag, sale a la luz la brutalidad y la injusticia inherentes al Régimen Soviético, que lamina al pueblo ruso y destruye sus esperanzas y sus almas, porque su único objetivo es la perpetuación de sí mismo como ente geopolítico, a cualquier precio, incluido el de la vida y la felicidad de los hombres que lo sustentan.

No sólo de pacientes vive la novela, sino también de doctores, entre los que destacan Vera Kornílievna, dedicada únicamente a su vida profesional, que vive un amor imposible con el ya mencionado Rusánov. Y magnífico es el personaje de Liudmila Afanásievna, rígida doctora cuya máxima es tratar de manera totalmente fría e impersonal a los pacientes, hasta que —de nuevo una carambola de justicia poéticaella misma contrae cáncer y vive en sus propias carnes el miedo y la zozobra que siempre había visto desde una distancia segura. Muchos otros personajes aparecen por la novela y podemos introducirnos en su vida privada, pensamientos, historia y emociones. Aunque hay unos pocos principales protagonistas, se trata en el fondo de una obra coral donde pretende retratarse con sinceridad diferentes tipos humanos y sociales.

No es una novela luminosa con finales felices —olvídense de cualquier optimismo en la literatura rusa—, sino una obra que pretende retratar la cruda realidad y que lo hace además a través de un filtro literario prodigioso, el de ese gran escritor que fue Solzhenitsyn. Pero como en Guerra y Paz Tolstoi es nombrado en ocasiones en la novela, a través de la muerte, el miedo y el sufrimiento se nos enseña que por encima de todo está el alma humana, capaz de alcanzar la grandeza espiritual solo y precisamente cuando más cerca está de su anulación, cuando más sufre y es desgarrada, como si la plenitud y la felicidad absolutas, que no dependen de lo material, estuvieran siempre al alcance de todos y pasaran cotidianamente desapercibidas. Así pues, al mismo tiempo que pesimista, la novela también es motivadora en otro sentido… Algo también propio de esa marca de clase de los grandes escritores rusos.


Andrés Díaz Sánchez.





2 comentarios:

  1. He visto por las redes que todo el mundo está leyendo esta novela. Creo que yo también la voy a poner en mi lista de pendientes. Un saludo y gracias por recordármela.

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    1. Espero que te guste. Es muy buena. De este autor lo mejor es Archipiélago Gulag, de sus experiencias como prisionero político de la URSS, que es una obra enorme y de una calidad (y claridad) estremecedora. Luego tiene obras "menores" (si se puede decir algo así de un autor de semejante calidad),como Pabellón de cáncer o Un día en la vida de Ivan Denisovich. En todo caso, este es un autor magnífico que literariamente no defrauda.

      Gracias por tu comentario.

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